¡Pobres caballos de Cartagena!

17 de mayo de 2015 12:00 AM

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Se ha preguntado alguna vez, ¿cuánto dolor siente un caballo?

Este ejemplar tiene un sistema neurológico muy fino —quizá uno de los más finos de la naturaleza—, lo que hace que su umbral del dolor sea demasiado bajo. Sienten hasta la picadura de un mosquito.

Conociendo esta información, ¿podría imaginar la tortura a la que se somete a este animal al obligarlo a cargar un coche, el más pequeño de 800 kilos y el más grande de una tonelada y media, en una jornada, supuestamente, de seis horas? A eso, súmele el grupo de extranjeros, quienes por lo general son gordos, más el cochero y el asistente.

Ah, no podemos dejar por fuera el fotógrafo que se monta al coche a retratar los mejores momentos de los turistas, o los músicos que, con guitarra en mano, les hacen más ameno el paseo a los foráneos.

Cuando el animal cree que al fin podrá descansar, tiene que recorrer kilómetros y kilómetros hasta llegar a una caballeriza, en pésimas condiciones, en el barrio Villa Estrella, casi en la periferia de la ciudad.

Esta semana murió otro caballo en Cartagena. Y, aunque en la Alcaldía, a través de La Umata, manifestara que no se trataba de un caballo cochero, varios tinteros le confirmaron a este medio que vieron al ejemplar cerca de las 12:30 de la noche del pasado miércoles, convulsionando y abandonado, cobardemente, por sus dueños. Así las cosas, no se sabe quién dice la verdad.

Al final, el Distrito emitió un escueto comunicado de 10 puntos en los que “lamentaba profundamente lo sucedido y reafirmaba el deber constitucional y moral que tienen de velar por el cuidado y protección de los animales”.

Pero en abril del año pasado otro caballo corrió con la misma suerte: estaba estacionado en la avenida El Malecón, de Bocagrande y, de repente, le dio un cólico y comenzó a sudar. De modo que le quitaron el arnés y el animal se desplomó. Luego de unos minutos, de aparentemente convulsionar, falleció.

Como estos, son incontables los casos que evidencian la situación deplorable de los caballos cocheros en la ciudad. Todas las semanas se cae un caballo en Cartagena.

Royman Lora, médico veterinario, explica que son varias las consideraciones sobre estos ejemplares, la más evidente es su bajo peso. Cree que el tamaño y la capacidad de los coches que permitió la Corporación de Turismo Cartagena es descomunal e ilógica. También afirma que la deshidratación está matándolos, porque el agua no es suficiente. Y estos animales de trabajo, al ser sometidos a temperaturas y humedades tan altas, necesitan sales minerales, potasio, zinc.

“Son caballos que siempre están deshidratados y generalmente va a haber un fallo muscular por pérdida de potasio, por la sudoración. Fallo cardíaco por pérdida de potasio. Cuando un animal está bajo de peso y tiene un arrastre muy grande, su corazón trabaja más. Estamos generando hipertrofia cardíaca, que después llega una dilatación cardíaca que termina con la muerte súbita de los animales en la calle”, explica el veterinario.

Lora opina que el dolor de los caballos se magnifica por los arrastres y los arneses mal colocados.

“De 1 a 100, podríamos hablar de un 78 al 90% de dolor nada más en el trabajo. Con el agravante de que en Cartagena ningún caballo cochero tiene aplomos, que es una herramienta fundamental para que el animal pueda trabajar”, dice.

“Es como si te pusieras un zapato nuevo con el tacón en la parte superior. ¿Te imaginas ese tormento si caminaras con un zapato con el tacón adelante tantas horas?”, agrega.

INDIGNACIÓN CON LA ALCALDÍA
La animalista Eva Durán asegura que el principal culpable de la situación de los caballos cocheros en la ciudad es el alcalde Dionisio Vélez Trujillo.
Considera que administrar una ciudad no se reduce a pavimentar calles y a hacer megaobras, sino a tener sensibilidad social.

“Estamos ya ante una actitud totalmente criminal por parte de la Alcaldía. El propio mandatario incumple su decreto. Según una ley del año 2002, en este momento no debería haber un solo caballo, ni yegua trabajando en Cartagena. Ni aunque pavimente con oro la ciudad, va a tapar su falta de sensibilidad social”, dice, enérgica, la defensora de los animales.

Cita como ejemplo a Medellín, en donde el Gobierno tiene un presupuesto para el manejo humanitario, que son las madres cabeza de hogar, ancianos, la población desplazada y los animales. Para estos últimos es de 20 mil millones de pesos. 

“Mientras que en Cartagena destinan unos míseros 50 millones para la mal llamada fauna callejera, hoy fauna en situación vulnerable; y, encima de todo, se lo tenemos que agradecer”.

