Hay un hombre joven sentado en un banquillo con una máquina de escribir en las piernas. Usa pantalones holgados de tela, que terminan justo arriba de las medias, que acompañan unos mocasines desgastados. La camisa que lleva puesta es de botones, la usa medio abierta, sin el último botón. Está ubicado al lado de unas escaleras, con un anuncio que indica que es un vendedor de poemas, pero estos no tienen precio, el valor lo ponen las personas que los adquieren.
El nombre del joven es Santiago, lo supe por la firma debajo del poema que le pedí y que hizo en un abrir y cerrar de ojos. Lo vi por primera vez en la Comuna 13, en Medellín, mientras caminaba viendo los grafitis que se alzan sobre las paredes con las montañas en el fondo, es un lugar muy colorido, bonito. En el trayecto vi bailarines, cantantes, emprendedores, pintores, grafiteros y a Santiago que permanecía inmóvil escribiendo poemas que las personas le pedían, con base a una palabra o un sentimiento.
Estamos conectados en una videollamada, Santiago está en Medellín y yo en Cartagena. Del otro lado se escucha el sonido de un televisor, que como dice él, ocupa el silencio. Habla con suma naturalidad, así como escribe, mientras da pequeñas bocanadas a su cigarrillo y se dispone a contarme cómo llegó a convertirse en un vendedor de poemas. Santiago Vargas nació en Medellín, al interior de una familia sencilla que sufrió las cicatrices de la guerra en Colombia. De pequeño era un pésimo estudiante, no se sentía a gusto con nada. Las materias obligatorias eran sólo eso, una obligación a la que no quería someterse. Lea aquí: El sueño frustrado de la maternidad tras una batalla contra el cáncer

Descubrió muy temprano que ni los números, ni las ciencias, ni los idiomas, le generaban algún tipo de emoción pues lo único que disfrutaba hacer era jugar y leer los libros que podía robar de las bibliotecas. Esto lo hacía con un grupo de amigos, de quienes aprendió la forma de tomar prestados libros que nunca devolvería y que lo acompañan hasta hoy. Vivía con sus papás y hermanos, sin embargo, a los 18 años decidió que aquella ciudad familiar y cálida en la que había nacido no era ya el lugar en el que quería estar, por un llamado interior que le motivaba a salir al mundo real: feroz y descontrolado.
De esta manera llegó a la fría capital, consiguió un trabajo como mesero y renunció al segundo día, luego trabajó como librero en una biblioteca, pero lo despidieron cuando descubrieron que tomaba libros prestados para leer.
Aún así decidió quedarse porque Bogotá le generaba una extraña fascinación y le parecía que el arte vibraba en el aire, especialmente en La Candelaria, el principal atractivo turístico de la ciudad por su oferta cultural. Ahí conoció y se hizo amigo de poetas, escritores, actrices de teatro, y otras personas que al igual que él buscaban en el arte callejero un sentido para la vida. Lea aquí: Angélica Vargas vive de declamar poemas en las calles de Colombia
Un vendedor de poemas
Un día, una amiga le dio la idea de vender poemas “¡qué pena! ¡Yo vendiendo poemas!”, pensó, pero a los días tomó una vieja máquina de escribir, se sentó en el borde de un andén y esperó impaciente a que alguien le hiciera un encargo, y así fue. Uno a uno fueron llegando, empujados por la curiosidad de su oficio. Santiago escribía los que conocía perfectamente de memoria, pero las exigencias cambiaron y empezaron a pedirle textos escritos por él, acoplados a las situaciones que cada uno vivía. Sintió miedo. Nunca había sacado a la luz lo que escribía, le parecía que era como vociferar sus secretos en la calle, pero si se lo pedían, tenía que hacerlo.
Se decidió a hacerlo y puso en práctica su destreza con las palabras, que iban saliendo una a una a medida que se le acercaba alguien a contarle una situación que estaba viviendo. A veces se acercaba una persona con cáncer, pidiendo un poema que le devolviera la esperanza, otras veces un hombre en medio de una profunda desilusión amorosa e incluso personas agotadas de la vida, con el deseo de no seguir. Santiago, que escucha atento a sus solicitantes, se toma un par de minutos en dictaminar un grupo de palabras y entregarlas en un cuarto de hoja. Así lo conocí, sentado junto a una maleta en la que guarda su artefacto y en la que depositan monedas y billetes, para saldar el valor que cada uno pone al poema. Las palabras emergen desde adentro, de manera incontrolable, como un río.
Escribir bajo el sol, bajo la lluvia
Era mediodía y el sol se impuso brillante en la mitad del cielo. Me acerqué para hacer mi encargo personal, le dije: escribe sobre lo que quieras. Agregó más papel, lo ajustó y comenzó a presionar las teclas gordas de la máquina, la escritura le desbordaba fácilmente a través de sus dedos, ni una mueca, ni una mirada al cielo, nada. Solo el silencio. Me entregó un cuarto de hoja, que comenzaba así: “Haber nacido con el corazón al otro lado del mundo, sí, tener un mar entre mis sentimientos y mi piel, he ahí mi dulce enfermedad (...)”.

No es consciente de cuántos poemas escribe en el día, ni le preocupa a dónde van a parar, a la final para él, la poesía es una necesidad que tiene el ser humano de encontrar belleza en lo cotidiano. Por eso le gusta tanto Bogotá, porque es una ciudad que lo obliga a mirar hacia adentro, a ver más allá de personas abrigadas abriéndose paso en una ciudad atiborrada de nostalgia. Lea aquí: El mototaxista de TikTok: ¿qué ha sido de la vida de Sebastián Moreno?
Actualmente Santiago vive de escribir poemas, su sustento diario. Con este trabajo ha logrado viajar a varios lugares de Colombia y ayudar económicamente a su familia. Dice que no es mucho lo que gana, pero que le alcanza para comer y estar tranquilo, lo único que verdaderamente necesita. Tiene un perro al que cuida y de quien recibe la misma compañía que le dan sus libros.
