Cultural


Cuatro episodios con Alejandro Obregón

Llueven historias alrededor de la vida mitológica del artista Alejandro Obregón (1920-1992). Mincultura declaró este 2020 Año del Centenario del Natalicio de Obregón.

GUSTAVO TATIS GUERRA

07 de junio de 2020 08:09 AM

Nada ha impedido que Cartagena y el país celebren con diversos actos al más grande artista que ha dado Colombia, nacido en Barcelona, pero criado entre nosotros desde sus seis años, entre Barranquilla y luego Cartagena, y nacionalizado colombiano a sus 21 años. Compartiremos desde hoy varias entrevistas realizadas a amigos, críticos de arte, investigadores y familiares de Obregónl. (Le puede interesar: Ministerio de Cultura declara el 2020 como Año Alejandro Obregón)

Empecemos a recordarlo

El ex gobernador de Bolívar, Humberto Rodríguez Puente, que tuvo el privilegio de ser un amigo cercano del artista, compartió algunos de esos recuerdos con el artista. Era el gobernador del departamento en 1982, nombrado por el presidente Belisario Betancur Cuartas. Ese año la ciudad preparaba su agenda para celebrar, en 1983, los 450 años de fundada Cartagena. El presidente llegaba a la ciudad sin avisar y sin escoltas y se iba directo a la casa de Obregón en la casa de La Factoría, y llegaba vestido todo de blanco, en coche como un turista cachaco.

La ciudad se puso de acuerdo para celebrar aquella fecha con bombos y platillos. “Decidimos invitar al Rey de España, Juan Carlos de Borbón, para la gran fiesta, a la que también invitaríamos a todos los almirantes de los países de América, con sus barcos insignia para fondearlos en nuestra hermosa bahía durante el festejo”, dice Humberto Rodríguez Puente. “Un día me llamó el señor presidente y me dio la noticia de que el Rey de España no podía venir a la conmemoración por asuntos muy importantes. Sin embargo, nos enviaría al príncipe Felipe, quien saldría por primera vez de España en representación oficial. Algo decepcionado por la noticia anterior, le comenté que la gran celebración ameritaba una venida de el a Cartagena para definir muchas cosas; lo hizo muy rápido presentándose en la Gobernación a los 15 días”.

Por mi memoria de cronista pasa la imagen de aquel niño príncipe de quince años, aturdido por la solemnidad con que se le recibía a Cartagena. Una palenquera le ofreció una torreja de piña para romper aquella deificación del joven visitante.

Al gobernador se le ocurrió la maravillosa idea de proponerle a Obregón el afiche de aquella celebración. En una visita protocolaria, el artista alborozado dijo que haría ese afiche.

“Pasaron los días y la jefa de Relaciones Públicas de la Gobernación, María Elisa de Martínez, le hacía llamadas semanalmente a Obregón, recordándole el compromiso. Pasó una semana, pasaron dos, tres, cuatro y siempre le contestaba: ‘Dile a mi cómplice que no se preocupe, que todo va bien’”.

“Un día, María Elisa, algo desesperada, fue a la casa de Alejo a verificar el proceso del afiche conmemorativo. La casa de Obregón estaba a cinco cuadras de la Gobernación. A la media hora recibí una llamada: ‘Gobernador, no se imagina lo que ha hecho Alejandro, venga por favor’. Bajé del despacho y me fui caminando rápido hasta la casa de Alejo. Lo encontré en la sala sentado con una olla grande llena de almejas cocinándose con cilantro, dos pocillos de tinto y una botella de ron blanco... Me dijo: ‘¡Disparémonos el primero!’. Y así fue”.

El gobernador, mirando a todos los lados, le preguntó: “Cómplice, ¿y dónde está el afiche?’, el tiempo se nos agotaba. Puso sus manos en el aire y entró al taller a buscarlo. “En la pintura aparecía Pedro de Heredia con la cara de Rodrigo, su hijo, con piel negra y pelo y bigotes indios. Al lado izquierdo, mi hija Rosaura como india Catalina, con piel de mulata y pelo largo, negro con un moño de flores en la cabeza. Debajo de las dos figuras, una frase que decía: ‘Si usted quiere a Cartagena... Por favor no venga’”.

“Desconcertado ante la irreverencia de Obregón, le dije: ‘Maestro, ¿cómo se le ocurre que voy a visitar a los ministros con este afiche?’. Me contestó: ‘Es que esos cachacos lo que vienen es a destruir nuestra ciudad. El mejor regalo es que no vengan’”.

