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Columna

El triste arte de aparentar

“Una sociedad que premia la fachada por encima del carácter termina perdiendo el pudor, el criterio y, al final, la confianza...”.

Enrique Del Río González

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“El problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles, sino importantes”, Churchill.

Ya casi no escandaliza. Nos hemos ido acostumbrando a una sociedad donde la gente no siempre quiere ser, sino parecer. Parecer exitosa, sabia, influyente, necesaria. Lo grave es que esa costumbre, que algunos despachan como simple vanidad, en realidad dice que estamos viviendo una crisis de la verdad, una temporada en la que el fingimiento ha ido devorando, casi sin resistencia, lo poco genuino que quedaba en pie.

Hoy las redes sociales funcionan como una tarima sin examen de admisión. Ahí cualquiera se presenta como experto, maestro, visionario o referente. Basta una buena foto, dos frases solemnes, una agenda prestada y cierto talento para la exageración. El problema no es solamente el ridículo, que abunda. El problema es el daño. Porque hay oficios, decisiones y responsabilidades que no admiten maquillaje. Hay asuntos en los que posar de competente puede costarle muy caro a otro.

No se trata de rendir culto al diploma, ni de suponer que toda sabiduría viene empastada y colgada en una pared. Hay gente valiosa sin títulos rimbombantes y gente hueca con biblioteca de fondo. El punto es otro, es que se ha vuelto normal atribuirse conocimientos que no se tienen, vender experiencia que no existe y cobrar confianza con cheques sin fondos. Se finge para captar clientes, para atraer respeto, para entrar más rápido a una sala donde el mérito todavía exige tocar la puerta.

En esa comedia también es evidente la desaparición silenciosa de la vergüenza, esta era un freno moral que recordaba que no todo se puede simular, que no toda ambición justifica la impostura y que hay límites que no deberían cruzarse ni por fama ni por dinero. Pero ahora pareciera que el descaro cotiza mejor. El que espera su tiempo, estudia, corrige, madura y hace el camino completo termina viéndose anticuado frente al que aprendió a vender humo con excelente iluminación.

Tal vez por eso la frase de este tiempo no sea “quiero ser útil”, sino “quiero parecer importante”. Y de inmediato, además. Sin pausa, sin reposo, sin reflexión, sin la lenta disciplina de volverse bueno en algo. Nos seduce más el atajo que la formación, más la vitrina que la sustancia, más el reconocimiento exprés que la competencia real.

Lo triste es que ese teatro no termina en una pose, sino con consecuencias y estas, a veces, graves. Un impostor en cualquier campo delicado no solo engaña, sino que también arrastra, confunde, compromete vidas, patrimonios, decisiones y destinos ajenos. Por eso el problema de aparentar no es estético, sino ético. Una sociedad que premia la fachada por encima del carácter termina perdiendo el pudor, el criterio y, al final, la confianza. Y cuando una comunidad ya no distingue entre el que sabe y el que actúa como si supiera, lo próximo que pierde no es el estilo, sino el rumbo.

*Abogado.

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