Neuroarquitectura: construir pensando en la salud mental

Esta disciplina es reciente y poco conocida, pero las cuarentenas de la pandemia por COVID-19 le han permitido mostrar sus aportes al mundo.

La arquitectura está considerada dentro de las bellas artes por buenas razones: los edificios que habitamos no son simples lugares que nos sirven de refugio, también poseen características estéticas que apelan a nuestras emociones, con efectos inmediatos y a largo plazo sobre nuestra psique.

Aunque es esto puede llegar a ser muy subjetivo, es un hecho que todos los elementos del diseño de un inmueble tienen consecuencias sobre nosotros, sea una arcada, una columna, piedra, el cemento, paredes blancas o amarillas, espacios grandes o pequeños. Es del estudio del comportamiento de nuestro sistema nervioso frente a los edificios que habitamos que se encarga la neuroarquitectura.

Medidores y utilidad

Es de notar que esta ciencia no es especulativa: tiene un soporte científico real e instrumentos que le permiten obtener datos que puede interpretar. La neuroarquitectura se vale de la resonancia magnética y de los electromiogramas para examinar cómo reaccionan los seres humanos frente a diferentes condiciones espaciales.

A través de pruebas en ambientes controlados, los estudiosos en la materia van creando una base de datos sobre las características que mejor favorecen el estado de ánimo de los seres humanos, sin descuidar la función que deben cumplir.

A su manera, esto era algo que muchos seres humanos ya ponían en práctica de forma más o menos intuitiva. Por ejemplo, en los hospitales los cuartos son espaciosos, con colores pasteles para que los pacientes se sientan relajados y el calor no se acumule en estos, las construcciones monumentales (como las catedrales) poseen puertas y techos altos para producir asombro y sensación de encogimiento, entre otros ejemplos. Le puede interesar: Pautas para determinar la decoración interior.

La neuroarquitectura tiene estas nociones presentes y se centra en maximizar el confort y minimizar las posibles fuentes de estrés. A pesar de que cada persona e inmueble es único, hay algunos patrones generales que se han confirmado a través de estas investigaciones: la presencia de espacios verdes ayuda con la relajación, por lo cual es bueno que sean visibles en las zonas más abiertas y a través de las ventanas; los tonos suaves producen calma y los más vivos nos ponen alerta; los espacios amplios tienden a ser más conducentes al trabajo y los más pequeños a la sensación de intimidad o reposo.

También se pueden hacer comentarios similares en cuanto a la temperatura de una habitación, la decoración, el grado de iluminación y, por supuesto, el aspecto de una fachada, entre otros aspectos, pero lo cierto es que los seres humanos respondemos a todos estos factores de manera positiva o negativa y la neuroarquitectura ha servido para confirmar lo que hasta ahora podían parecer solo impresiones.

Variaciones

Cuando se contratan los servicios de la neuroarquitectura, esta se centra en satisfacer las necesidades de grupos específicos, tomando una muestra de los futuros beneficiarios, determinando sus reacciones y luego discutiendo los resultados para determinar la aplicabilidad de una opción sobre la otra. Esto, sumado al hecho de que las lecturas de las máquinas siguen estando sujetas a las interpretaciones del operador, dificulta su aplicabilidad a gran escala.

Sin embargo, la pandemia nos ha obligado a estar más tiempo en nuestros hogares y puestos de trabajo por lo que es mucho más probable que nos volvamos más sensibles ante las carencias de los espacios que nos rodean en nuestra vida cotidiana y que estemos más atentos a lo que realmente queremos del diseño de interiores. Puede leer: El espacio, un factor clave al escoger casa durante la pandemia.

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