comscore
Cultural

La historia de los tres enamorados del cine en Cartagena

Crónica sobre tres cartageneros obsesionados por el cine, a propósito del Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) que inicia su agenda este lunes 31 de marzo.

La historia de los tres enamorados del cine en Cartagena

La historia de los tres enamorados del cine en Cartagena. //Fotos: tomadas de Internet.

Compartir

Alberto Sierra Velásquez vivió y murió por el cine en Cartagena de Indias. Fue el hombre en la ciudad que más sabía de cine. Sus obsesiones eran Pasolini, Truffaut y Fellini. Poco antes de morir, culminó una enciclopedia sobre la relación del cine y la literatura. Crítico estable e ineludible del Festival de Cine de Cartagena, durante más de treinta años, bautizó la calle del barrio San Fernando donde vivió con el nombre de Charles Chaplin.

Hoy ese nombre forma parte de la nomenclatura de Cartagena.

Alberto estudió en la Escuela de Arte Dramático de Bogotá y en la Escuela de Bellas Artes en Cartagena. Fue uno de los pioneros del cineclubismo en Cartagena, autor además del poemario “Ojo desnudo en espiral”, “Imágenes-Anamorfosis”, y “Literatura en imágenes”, entre otros. Además de crítico de cine, poeta y dramaturgo, era profesor de literatura en varios colegios de bachillerato en la ciudad. Hizo cine experimental con obras como “Ojo desnudo en espiral” (collage, narrativa, poesía, teatro), y “El antimilagro”. Se destaca su libro “Imágenes-Anamorfosis” (crónicas de cine y guión fílmico). Creó una magistral obra narrativa, poética, dramática y ensayística. Fomentó el cineclubismo y el teatro en barriadas, colegios, universidades, y empresas.

Alberto Sierra Velásquez. //Foto: tomada de Internet.
Alberto Sierra Velásquez. //Foto: tomada de Internet.

Restom, soñador de película

J. Antonio Restom Bitar fue un soñador de película. Todo el tiempo estaba hablando de películas, de actores y actrices, de ajedrez y de un poema que había escrito retando a duelo al mar de Cartagena. Fue el extra eterno en las películas que se filmaron en Cartagena en los últimos cincuenta años del siglo XX. Actuó en 23 películas, entre ellas, Quemada, El Corsario negro, Nostromo, La Misión, Dale duro Trinity, El regreso de Dyango, entre otras. Se enorgullecía de haber estrechado las manos de Marlon Brando y Robert de Niro.

En su habitación tenía una colección de películas mexicanas, películas del Oeste, y filmes en donde había aparecido en uno o dos o tres segundos, incluso, en el instante en que un pelotón de fusilamiento disparaba en la película contra unos condenados a muerte, una fila de extras en la que sobresalía su alta delgadez y su barba de chivo.

Hasta por ese instante del fusilamiento se sentía orgulloso Reston. Era que Restom deliraba por el cine, un delirio que tanta falta hace en estos tiempos cercanos al Festival Internacional de Cine de Cartagena. Toda la ciudad entraba en modo festival, y todo el mundo hablaba de lo mismo: del festival. El ciudadano en las plazas y portales, los vendedores de tintos, los cocheros y taxistas, los vendedores de revistas, todos hablaban del festival que se avecinaba.

J. Antonio Restom Bitar. //Foto: tomada de Internet.
J. Antonio Restom Bitar. //Foto: tomada de Internet.

Restom era la nostalgia encarnada de una ciudad sumergida en el pasado, una ciudad que seguía siendo pequeña, parroquial, provinciana, que se resistía a ser la ciudad cosmopolita que llegó a ser, con el riesgo de perder la gracia íntima y humana de lo cotidiano.

Y en esa cotidianidad de Restom no existía la prisa ni el vértigo, sino la bella lentitud de quien se sienta a conversar en una banca del parque a la hora del crepúsculo. Reston siempre estaba animando a niños y jóvenes a aprender ajedrez.

Era el habitante asiduo del Parque de Bolívar, en donde invitaba a los transeúntes a jugar, y cuando no encontraba contendores, él mismo se retaba a sí mismo, jugando a dos manos, o retándose en simultáneas de ajedrez.

La vida de Restom es la historia que aún no se ha filmado ni escrito. Fue portada del libro “Una jornada en Macondo”, del fotógrafo holandéz Hannes Walrrafen, y personaje en varios episodios de sus fotografías. Reston fue campeón regional y nacional de ajedrez y profesor de ajedrez en todo el Caribe. Como poeta su obsesión fue retar al mar.

Murió en 2009, poco antes de cumplir los 80 años. Vivió solo en una habitación de la Calle de las Palmas en el barrio Getsemaní, y su amor platónico fue siempre la reina Mercedes Baquero, que nunca le paró bolas, dice su hermano Francisco Restom, autor del libro “Una mirada a la memoria” (2017). Restom fue un personaje querido en Cartagena, quijoresco, soñador, romántico, novelesco.

Émery Barrios Badel

A veces tengo la impresión de que me voy a encontrar con mi amigo Émery Barrios Badel en uno de los escaños de la placita de los estudiantes de la Universidad de Cartagena. Émery fue uno de los impulsadores del cineclubismo en Cartagena, uno de los líderes del Comité de Cine de la Universidad de Cartagena, promotor de la muestra de cortometrajes y crítico permanente y colaborador del Festival de Cine de Cartagena.

Siempre llevaba en su mochila películas que estaba viendo y las compartía con sus amigos. Lo veo en mi recuerdo fumando ansiosamente un cigarrillo mientras saca uno de los libros que acaba de descubrir entre los viejos libreros del Parque del Centenario.

Émery Barrios Badel. //Foto: tomada de Internet.
Émery Barrios Badel. //Foto: tomada de Internet.

Émery era un soñador de películas. Hombre culto, sensible, con gran sentido del humor y una imaginación para escribir cuentos breves y contundentes.

Era noctámbulo y solía darle vueltas a las salas de cine hasta la última función. En una de esas madrugadas vio a uno de los cinéfilos de la ciudad parado en la vidriera promocional de las películas, con la mano alargada dentro del vidrio, desprendiendo el afiche. El ladrón de afiches de cine llegó a coleccionar hasta un centenar de afiches de películas célebres.

Con Émery nos reíamos de todas las ocurrencias y locuras urbanas. Se nos fue muy temprano y dejó un gran legado. De su mochila salían siempre milagros del cine, la música y la literatura, un álbum musical, una película reciente, un clásico del cine italiano que él volvía a mirar o una colección de música de las Fiestas de la Independencia de Cartagena, de la que él fue un activo promotor de la revitalización de las fiestas.

Y cuando sus manos dejaban de sacar milagros del fondo de la mochilla, contaba una historia que siempre quería escribir: la del hombre sin prisa que se sienta todas las tardes en una banca del parque a ver pasar a la gente de Cartagena, mientras enciende un nuevo cigarrillo.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News