Hablar de Delia Zapata Olivella es hundirse en una parlada de nuestra América mestiza; empezar a girar alrededor de nuestro volcánico universo rítmico; vestirse de nostalgia con el arcoíris de sus trajes y las polleras multicolores de sus danzarinas; llenarse de magia y sabiduría populares, recordando con saudade su bemba caribe-colorá; marearse de felicidad con los movimientos tropicales de sus caderas costeñas, andinas, santandereanas, amazónicas, boyacenses, llaneras y pastusas. En fin, es cubrirse con la piel de la patria y sentir crujir los huesos de Colombia y de toda Abya Yala.
Pero siempre con una visión social, ética, estética, solidaria y universal. Y, sobre todo, profundamente humana y humanista.
Pues Delia, la diosa de ébano de Lorica, la más grande danzarina de Colombia, a pesar de que su color le impidió durante muchos años azotar con el encanto de sus pies nerviosos el tablado del elitista Teatro Colón, emprendió con su hermano de sangre y de travesuras culturales, Manuel, mulato también, el Negro Grande de Colombia, eximio poeta de la vida y telúrico narrador oral y escrito, un periplo popular e histórico sin precedentes. Y sin continuadores, desafortunadamente, por nuestra situación de país, como se dice elegantemente ahora. Ambos despertaron y rescataron la médula del ser nacional, nuestra idiosincrasia cultural, popular, folclórica y lúdica.
Y es que ambos eran amerindios. Sin duda. Pero libertariamente cósmicos.
Ese día, cansados de ver y de sufrir la ignorancia del colombiano frente a su ser existencial, su inmensa riqueza cultural y su biodiversidad, se lanzaron, como cruzados del saber y en busca de nuestra desconocida y maltratada identidad, a conquistar, con su parla, sus carcajadas, su simpatía, su sabiduría y su capacidad investigativa, los ríos, las montañas, los nevados y los volcanes. Y también a degustar la sabrosura de las fiestas de cada rincón de esta tierra paradisiaca, premiada con la mayor riqueza biológica del planeta.
Resultado de ese emprendimiento tan maravilloso como riesgoso -una vez Delia se topó de narices con la guerrilla, pero en vez de atacarla la auxiliaron al grito de “¡Cuiden a la maestra!”-, se convirtió en la danzarina popular y folclórica más cotizada y respetada de Colombia, docente universitaria y maestra de la danza y la palabra. Manuel, por su parte, llegó a ser el más auténtico exponente literario y amerindio de la mezcla tetraétnica -abyayalense, europea, afrodescendiente y árabe-, culturalmente extendida desde el Río Bravo hasta la Patagonia.
Creadora del Palenque que bautizó con su nombre, Delia conformó varias escuelas de danza popular y folclórica que despertaron a decenas de colombianos hacia la investigación y el estudio de esas estéticas de ancestros originarios y africanos. Paseó el producto de su trabajo de años por todo el país y por el extranjero, asombrando no solo por su calidad estética y su fortaleza ética, sino también por el rigor conceptual y práctico de su trabajo. Jamás hizo concesiones, como otras maestras del ramo, a lo comercial, lo extranjerizante, lo banal, lo luminoso o lo fatuo.
Por eso deja en el alma colombiana, a cien años de su anclaje en este plano efímero, un ejército de danzarinas, danzantes, investigadores, analistas, folclorólogos, folcloristas y músicos que, siguiendo su periplo vital e intelectual, son un honor para Colombia y Abya Yala.
Edelmira, su hija, prematuramente fallecida, reprodujo, como era de esperarse, la inteligencia y la garra de su madre y de sus tíos, los escritores Zapata Olivella, quienes, por encima de cualquier consideración, fueron paladines de la saga y la impronta africana e indígena en Colombia y en el continente.
Delia y Manuel lucharon contra viento y marea en un país y un continente donde el arte y la cultura -sobre todo los de raíces populares- han sido, a pesar de ciertos avances, despreciados, mirados con desdén o aceptados a regañadientes por una clase dominante blanca. Fueron un escudo contra el olvido al que se condenaba todo aquello que viniera de la región de los condenados de la tierra.
Terminemos con una divertida anécdota de esta cordobesa que supo desentrañar lo mejor de nuestro ser y de nuestra identidad nacional, y convertirlos en espada, palabra, luz, color y movimiento. En danza y dignidad.
En el último de sus viajes por Asia, el Palenque de Delia fue a China y recorrió muchos kilómetros en tren por las tierras de la seda, la pólvora y la Revolución maoísta.
En algún momento de aquella travesía, ella y los miembros de su grupo tomaron hacia la izquierda y, nunca se supo por qué, el vestuario tomó hacia la derecha. Al llegar a Pekín, podemos imaginar el asombro y el problema que se venía sobre los hombros de la folclorista. Pero, como mujer de garra, colombiana y costeña, logró, con la solidaria y fina colaboración cultural de los anfitriones, reconstruir en tres días -los que la separaban del estreno de su arte- buena parte de su abultado y variopinto vestuario, con un ejército de disciplinados y amables costureros y costureras chinos.
Y presentarse, con ese curioso plus, con un éxito arrollador.
Esa es Colombia.
Esa es China.
Y esa era Delia Zapata Olivella.

