Facetas


Un príncipe de carne y hueso en Cartagena

GERMÁN MENDOZA DIAGO

08 de junio de 2014 12:02 AM

En 1983, Cartagena recién empezaba a resurgir como escenario de grandes acontecimientos internacionales, y hacía un año se había inaugurado el Centro Internacional de Convenciones en el lugar que ocupara durante casi todo el siglo XX el Mercado Público de Getsemaní, cuando llegaron el presidente del gobierno español Felipe González y su majestad, el príncipe Felipe de Asturias, invitados por el presidente Belisario Betancur para celebrar los 450 años de fundación de la ciudad.

Felipe tenía 15 años y aunque sus padres, los reyes de España, habían estado en Cartagena unos años antes para la inauguración del hotel Capilla del Mar, él no solo la visitaba por primera vez, sino que lo hacía también por primera vez en calidad de Príncipe de Asturias y en representación del rey Juan Carlos y la reina Sofía.

No estábamos acostumbrados, ni siquiera los periodistas, a estar cerca de grandes personalidades, de manera que en la ciudad entera bullía una enorme expectativa por conocer por primera vez a un príncipe de carne y hueso, a quien el rey Juan Carlos encomendó con mucha solicitud al mandatario colombiano Belisario Betancur.

—Ahí te mando a mi chaval, cuídalo mucho, que es un niño – recuerda Belisario que le dijo el Rey en una charla telefónica.

El primero de junio, desde las 9 de la mañana, las autoridades de Cartagena y Bolívar, encabezadas por el alcalde Antonio Pretelt Emiliani y el gobernador Humberto Rodríguez Puente, se habían apostado en el aeropuerto, todavía llamado de Crespo en aquellos días, para recibir a los ilustres visitantes.

Pasadas las 10 de la mañana, en medio del estruendo de salvas, llegó el avión del presidente Betancur, del que se bajó el mandatario, su esposa Rosa Elena Álvarez y una extensa comitiva de ministros y funcionarios de su gobierno, que se apretujaban desesperados en sus vestidos enteros y sus corbatas apretadas, soportando el sol radiante de la mañana.

Hubo que terminar los honores militares apresuradamente, porque casi enseguida aterrizaba el avión que traía al presidente Felipe González. Belisario lo saludó sonriendo y juntos terminaron de desfilar en medio de las dos hileras de cadetes de Armada vestidos de gala que les hicieron calle de honor.

Uno al lado del otro, sudando pero sin perder su compostura, esperaron el avión de la Fuerza Aérea Española en que venía el joven príncipe. El pequeño jet azul y blanco se detuvo por fin y a las 10:30 de la mañana se abrió la puerta para dejar salir a un muchacho de gran estatura, cabello rubio, vestido con un impecable traje azul oscuro, camisa blanca y una corbata azul celeste.

Belisario, con una inquietud de padre afectuoso, y Felipe González salieron a su encuentro, mientras un sonoro aplauso y los gritos de las mujeres situadas en los balcones del amplio salón de espera del aeropuerto llenaban de más agobio la mañana calurosa.

El Príncipe se dirigió a una tarima cubierta por una alfombra roja, y saludó sin perturbarse a una multitud de funcionarios, autoridades militares y religiosas, señoras, niños y muchachas jóvenes que al terminar la ceremonia protocolaria decían con entusiasmo:
—Divino, el principito.

En la Avenida Santander, miles de personas se colocaron a lado y lado a ver pasar la caravana de Felipe, estudiantes de los colegios públicos agitaban banderas de Colombia y España, y el Príncipe saludaba sin sonreír y sin cansarse.

La gigantesca comitiva acompañante debió esperar casi una hora a que Felipe, los dos mandatarios y el centenar de invitados especiales, entre ellos los cancilleres de Iberoamérica reunidos aquí con ocasión del Trisesquicentenario, se acomodaran en las bancas principales de la Catedral, para entrar atropelladamente y quedarse de pie abanicándose con el programa de actos.

En el Te Deum oficiado por el Arzobispo Carlos José Ruiseco, el único de los invitados que comulgó fue, paradójicamente, el canciller del gobierno izquierdista de Nicaragua, Miguel D’Escoto.

Cuando monseñor Ruiseco dijo “Podéis ir en paz”, se oyó un nutrido aplauso que se prolongó mientras el Príncipe y sus acompañantes caminaban por el largo y reluciente pasillo rumbo a la salida.

Casi al filo del mediodía, con el sol ardiendo vertical sobre la ciudad, el presidente González y el príncipe Felipe colocaron una ofrenda floral ante la estatua del fundador Pedro de Heredia, en la rotonda que quedaba frente al Reloj Público, en la que es hoy la Plaza de la Paz.

A partir de ese momento, el Príncipe de Asturias cumplió una maratón de actividades que incluyeron el saludo a la Conferencia Naval Interamericana, un almuerzo privado en el Centro de Convenciones, visita a la Casa de España para recibir el saludo de los súbditos españoles residentes en la ciudad, asistencia al Homenaje Iberoamericano a Cartagena y firma del Acta Conmemorativa de los 450 años.

A las 8 de la noche, tras un ligerísimo descanso, el Príncipe asistió a la gran fiesta en honor de Cartagena, en la explanada del Palacio de la Aduana, el acto menos protocolario y más caribeño del Trisesquicentenario. Arriba estaban Felipe de Asturias, Felipe González, Belisario Betancur, el alcalde Pretelt, el gobernador Rodríguez y cientos de invitados, como el Premio Nobel Gabriel García Márquez y el pintor Alejandro Obregón. Abajo, unas 10 mil personas bailando en la calle al son de Toño y su Combo.

En esa época yo tenía 24 años y  como reportero de El Universal me tocó cubrir los actos. Casi a las 10 de la noche, estábamos sentados a unos 200 metros de la mesa de honor, Ángel Romero, jefe de Redacción; el periodista barranquillero José Cervantes y yo, observando todo lo que hacía el Príncipe, cuando se arrimó don Gabriel Eligio García, el papá de Gabo, y nos gritó con alegría:
—Si me quieren entrevistar, van a tener que hacer cola.

En un momento, cuando García Márquez le propuso a Obregón que bajaran a la calle a bailar con la gente y toda la atención se dirigía a ellos dos, el Príncipe aprovechó para comerse rápidamente una alegría y un caballito de papaya, que al parecer le habían gustado mucho, pero casi enseguida un hombre blanco y barbado que permanecía de pie a su lado, se le acercó discretamente y le dijo con respeto:
—Su majestad, no es bueno comer tanto dulce por la noche.

Fue un día inolvidable y una noche mágica, en la que los cartageneros bailaron a la vista de un príncipe de verdad que, como dijera la crónica publicada por El Universal el 2  de junio, “se robó todas las simpatías, pues a pesar de sus pocos años, se desempeñó como todo un futuro rey”.

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