Al gobernador le costó lágrimas y sangre convencerlo de que cambiara la frase. Finalmente logró que la borrara y utilizara una que había utilizado en un folleto sobre la restauración de La fortaleza del San Felipe de Barajas. “Démosle a Cartagena algo más que amor”. (Lea también: 100 años del natalicio de Alejandro Obregón, 72 instantes de su vida)

Otro episodio

Tal vez el episodio que más se acerca al espíritu transgresor de Obregón ocurrió cuando el mismo artista le regaló una pintura al gobernador por la noche, y muy temprano, fue a pedirle que se la devolviera. El gobernador fue privilegiado porque no solo le regaló ese sino quince pequeñas y medianas pinturas, para quince momentos emocionales de la familia.

“Vivía en el barrio Castillogrande, en una pequeña casa frente al mar con vista la Isla de Tierra Bomba, y en ella nos reuníamos todos los domingos en la mañana Tito de Zubiría que era mi vecino; Donaldo Bossa Herazo, mi contertulio más exigente; mi cómplice Alejandro Obregón y Carlos Villalba Bustillo que, de paso, al almuerzo dominguero que tenía donde los Yidios, se quedaba un buen rato con nosotros contándonos los chismes políticos de la ciudad. Belisario Betancur, quien todavía no había sido presidente, visitaba la ciudad con mucha frecuencia pues teníamos una empresa que construía edificios en Bocagrande. Se presentaba con mucha frecuencia con o sin mi invitación a almorzar la gallina ala cartagenera, que nos ofrecía Socorro.

“Recuerdo como si fuera hoy las discusiones irreverentes de mi hijo Humberto Enrique con Alejandro, a pesar de su corta edad, cuando le decía: ‘Tú puedes saber más que yo de literatura inglesa, pero de literatura universal no sabes más que yo.

Imagen belisario betancur alejandro obregon

Belisario Betancur, expresidente de Colombia, tocando la puerta de Obregón en 1983.//Foto: Manuel Pedraza.

“Para todos eran muy divertidas estas salidas del ‘tigre’, como le decían, y las disfrutaban muchísimo. En esas reuniones culturales que hacíamos, llenas de conocimiento, anécdotas y recuerdos inolvidables, un día estando Belisario presente, descubrió unos cuadernos debajo de la mesa de centro de la terraza que utilizábamos y que miraba al mar a través del garaje. Al ver que estaban llenos de poemas Belisario preguntó: ‘¿Quién hace poesía en esta casa?, a lo que Socorro, mi mujer, contestó: ‘Rosaura, que no piensa sino eso. Parece que está enamorada’. Agregó: ‘¿Y desde cuándo anda en ese proyecto?’... ‘Creo que el primero lo hizo cuando tenía 12 años, contestó Socorro, y se llamó ‘Cuanto me duele crecer’. Allí quedó el episodio, hasta que unos meses más tarde Fabio Lozano Simonelli, en su columna habitual del diario El Tiempo, comentó los poemas de una niña cartagenera de corta edad que habían llegado a él en un cuaderno enviado por Belisario Batancur. Dijo que la niña se llamaba Rosaura Rodríguez, y el libro estaba siendo impreso por la editorial Planeta en Bogotá y que serían ilustrados por Alejandro Obregón.

“Quedé en shock y llamé a Alejandro y le pregunté... ¿Cómo es eso del libro de poemas de Rosaura que están editando en Bogotá y tú participas? Me contestó: ‘Mi querido cómplice, yo a esos poemas solo les puse el color. Tu compadre Belisario es el que está en el cuento’. Así nació ‘La llegada del amor’, un hermoso libro en el que ambos metieron la mano como un gesto de amistad y cariño hacia mi hija. Meses después, quise que Belisario me entregara los dibujos con los que Alejo había ilustrado cada poema, pero me hizo pistola”.

11 de abril de 1992 murió en Cartagena Alejandro Obregón.

Epílogo

Obregón era maravilloso e impredecible en sus actos y en sus silencios. La última vez que lo vimos deseaba que el poeta Raúl Gómez Jattin le escribiera un poema sobre el viento. El poeta recibió el dinero por adelantado, pero cuando veía al pintor quería hacerse invisible. Y salía volado como impulsado por el viento. El mismo viento del poema. Y le decía a Eparkio Vega: “Es que es tan difícil, arcángel, hacer un poema por encargo”. Sin embargo, Raúl cumplió con su promesa y le dedicó a Obregón uno de sus mejores poemas: ‘Lola Jattin’, en el que nombra sutilmente al viento despeinando a su madre.