Catalino Parra suena sus recuerdos

16 de febrero de 2020 12:00 AM

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La casa del maestro está en el barrio El Chispón. Catalino Parra era el sobreviviente de la primera generación de los legendarios Gaiteros de San Jacinto, que le dieron la vuelta al mundo en 1954. El único de esa generación que vivió para contarlo. Catalino era, a sus 95 años, un roble al pie del río. Una memoria deslumbrante.

A Catalino Parra lo sedujeron desde niño los sonidos de la gaita y los tambores, cuando a sus diez años llegó a Soplaviento el grupo Los Pileles, de Repelón, se dijo que eso era lo que quería ser: músico. Al novelista e investigador Manuel Zapata Olivella le dijeron que había un muchacho capaz de componerle una canción al silencio y fue a conocerlo. Le propuso integrarlo a lo que más tarde se llamaría Los Gaiteros de San Jacinto. Eso fue el 13 de junio de 1954.

Luego de la legendaria gira de los Gaiteros de San Jacinto por los cinco continentes, a mediados del Siglo XX, la gente del Caribe pudo verse reflejada en la mirada del mundo en una de sus manifestaciones culturales de mayor raigambre: la gaita.

Sobrecogidos por ese reconocimiento inaudito, los mismos gaiteros recibieron una prueba gigantesca de valoración externa, pero un aval minúsculo de la región a través de la radio, la prensa y la televisión que siguió presentando la música folclórica con muchos sesgos, taras y prejuicios europeizantes.

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Nacido en Soplaviento (Bolívar) el 25 de noviembre de 1924, Catalino Parra fue el autor de canciones del patrimonio folclórico de la nación: ‘Cartagena es bonita, su primera composición, ‘Manuelito Barrios’, ‘Josefa Matía’, ‘El morrocoyo’, ‘Animalito del monte’, ‘La iguana’, ‘Verdá que soy negro’, también conocida como ‘Aguacero de mayo’, ‘Mujer soplavientera’, y ‘Catalina’. Catalino Parra recibió en 2004 el Premio ‘Vida y Obra’, del Ministerio de Cultura. Aquí nuestra última entrevista con él.

Empecemos por la infancia. ¿Cómo era el ambiente musical de Soplaviento cuando era un niño?

-Soplaviento era una isla cuando era un niño. Era puro monte, un gramalote. Nací muy cerca de esta casa, en este barrio que ahora se llama El Chispón, pero yo quería que se llamara Polonia. Se conserva el patio. Este es un pueblo liberal y en los tiempos de la violencia de los cuarenta siempre estuvo amedrentado con el cuento de que alguien quemaría al pueblo. Era para meternos sustos. Travesuras de muchachos y había motivos para creerlo porque pueblos vecinos que eran liberales habían sido quemados. Hubo gente que se fue y jamás volvió al pueblo. En Soplaviento había dos bandas que con el tiempo se fueron acabando: La Banda 8 de Diciembre, y La Santander. Quedé yo con la gaita.

Mi papá, Jesús María Parra Guzmán, era pescador, trabajó en el ferrocarril, y mi mamá, Rosa Elisa Ramírez Hurtado, ama de casa, hacía bollos y los vendía para ayudar a mi papá. Somos nueve hermanos, seis varones y tres hembras. Pero mi papá tuvo tres mujeres más y completó veinte hijos. Todos nos conocemos y somos la misma familia. Ellos se quedaron viviendo en Hatoviejo.

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¿Cómo fue la relación con su padre y de qué manera influyó en su vida de músico?

-Mi papá era muy caratoso. Cuando yo nací, mi dijo: “No salió negro, como el primero”. Tanto esperar que yo saliera como él había imaginado y fíjese que en la espalda me salió un lunar igualito al que llevaba mi papá en su espalda. Lo recuerdo subiéndose al tren que iba a Calamar a las cinco de la tarde, y la cara de mamá asomada entre las cercas con un suspiro de desaliento e inquietud porque cada vez que pitaba el tren algo parecía temblar en el alma de mamá, como si ese pito se llevara también el cuerpo y el espíritu de papá. Era que ella lo celaba y tenía motivos. Mi papá cantaba y tocaba el tambor. Muchas veces me pidió que lo acompañara a Arenal a tocar. Pero la primera vez que él supo que yo siendo un pelao me había ido detrás de unos músicos que habían llegado de Repelón, me pegó. Se quitó el cinturón y me dio una cueriza. Mi primer tambor me lo regaló Alejandro Manjarrés de un pedazo de madera que le quedó sobrando de un encargo. La señora Elisa Olivo le pidió a Alejandro que le hiciera un bote para la comida de los puercos y con la madera del campano me hizo el bombo.

