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Video: la inspiradora historia de una barbera venezolana en Cartagena

Antes de demostrar su talento como barbera en Cartagena, Jessica González Payares tuvo que pasar por las duras y las maduras. Esta es una historia inspiradora que mereces leer.

LAURA ANAYA GARRIDO

15 de mayo de 2022 10:00 AM

Cuando Jessica González Payares decidió convertirse en vendedora ambulante y caminar kilómetros bajo el cielo de Cartagena, no solo cargaba con las pastillas de cloro que pretendía vender. Llevaba a cuestas el dolor por la muerte de su hermano, asesinado en Caracas. Cargaba con el hasta luego de sus hijos y de sus papás, que aguardaban cada día el feliz momento en que ella regresara con el dinero suficiente para comprar la comida. Con la esperanza de un futuro mejor, aunque pareciera tan lejano y estuviera tan distante de casa. Lea aquí: Elena Mogollón y la historia tras la Fundación Granitos de Paz

Hija de padres colombianos, Jessica nació en Caracas (Venezuela) hace 30 años. Allá tenía una familia completa, un trabajo que le apasionaba, una casa donde refugiarse y una nevera llena de comida. Era tan feliz. Era.

Video: la inspiradora historia de una barbera venezolana en Cartagena

Es verdad que lo tenía todo hasta aquella madrugada, hace diez años, en la que mataron a de uno de sus hermanos y supo que la vida le cambiaría para siempre a toda la familia. Y sí: salieron de Venezuela para llegar al barrio La Candelaria, en Cartagena, sin más certezas que el dolor.

“Cuando mi familia y yo llegamos de Venezuela, yo vendía pastillas de cloro en la calle, o sea, me tocaba caminar, pongamos, de aquí -Getsemaní- a la bomba El Amparo, metiéndome por todos los barrios. Un día me fue tan mal que salí a las siete -de la mañana- de la casa y eran las doce del día y no había vendido una sola pastilla. Cada pastilla costaba mil pesos... te podrás imaginar cuánto tenía que caminar yo para llevar el sustento a la casa”, recuerda Jessica. Suspira.

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Jessica es barbera. Sí, barbera, no peluquera, y le costó hacerse un nombre en Venezuela, pues se trata de un oficio tradicionalmente dominado por los hombres: los clientes, y los mismos colegas, suelen creer que las mujeres los van a “trasquilar”. Esa es la razón por la cual, cuando llegó a Cartagena, sintió cierta pena y prefirió dedicarse a otra cosa. Pero, queridos amigos, las pasiones nos persiguen y aquella mañana en la que Jessica no vendió ni una sola pastilla de cloro, decidiría poner a brillar de nuevo su vocación. No sería fácil.

Después del sacrificio, llega el éxito. Hay escalones, hay que irlos subiendo. Es duro, pero sí se puede”,

Jessica González.

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Mientras vendía -intentaba vender-, vio a un habitante de la calle caminar con un espejo grande. Aquello era una suerte de señal divina, una oportunidad que Jessica no desaprovecharía.

-¿En cuánto me vendes ese espejo? -le preguntó.

-En 5.000 pesos -respondió el desconocido.

-Te doy $3.000- replicó ella.

Esos $3.000 eran lo único que Jessica tenía en los bolsillos, pero el trato estaba sellado y, pronto, aquel espejo estaría dispuesto en su terraza, esperando clientes, pero había poquitos hombres dispuestos a dejarse motilar por Jessica.

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“Agarré a un primo mío y le dije: ‘Yo te quiero motilar, pero allá, afuera, que la gente me vea’. Había un picó afuera de la casa, estaba bastante lleno. Me fueron conociendo. Ese día me hice 75.000 pesos cobrando la motilada a 3.000 y 5.000 pesos. Ya después de ese día me hacía máximo cuatro cortes al día y decía: ‘Qué hago... esto no me está dando para el sustento’, pero decidí persistir”.

Persistir, aunque durante una semana completa ganó tan poco dinero que solo le alcanzó para alimentar a su familia, pero ella apenas podía comer pan con agua. Persistir, pese a que decidió entregarlo todo y mandar a hacer un “localito” de estibas en la terraza, del cual le robaron todo. Persistir, pese a que hacerlo implicaba empezar de cero. Persistir, aferrándose a aquella pasión insospechada que le nació el día que su mamá llegó a la casa con una cajita de cartón y le dijo: “Jessica, aquí te traje esta máquina, mira para qué sirve, cómo se usa”. Era una máquina de afeitar marca Andis, vieja.

“Enseguida comencé a motilar a mi sobrino, que hoy tiene 19 años. Duré como dos horas y la máquina se me puso caliente. Luego seguí con los niños de la zona... les decía: ‘ven, para afeitarte’. Tenía unos amigos que habían montado una barbería en la entrada del barrio, yo no podía motilar a ningún cliente, pero sí les decía que, en sus ratos libres, me regalaran el espacio para motilar a los indigentes... con el entusiasmo de aprender, agarraba a todos los indigentes y así fui aprendiendo”. Lea además: Ni la enfermedad huérfana que padece le ha impedido cumplir sus sueños

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