Parece que surgió en la antigua China. Luego de años leyendo a Confucio, los candidatos enfrentaban exámenes y arduas pruebas. Mucho después, la meritocracia aspiró a ser el gobierno o poder logrado por méritos en contravía de la hegemonía basada en herencia, clase o casta.
En ‘La tiranía del mérito’, Michael Sandel cuestiona una sociedad que convierte la hoja de vida en la única medida de valor, permitiendo que el triunfador se crea hecho a sí mismo y por tanto merecedor de todo y olvidando que buena parte lo debe a lo que la sociedad invirtió en él y a algo de elitismo por una situación privilegiada.
En estos cuatro años hubo nombramientos de personas idóneas, pero fueron frecuentes las hojas de vida carentes de competencias o que cumplieran los criterios mínimos para el cargo. Hubo ocasiones en que los criterios fueron amañados para nombrar individuos cuyo único mérito era pertenecer a un partido, ser creadores de contenido o por amiguismo. Se sustituyó la meritocracia por una forma más perversa de privilegio: pertenecer al círculo. Algunos nombramientos fueron anulados o revertidos por el Consejo de Estado o la Fiscalía. Otros terminaron en escándalo. Así, quienes cuestionaban, con razón, la excluyente y arrogante supremacía de las élites, terminaron debilitando los requisitos mínimos que protegen al Estado, de la improvisación y el favoritismo.
El gobierno que empieza en dos días ofrece un gigantesco contraste. Los elegidos son personas con títulos, posgrados y trayectorias extensas en la academia, la administración pública, las empresas y los sectores que deberán dirigir.
El mérito debería ser un criterio fundamental para ascender en la vida o lograr un cargo; sin embargo, debería haber algo más. Debiéramos prohijar la ética de la humildad, la solidaridad y la dignidad del esfuerzo colectivo, y retribuir el éxito individual promoviendo el desarrollo de capacidades en la mayoría.
Sandel advertiría que la preparación debe ser un requisito básico, no un certificado de superioridad moral. Gobernar bien exige conocimiento, experiencia pertinente, pero también integridad, capacidad de escuchar y compromiso con el bien común. Un diploma no garantiza virtud ni buen gobierno; pero la lealtad política tampoco puede reemplazar la competencia. La alternativa a la tiranía del mérito no es la tiranía del amigo, sino una administración en la que el conocimiento se amalgame con responsabilidad, humildad y vocación de servicio. Sandel ya decía: “Cuanto más nos consideramos autores exclusivos de nuestro éxito, más difícil nos resulta aprender la gratitud y la humildad”. Así, el mérito sin humildad convierte el éxito en arrogancia y el fracaso en culpa ajena.
*Profesor Universidad de Cartagena.

