Comencemos por aclarar el origen de la mentira en sí. ¿Tiene un niño conciencia del daño o consecuencias éticas que acarrea mentir? Lo más probable es que no sea así. ¿Por qué?
El objeto de adoración o modelo a seguir de un niño son sus padres. Si la madre adora un adorno que heredó de la abuela, y su hijo lo quiebra sin intención al jugar, él tiene claro que esto disgustará a mamá. Así las cosas, en su afán de no decepcionarla, quizás opte por inventar que el objeto se cayó solo, por ejemplo. Y lo hará más por evitar el enojo de ella que por mentir en sí.
En los primeros años de vida, cuando los niños inventan aventuras en sus primeras palabras, esto genera simpatía, agrado e incluso aplausos entre los miembros de su familia. Lo que el pequeño asimila y comprende es que sus “gracias” causan buen efecto. Así que, ¿por qué no seguir haciéndolas en el futuro?
Pero claro, cuando se trata de un niño de 8 años que no hizo su tarea y -recordando el pasado- miente, esto ya no le parecerá tan gracioso a sus padres y se enojarán. Ahí es la condición de los padres la que ha cambiado, pues esperan algo diferente del hijo. La del niño viene con el precedente de saber que antes estaba bien inventar cosas y ahora no.
Claro está que al ir creciendo, los niños aprenden responsabilidades y valores. Es una labor conjunta entre padres e hijos la que debería lograr un equilibrio en el cambio de actitudes ante la mentira. Y entonces sí se debe analizar el por qué se opta por engañar u ocultar alguna acción cometida.
Un niño puede mentir llevado por diversas situaciones: para evitarse problemas y regaños, por no perder la aprobación de sus padres, porque ellos lo presionan y le exigen un comportamiento muy por encima de su capacidad, por un deseo de perfeccionismo que le impide admitir que se ha equivocado e incluso por problemas de autoestima.
Los niños de 3 años de edad no distinguen entre lo que es fantasía y realidad y con toda seguridad inventan cosas pero sin intención de hacer daño. Hasta un promedio de los 7 años, un pequeño puede mentir por satisfacer sus impulsos o ganar atención y aprobación; pero en la medida en que crece, debe aprender –de la mano de sus padres- a limitar estos impulsos y eliminarlos progresivamente. Si no se le trazan estos límites, se sentirá inclinado(a) a seguir diciendo mentiras.
Después de esta edad ya hay conciencia de lo que sus acciones o palabras generan en el círculo familiar. Por lo tanto, sabe que mentir está mal, que esto tiene consecuencias y que es mejor evitarlas.
Entonces, ¿cómo combatirla?Con prevención. Antes de pensar en cómo corregir la mentira, es mejor evitarla. Y esto se logra estableciendo un diálogo abierto con los hijos, dejándoles claro que les tenemos confianza, que sabemos que no son perfectos y se pueden equivocar, y que no hay problema en admitirlo en vez de ocultarlo.
Se les debe enseñar a ser tolerantes consigo mismos y a que es normal cometer errores por omisión, por ensayo y/o por curiosidad.
Obviamente, se espera que un hijo siempre saque buenas notas en el colegio. Pero si los padres le abren el camino de la comunicación, tal vez no se vea forzado a tener que ocultar que va perdiendo una materia o que tuvo un altercado con sus compañeros y por ello fue llamado a la oficina del rector.
Sin embargo, dentro de este mismo diálogo también se debe dejar claro que hay paciencia y comprensión, pero solo hasta cierto punto.
Es decir: asegúrese de que su hijo entiende que las mentiras están mal y tienen efectos negativos que fácilmente él puede evitar si sencillamente no las dice. Si miente, entonces debe enfrentarse a las consecuencias.
Y estas no deben ser agresiones físicas o amenazas contra la integridad del niño sino más bien pequeñas sanciones como no darle su juguete o comida favorita o no dejarlo ver el programa de televisión que tanto le gusta. Es decir, algo que el hijo aprecie y que por lo tanto le obligue a pensarlo dos veces antes de volver a mentir, pues no desea perder esos privilegios.
¿Y si la situación empeora?En teoría, el paso de la prevención debería bastar. No obstante, si el niño persiste con las mentiras al hacerse más grande o si éstas aumentan aunque él sepa que será castigado en caso de ser descubierto, entonces se hace necesaria la segunda etapa: la corrección.
Ante todo, esta fase se concentra en evaluar desde los padres si sus actitudes son las que obligan a su hijo a mentir. ¿Cómo? Siendo excesivamente estrictos o rígidos con sus actitudes, que probablemente generan miedo en el pequeño, quien cae en esta actitud como una reacción compulsiva a la ansiedad por no defraudar a sus progenitores.
Otro aspecto es evaluar si el niño ha presenciado las denominadas “mentiras blancas” entre sus padres, como cuando mamá se inventa una excusa por haber llegado tarde al trabajo o papá le pide decir que no se encuentra en casa para no atender a alguien en la puerta. Sin intención, este puede ser un mensaje confuso de los adultos hacia el niño, quien puede pensar: “¿Si ellos mienten, por qué yo no?”.
En esta segunda etapa, los medios correctivos deben ser más fuertes y apuntar directamente a acciones o cosas que el niño valore mucho, para que comprenda que debe modificar su comportamiento.
Es hora de buscar ayudaAhora bien, si el problema persiste a pesar de la prevención y la corrección, generando un ambiente tenso en la familia y sucediendo las mentiras incluso sin que haya una actitud de castigo por parte de los padres, es recomendable buscar entonces asesoría sicológica con un experto en familia y dinámicas familiares.
¿Por qué la ayuda profesional? Porque el asunto podría tener raíces en una mitomanía por adicción, o por cuenta de un problema de personalidad que es posible atender a tiempo por estar el niño en una etapa temprana de formación.
Lo aconsejable es participar en estas sesiones conjuntamente, para que el niño sienta que no es solo un problema suyo sino de los seres que lo aman. Leer al respecto, investigar y compartir experiencias con otros padres puede ser una buena herramienta para afrontar mejor esta experiencia con el terapeuta.
Si incluso con la asesoría del sicólogo y todo lo antes recomendado continúan las mentiras sin necesidad, tal vez podríamos estar ante un asunto más complejo que obedece a una patología, lo cual debería ser examinado por un siquiatra. El experto evaluará no solo la mentira en sí sino todo el contexto familiar, de ambiente estudiantil y más factores que involucren al pequeño.
No hay que asustarse por lo “serio” que pueda sonar este especialista; podrían ser peores las consecuencias a futuro para el hijo, en caso de no acudir a tiempo a la consulta.
Otras razones para que mienta pueden ser el hecho de querer impresionar a sus compañeros de colegio, o de ingresar a un grupo específico en el cual no ha cabido hasta ahora y eso lo obliga a querer ser aceptado aun a costa de engaños.
______________________Asesoría: Doctora Ana María Fonnegra. Psicóloga escolar y clínica con experiencia en dinámicas familiares y el manejo de conflictos cotidianos. anamafonnegra@gmail.com