Opina que así como las autoridades locales hacen un seguimiento exhaustivo a los mototaxistas y a los vendedores ambulantes, también se debería hacer a los cocheros, quienes parecen que estuvieran sobre el bien y el mal.

Afirmación que corrobora el cartagenero Eric Ceballos, quien el 31 de octubre del año pasado, a eso de las 10 de la noche, fue agredido por uno de los cocheros del Centro Histórico, cuando intentaba grabar un caballo que se había desplomado.

“Yo estaba con un grupo de amigos. Varios empezamos a grabar, sentimos pesar por el animal, cuando un cochero atacó a un amigo. Por defenderlo, me partieron la boca. Esa gente es de mucho cuidado. Esa gente es peligrosa”, cuenta.

Por su parte, Vicky De Zubiría, de la Fundación Ángeles con patas, dice estar sorprendida con la actitud del Distrito y del alcalde, al expedir el decreto 656 de junio del 2014 y no hacerlo cumplir.

“Ni los lugares de parqueo, ni las horas que debe trabajar. Ni siquiera el famoso chip que deben tener los 90 caballos. Nada, nada de eso se cumple. Sacaron el decreto y se fueron en risa”, expresa.

RESPONDE EL DISTRITO
Luis Magín Guardela, director de La Umata, dice que sí se ha cumplido con las revisiones periódicas a los caballos que exige el decreto 656. Reconoce que en los cocheros falta cultura ciudadana y se requiere mayor concietización hacia los caballos, pero la labor desde la dependencia que lidera, sí se está realizando.

También asegura que los 90 ejemplares cocheros sí tienen el microchip. Además, de que los animales están cerca de los 350 kilos y más de 1,45 de alzada. Opina que la situación, en ese aspecto, ha mejorado.

Afirma que el caballo que murió esta semana no era cochero, puesto que no tenía el chip que lo identifica y no aparece en las controles que llevan cada vez que hacen las revisiones periódicas.

“Es un caballo que estuvo con cólico. Es imposible que el animal haya salido a trabajar en un coche, porque estaba muy mal, casi en coma”, aseguró Guardela. 

Entre tanto, Adriana María Quiñones, representante de la Fundación Equinos en Cartagena, cree que el problema no acaba con darle un mejor terreno para las caballerizas, ni mejorar las condiciones de los animales. El lío acabará sólo cuando dejen de utilizar al caballo para este fin.

Quiñones afirma que ni el caballo es el apropiado para el halar el pesado carruaje, los sitios de descanso del animal son una pocilga, no cuentan con veterinarios, ni herreros, se afecta el medio ambiente y el cochero, además de todo, no tiene los conocimientos ni la sensibilidad para tratar al equino.

“Deberíamos tomar el ejemplo de Puerto Rico, donde el paseo en coche fue eliminado. La negligencia e insistencia de los alcaldes en continuar con este servicio, a pesar de la crueldad y el daño que el mismo conlleva, duele”.

***
Ir al Centro Histórico, para quienes tienen un ápice de sensibilidad y respeto por los animales, debe ser un suplicio. Para mí, en eso se ha convertido.

El pasado fin de semana vi cómo seis extranjeros robustos paseaban por la Plaza Santo Domingo sobre un caballo cochero demasiado delgado. El animal patinaba, y a nadie parecía importarle. Agobiada por lo que presenciaba, me puse de tú a tú con los extranjeros y con el cochero. Los primeros decidieron ignorarme; pero el cochero, a ese le sentí la intención de bajarse del coche y pegarme. Lo juro.

Hay distintas soluciones que han propuesto los defensores de los animales ante la Administración Distrital. Una de ellas es hacer un montaje de carros del siglo XX que sean conducidos por los mismos cocheros, para que nadie se vea afectado. Los animalistas citan al estado de Nueva York donde se usan carrozas mecánicas sin caballos.

Otros opinan que lo que se necesita es una verdadera profesionalización del cochero. Creen que estas personas deben tener una licencia para poder manejar su vehículo, licencia que sólo obtendrán si cumplen con unos parámetros de medida tanto técnicos como operativos. El cochero debe saber cómo tratar a su ejemplar. Y al final, presentar un examen en el que se midan sus conocimientos. Si está apto, se le da licencia; si no, no.

Así mismo, las autoridades de tránsito, tal como expedirían la licencia, tendría que exigirla, e inclusive, deberían tener la facultad para sancionar a quienes no la posean.

Es incongruente ver en las postales internacionales la imagen de un cochero sobre su caballo, sabiendo las condiciones deplorables a las que estos ejemplares son sometidos todos los días. No es honesto. No es justo. No es coherente. Es más bien un disparate.

Los animales no tienen quién los defienda, quién hable por ellos. Hay que dejar de pensar que son parte del paisaje de la ciudad, y replantearse qué es más importante: ¿la tradición o la integridad? 

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