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Jóvenes rechazan el uso de la inteligencia artificial

La generación que nació digital ahora mira la IA con distancia, desconfianza y hasta cansancio.

Jóvenes rechazan el uso de la inteligencia artificial

Imagen de ilustración generada con inteligencia artificial.

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Jóvenes rechazan el uso de la inteligencia artificial justo cuando más se repite que la IA será indispensable para estudiar, trabajar y crecer profesionalmente. La paradoja es potente: la generación que supuestamente debía abrazarla primero es, en muchos casos, la que más la evita, la esconde o la mira con recelo.

Durante años nos acostumbramos a una idea casi automática: cada nueva tecnología entra primero por los más jóvenes. Pasó con las redes sociales, con los celulares, con las apps de mensajería, con el video corto y hasta con la economía de los creadores. Si había una novedad digital, uno apostaba que la Generación Z la iba a probar primero, adaptar a su estilo y convertir en tendencia. Pero con la inteligencia artificial está ocurriendo algo más enredado. En vez de entusiasmo masivo, lo que empieza a aparecer es resistencia. En vez de orgullo por usarla, a veces hay vergüenza. En vez de curiosidad abierta, hay sospecha.

Y eso merece una lectura más fina que el típico regaño de “los jóvenes no entienden lo que se están perdiendo”.

La primera razón tiene que ver con identidad. Para un joven que está entrando al mundo laboral, sobre todo en sus primeros años de empleo, el valor más importante no suele ser la eficiencia: suele ser demostrar que sí puede. Quiere probar que piensa, que escribe, que resuelve, que merece estar ahí. En ese contexto, usar IA no siempre se siente como una ayuda; muchas veces se siente como hacer trampa. Como llegar a la cancha y meter un jugador extra escondido debajo de la camiseta. Aunque el resultado salga bien, queda la sensación de que el mérito ya no es totalmente propio. Lea también: Prohibir la IA no salvará al periodismo

Ahí aparece un miedo muy humano: “si uso inteligencia artificial, ¿van a pensar que no soy capaz solo?”. Ese temor pesa mucho más en alguien junior que en un gerente con trayectoria. El ejecutivo usa IA como quien usa calculadora: para acelerar. El joven, en cambio, teme que la herramienta borre justo lo único que está tratando de construir: credibilidad.

La segunda razón es cultural. Esta generación creció en internet, sí, pero también creció viendo cómo internet se llenó de poses, filtros, ansiedad y fatiga. Ya no todo lo digital les parece liberador. Muchos jóvenes aprendieron, a punta de experiencia, que una tecnología puede volverse obligación antes que oportunidad. Primero fue “tienes que estar en redes”. Luego “tienes que construir marca personal”. Después “tienes que responder rápido, producir más, mostrarte siempre”. Ahora llega la IA con otro mandato encima: “tienes que usarla o te quedas atrás”. Y claro, a cualquiera le puede dar piedra.

La inteligencia artificial les está llegando no solo como herramienta, sino como presión. No entra como juguete; entra como exigencia. No aparece como una novedad simpática, sino como una sombra en la oficina: el que no la use será menos productivo, menos competitivo, más reemplazable. Así, difícil enamorarse.

También hay un tema de confianza. La Generación Z está acostumbrada a detectar cuando algo suena falso. Han vivido entre fake news, influencers actuando naturalidad por contrato y discursos de venta disfrazados de consejo. Por eso, cuando una IA responde con tono perfecto pero inventa datos, simplifica demasiado o redacta como folleto plástico, el rechazo no tarda. Para muchos jóvenes, la IA no huele a futuro: huele a texto genérico. A tarea sin alma. A correo que nadie quiso escribir. A presentación bonita pero vacía.

Dicho de otra forma: una generación criada entre algoritmos ya desarrolló olfato para el contenido sintético. Y no siempre le gusta.

Pero hay una razón todavía más delicada: la ansiedad laboral. Los jóvenes que hoy empiezan a trabajar entran a un mercado más competitivo, más inestable y más exigente que el de hace una década. Contratos cortos, salarios apretados, expectativas altas y una presión constante por aprender herramientas nuevas sin que nadie te enseñe del todo. En ese escenario, la IA no siempre se ve como aliada. Muchas veces se ve como el ensayo general de tu reemplazo.

Es como pedirle a alguien que abrace con cariño la misma máquina que sospecha puede quitarle tareas, visibilidad o futuro. No es una resistencia tecnológica. Es una resistencia existencial.

Eso explica por qué algunos jóvenes sí usan IA, pero la esconden. La usan como quien usa una muleta en secreto: para resumir, ordenar ideas, corregir redacción o arrancar un borrador. Pero luego sienten la necesidad de disfrazar ese uso, porque todavía no existe un consenso social claro sobre cuándo es apoyo legítimo y cuándo es dependencia. Y cuando una herramienta se vive con culpa, difícilmente se adopta con naturalidad.

Aquí conviene hacer una pausa importante: que los jóvenes rechazan el uso de la inteligencia artificial no significa que estén equivocados. De hecho, en parte están reaccionando a un problema real. Hemos vendido la IA como solución universal, cuando en verdad es más parecida a un practicante brillante pero imprudente: ayuda muchísimo, sí, pero necesita supervisión, criterio y contexto. En 2026 ya vemos dos tendencias claras: asistentes cada vez más integrados al trabajo diario y agentes que prometen ejecutar tareas completas. Justamente por eso, el rechazo inicial de muchos jóvenes también funciona como una alarma sana. Nos están diciendo: “ojo, no todo lo que automatiza mejora”.

La salida, entonces, no es burlarse de esa generación ni empujarla a la fuerza. La salida es cambiar la conversación. La IA no debería venderse como sustituto del talento joven, sino como un amplificador. No como atajo para pensar menos, sino como apoyo para pensar mejor. No como prótesis de la pereza, sino como bicicleta con cambios: ayuda a avanzar, pero todavía hay que pedalear.

En Cartagena lo entendemos bien. Una lancha rápida sirve, claro, pero nadie quiere un piloto que no sepa leer el mar. Con la inteligencia artificial pasa igual. La herramienta puede acelerar mucho, pero el criterio humano sigue siendo el timón.

Tal vez lo que estamos viendo no es una generación atrasada, sino una generación más cauta. Y, sinceramente, en medio de tanta euforia tecnológica, esa cautela puede ser una virtud. Porque el verdadero progreso no consiste en usar IA por moda o por miedo. Consiste en aprender a usarla sin entregarle la voz, el juicio ni la dignidad profesional.

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