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Columna

La muerte de Donald Trump

“Es, en definitiva, candidato a morirse en cualquier momento. ¿Qué pasaría si Trump muriese mañana?…”.

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El presidente de los EE. UU. es un señor mayor. Nunca ha sido prototipo de vida saludable. Su dieta es terrible y su desprecio por el ejercicio físico notorio. Tiene un trabajo estresante, exigente y que acostumbra a dar muchos disgustos. Por si fuera poco, últimamente sufre multitud de quebraderos de cabeza por las guerras que inicia, por las crisis económicas que desata y por los perpetuos escándalos judiciales que le persiguen allá donde vaya. Ha sido visto durmiéndose en múltiples reuniones oficiales recientes y no son pocas las fotos que descubren que va fuertemente maquillado para ocultar lo que probablemente sean pequeñas hemorragias y heridas provocadas por su mala circulación. Es, en definitiva, candidato a morirse en cualquier momento. ¿Qué pasaría si Trump muriese mañana?

Constitucionalmente hablando la cosa es sencilla. Su vicepresidente, J. D. Vance, adquiriría inmediatamente la condición de presidente y le sucedería por lo que quedase de mandato en el momento de su muerte. Ya ha pasado en otras ocasiones y tampoco sería un caso excepcional en la historia de los EE. UU. La cuestión no sería de tipo jurídico, sino de tipo político. Cómo quedaría el movimiento MAGA, y en general la gran corriente ideológica de la derecha alternativa mundial, una vez su sumo sacerdote pasase a mejor vida. ¿Desaparecería y todo volvería a ser como antes? Más que probablemente no. Trump no es el creador de un movimiento, sino su encarnación temporal. La reacción tradicionalista y nativista que vive Occidente respecto de la liberación de la mujer, de las grandes corrientes migratorias, del reconocimiento de derechos a las minorías y, en economía, del libre comercio globalizado, no es algo que dependa de una sola persona, ni que haya sido creado por una sola persona. Trump, como buen hombre del espectáculo, es ruidoso, aparatoso y exagerado, pero no es más que el resultado de algo mucho más grande que él, no su causa.

Posiblemente, aquellos que vengan detrás de él serán mucho más fuertes en su fe que lo es el propio Trump. Al fin y al cabo, él es hijo de otra época (los codiciosos años ochenta) y si se subió al barco MAGA fue en gran medida por cálculo electoral, más que por verdaderos ideales, que no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que en Trump brillan por su ausencia. La muerte de Trump, en definitiva, será como la de tantos otros antes que él: parecerá que todo cambia y al final no cambiará nada.

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