¿A qué se dedicaba en Soplaviento?

-A la pesca. Me hice pescador desde temprano. Fue pescando como conocí a Delia, Juan y Manuel Zapata Olivella, que me hicieron sentir que éramos de la misma familia. Pescar siempre fue una forma de felicidad para mí. Un día se presentaron en Soplaviento y me propusieron que me fuera con ellos a tocar a Bogotá. Así fue. Viajamos nueve personas: Nolasco Mejía, José Lara, Andrés Landero, Toño Fernández, José Marciano Socarrás, Erasmo Arrieta. Viajamos a Buga, Calarcá, Buenaventura. Levábamos gaitas (hembra y macho), tambores, llamadores. Toño tocaba la guacharaca. José Lara la caja. Erasmo Arrieta el pito atravesao. Tocábamos cumbias y vallenatos. Ese fue el principio para el viaje a Europa en 1956.

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¿Quién era Manuelito Barrios?

-Era un agente de policía de Calamar que llegó a Soplaviento en tiempos de la violencia. Era godo. Se hizo bastante amigo mío a pesar de que yo era liberal. Todo empezó la noche en que yo lo llevé donde las dos únicas pájaras de la noche que había en Soplaviento. La gente me decía: “Van a decir que tú eres godo”. Como yo era pescador y Manuelito Barrios sabía que yo pescaba en las madrugadas, me ofreció un salvoconducto para evitarme problemas. Después que se desempleó, siguió viniendo a Soplaviento en una canoa y se aparecía por mi casa que era la última del Dique. Le gustaba beber mucho ron.

¿Quién era Josefa Matía y cómo nació esa canción que está pegada en el alma de los hombres del Caribe colombiano?

-Antes de llegar a Las Piedras, como a un kilómetro, había un rancho y estaba una muchacha muy simpática que vivía en el monte. No era delgada, era regular. Una china muy especial. Fumaba con la candela al revés. Era la rezandera del pueblo. Plañidera de velorio. Era comadrona también. Muy querida. Muy berraca. Se llamaba Genara. Sufría de epilepsia. Mi abuela le agregó el nombre de Genara Josefa. Le gustaba ir a tomar tinto en casa de mis abuelos. Aquí a todo el mundo le modifican el nombre. Era sobrina de un señor que tocaba pito atravesao en Las Piedras. Y ella se iba con nosotros a bailar la gaita cuando pasábamos por ahí y yo me enamoré de ella y fue cuando le hice esa canción. Reparándola todo el tiempo se me ocurrió la canción.

¿Cómo recuerda a sus amigos del grupo Los Gaiteros de San Jacinto, del cual usted es el único sobreviviente?

-Siempre mantuve un respeto por cada uno de ellos. Toño Fernández me llamaba: ¡Cato! ¡Cato! Y yo le respondía: ¡Señó! ¡Señó! Creo que Toño era un hombre fuerte y orgulloso de sí mismo. Quería que yo me fuera a vivir a San Jacinto, pero yo le explicaba que no podía dejar regada a la familia en Soplaviento. José Lara era un alma de Dios. Juan Lara era de un temperamento distinto al de su hermano. Cuando se emborrachaba decía a gritos: ¡Yo soy Juan Lara, nojoda! Entonces su mujer lo reprendió y le dijo que se dejara de esas cosas. Y otra vez volvió a emborracharse y decía. ¡Yo soy Juan Lara, nojopla! Los amigos para embromarlo le decían Juan Nojopla. Grabamos 4 discos de larga duración con el nombre de Los Gaiteros de San Jacinto. Allí aparecen mis canciones ‘Cartagena es bonita’, de 1968; ‘Manuelito Barrios’, de 1970; ‘Josefa Matía’, de 1971; ‘El morrocoyo’, entre otras.

¿Cómo recuerda la primera improvisación de las maestranzas?

-En épocas de carnavales, las maestranzas se improvisaban y se enriquecían cada vez más, con nuevos personajes y acontecimientos en Soplaviento. Recuerdo que el señor Justiniano Castillo cantaba maestranzas, él era el cacique de la danza y se lucía con sus improvisaciones. Él la sacaba al ruedo con éste comienzo.

Epílogo

Catalino Parra vivió hasta el final de la mano de la música. No dejó de cantar incluso cuando lo llevaron a cuidados intensivos. Su memoria lo acompañó hasta el final.

Las exequias se cumplen hoy en Soplaviento, a las 3 de la tarde. Ha partido el último juglar de Soplaviento y una leyenda de la música ancestral de Colombia. Vivió para la música. Para su gaita macho, su tambor alegre, su bombo, sus maracas.

Su música está viva al pie del río.

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