Cuando decidí crearme una cuenta de Substack acababa de cumplir veinte años. Lo hice sin saber muy bien qué era esa plataforma y arrastrada por un par de textos que había publicado una mujer a quien leo y admiro en secreto. Escribía sobre su familia, su enfermedad, sus males de amor, el hastío por la sociedad moderna y esa tristeza inevitable que a veces se instala en la vida.
Publicaba con una frecuencia casi ritual, en una página limpia de publicidad y estímulos externos. La lectura era pulcra: una tipografía delicada, suficiente espacio entre los párrafos para respirar y ningún anuncio de un desodorante o una camisa en descuento interrumpiendo la lectura. Al final de cada texto dejaba los enlaces de las canciones que había escuchado mientras escribía. Esa mezcla de intimidad y cuidado me hizo querer abrir mi propia cuenta.
Con el tiempo, Substack terminó convirtiéndose en un lugar donde podía escribir sin sentirme observada ni avergonzada. Casi como desnudarse frente a una pared que te ve, pero no puede decirte nada. Empecé a escribir como quien lleva un diario. Poco a poco fueron llegando lectores hasta que el número se detuvo en cuarenta. En internet, cuarenta personas parecen casi nada. Para mí, en cambio, siempre han sido una sala llena. Cuarenta personas que leían mis garabatos y decidían quedarse allí, en silencio.
Hace tres años dejé de escribir, pero nunca de leer. Fue entonces cuando descubrí que Substack no era solo el refugio de personas desorientadas como yo. También escribían allí periodistas, novelistas, ensayistas, fotógrafos y hasta la mismísima Rosalía. Entendí que la plataforma estaba hecha para la profundidad, para desarrollar una idea sin la estructura casi automática que quienes escribimos noticias llevamos instalada en la cabeza. Adiós a los títulos pensados para el SEO, al conteo obsesivo de caracteres, a las palabras clave que deben repetirse una cantidad exacta de veces para que, con suerte, un algoritmo decida mostrarte.
Substack se parece más a un mercadillo artesanal que a una red social. Un lugar donde todavía es posible detenerse frente al trabajo manual, la poesía, el ensayo, la fotografía, el cuento, los diarios. Un espacio donde muchos artistas encuentran la libertad de crear sin competir permanentemente con un algoritmo hambriento de colores, tendencias y velocidad.
En esa búsqueda terminé encontrando algo que no esperaba, una pequeña comunidad de escritoras del Caribe. Mujeres que escriben desde la orilla, desde el calor, desde las mecedoras, desde las cocinas donde se cuece el arroz mientras una idea empieza a tomar forma. Mujeres que, lejos de las editoriales, han encontrado en Substack un lugar para construir lectores con paciencia, incluso si al otro lado apenas hay cinco, diez o veinte personas. Así di con el perfil de Sofía Ortiz. Trabaja medio tiempo y dedica el resto a vivir, escribir, percibir y encontrarse con sus amigos. Desde niña encontró en los diarios una forma de entender aquello que ocurría dentro de sí. Años después, descubrir que Anne Carson publicaba sus propios diarios con absoluta transparencia la animó a hacer lo mismo.
En su perfil Sophiesticated conviven poemas breves, ensayos, pensamientos y fragmentos de una vida observada con delicadeza. Hay textos sobre la decisión de abandonar una oficina de paredes blancas para volver a su arte; otros nacen de la memoria de su abuela o de la experiencia de habitar el Caribe siendo artista. “Si el cielo es un útero, el infierno es una silla de rodachines. Nunca voy a ser Simone Weil; yo no quiero desaparecer. Soy una antropóloga de la diversión en mi cuerpo: oficina es una armadura que me quiero quitar de encima”, escribe en una de sus publicaciones. En esa frase cabe buena parte de su búsqueda, la tensión entre la rutina y la creación.
Cuando le pregunto por qué decidió abrir un boletín me explica con honestidad que si uno quiere que la escritura sea una carrera y no solamente una forma silenciosa de resistir, también necesita encontrar lectores.
Para Sofía, escribir es una forma de resistencia creativa y de honestidad frente a las desigualdades del Caribe. También una manera de desmontar el viejo estereotipo según el cual la sensibilidad solo florece en ciudades frías. Ella cree que la literatura puede nacer igual de bien en una mecedora, frente a una olla de arroz humeante o bajo un sol que agobia. “El Caribe, un lugar tan golpeado por las desigualdades, termina produciendo estos diamantes; termina dando tantos artistas”, dice.
La influencia de Anne Carson atraviesa su escritura. No solo por la poesía, sino por esa libertad para romper los géneros y mezclar diario, ensayo, memoria y literatura dentro de un mismo libro. Esa misma libertad es la que Sofía intenta construir en su propio espacio. Algo parecido ocurre con Isabella Rangel. Su Substack alterna poemas con fotografías de papeles escritos a mano, flores secas y pequeños objetos cotidianos. Cuando le pedí que intentara explicar qué significa para ella tener un lugar donde dejar su obra, escribió un bello texto. Comparó la creación con un clóset donde el cuerpo puede acomodarse cerca de sí mismo. Después habló de acostarse debajo de una cama para escuchar cómo la propia voz rebota contra la madera. La escritura, decía, necesita esos espacios mínimos de intimidad donde todavía es posible escucharse antes de salir al mundo.
“Tal vez todos los intentos de sociabilidad de nuestra especie se han reducido a poder escucharse, uno solo, más fuerte. Desde esa mirada podemos pensar la modernidad de nuestras relaciones digitales: tantas camas siendo usadas al revés para poder entender la intimidad”.
En los últimos meses me he dedicado a leer casi exclusivamente a mujeres. Quiero afinar eso que tantas escritoras llaman female gaze (mirada femenina), una manera distinta de mirar el mundo. Quizá por eso vuelvo una y otra vez a lo que se escribe en el Caribe. A cruzar sus olas y entender que la sal que corroe también cura. Que la literatura también está ahí.
“El color naranja del cielo caribeño por las tardes, la bandada de mariamulatas dibujando una flecha sobre las nubes, el rocío sobre las flores en la terraza después de regarlas, el amor que creías eterno, el dolor de piernas por estar dos horas haciendo el arroz (...)”.
— Sofía Ortiz
