La inteligencia artificial ya no es promesa: es rutina. “El futuro es presente en IA, cuidado con los empleos” no es un titular alarmista, es un llamado a legislar con cabeza fría para proteger trabajo y productividad a la vez. Si en Cartagena miramos al mar para leer el clima, en la economía toca mirar a la ola tecnológica: viene grande y rápida.
Arranquemos por lo concreto: la IA ya está reemplazando tareas y, en algunos casos, puestos completos. No hablamos de ciencia ficción, sino de decisiones empresariales reales. Firmas legales de primera línea han recortado personal administrativo tras integrar flujos con IA; gigantes de tecnología ajustan nóminas y planes de contratación por la automatización. Y en paralelo, la academia ha puesto números al fenómeno: estimaciones recientes ubican en torno al 12% la fracción del trabajo que hoy, con los modelos actuales y a costos razonables, puede realizarse por IA. Traducción al criollo: no es que “algún día” la IA pueda hacer ese oficio; es que ya puede, y lo que falta es inversión e implementación. El impacto se siente primero en roles de entrada, repetitivos u orientados a proceso, y se extiende a servicios profesionales donde la IA acelera revisión de documentos, análisis de datos y atención al cliente. Lea también Gemini 3: el golpe sobre la mesa de Google
Ahora, miremos el tablero geopolítico. Estados Unidos lanzó una misión nacional para acelerar el uso de IA en ciencia —un “nuevo Proyecto Manhattan” enfocado en descubrimientos— coordinada desde su gobierno federal y con soporte de sus laboratorios. Más allá del nombre rimbombante, el mensaje es claro: países que apuesten fuerte por la IA (talento, cómputo, reglas claras) liderarán los siguientes 10 años de productividad. Eso trae inversiones, estándares y cadenas de valor. Y sí, también presiona al resto del mundo a ponerse las pilas.
Tercer ángulo: la velocidad con la que evolucionan los modelos. Este 2025 ha sido un festival de avances: sistemas multimodales que entienden texto, imagen y audio; “agentes” capaces de encadenar tareas; y modelos abiertos que acortan la brecha con los cerrados. Además, cae el costo por inferencia y sube la eficiencia energética, lo que abre la puerta para que empresas medianas adopten IA sin quebrar la alcancía. La consecuencia es obvia: cada semana hay una mejora que vuelve más rentable automatizar un trozo adicional del flujo de trabajo. Si antes la IA era piloto eterno, hoy está entrando en operación.
¿Y Colombia qué? Aquí es donde la conversación sobre salario mínimo y regulación laboral no puede divorciarse de la tecnología. Cuando las normas suben el costo del empleo sin mejorar productividad, las empresas —grandes y pequeñas— miran alternativas: automatizar, tercerizar o no abrir vacantes. No es un juicio moral, es aritmética empresarial. Si la productividad por trabajador no crece al ritmo del costo, la IA se vuelve la tabla de salvación… y algunos puestos desaparecen. Ojo: defender derechos es irrenunciable; lo que no podemos es diseñar reglas que, de puro bienintencionadas, terminen empujando más rápido la sustitución tecnológica.
¿Qué hacer, entonces, desde ya? Propongo cinco movimientos prácticos:
- Marco laboral pro-productividad. Actualizar la legislación para reconocer tareas asistidas por IA, definir responsabilidades humanas (quién firma y responde), y permitir esquemas flexibles que premien resultados, no horas inmóviles frente a una pantalla.
- Capacitación con incentivos. Deducciones tributarias para empresas que certifiquen a su gente en competencias digitales y uso responsable de IA. Que sea más barato formar que despedir.
- Sandboxes regulatorios. Pilotos controlados en sectores intensivos en procesos (salud administrativa, justicia no jurisdiccional, atención ciudadana) para probar agentes de IA con métricas de calidad y sesgo, bajo supervisión pública.
- Compra pública inteligente. El Estado como cliente ancla de soluciones locales de IA, exigiendo interoperabilidad y estándares de seguridad, y liberando conjuntos de datos públicos con gobernanza para evitar abusos.
- Observatorio de empleo y automatización. Medir trimestralmente exposición por ocupación en Colombia, identificar roles en riesgo y carreras con demanda creciente; ajustar SENA y universidades según evidencia, no según inercia.
A nivel cultural, también tenemos tarea: dejar de ver la IA como amenaza abstracta y empezar a verla como herramienta de “apoyo con criterio”. En el Caribe lo sabemos: quien aprende a leer el viento, navega mejor. En las oficinas pasa igual: la IA redacta borradores, resume expedientes, arma comparativos; nosotros ponemos contexto, ética y decisión. Esa es la nueva división del trabajo.
Finalmente, sobre el salario mínimo: cualquier ajuste debe venir con un plan explícito de productividad y adopción tecnológica para Mipymes. Si subimos el costo sin acompañamiento técnico, solo aceleramos la sustitución. Si atamos el aumento a metas de digitalización, formación y mejora de procesos, convertimos la ola en impulso y no en revolcón. Le puede interesar: Data centers en órbita para IA: Google y Nvidia prenden motores
El mensaje central no cambia: “El futuro es presente en IA, cuidado con los empleos”. No para frenarla, sino para subirse a tiempo. Con reglas modernas, incentivos a la formación y una apuesta país por la IA, podemos proteger a la gente y, al mismo tiempo, empujar la competitividad. La ola viene; mejor aprender a surfearla que esperar a que nos revuelque.

