Durante un tiempo fui docente en la Universidad Tecnológica de Bolívar de una materia electiva llamada Leer la ciudad. No era, por supuesto, una clase de urbanismo o de semiología, sino un ejercicio más sencillo: introducir a los estudiantes en el concepto universal y cambiante de ciudad, en sus orígenes y en lo que, en términos generales, diferencia al mundo rural del mundo urbano.
Una vez hecha esta introducción, trataba de aterrizar el curso en Cartagena de Indias. Y lo más importante, al comienzo, era la percepción que esos 30 estudiantes tuvieran de la ciudad donde vivían y donde desarrollarían tal vez su vida profesional.
Una gran mayoría no conocía la ciudad sino parcialmente. Sucede en casi todas las ciudades del mundo. Es como decir: vivo en una casa grande pero no me muevo del cuarto donde duermo. En su conjunto, Cartagena era una desconocida. Y aunque tenían la percepción de sus problemas más inmediatos- la movilidad, la seguridad y el transporte público-, se mostraban orgullosos de haber nacido y vivido aquí.
Me sorprendió siempre que al preguntarles por una ciudad distinta a Cartagena donde desearan vivir, muy pocos habían pensado en una ideal, ni colombiana ni extranjera. El orgullo legítimo de estos jóvenes contrastaba con desconocer aquello que era motivo de orgullo. Por ejemplo, el Centro Histórico, la riqueza patrimonial, la rancia belleza de un corralito de origen colonial.
Las ciudades modernas desarrollaron las que se llaman nuevas centralidades. Al desaparecer los centros históricos, las ciudades crearon sectores periféricos con un eje de atractivo comercial, suficientemente poblado y con dinámica suficiente como para atraer a la gente y convertirse en un nuevo centro.
Estos jóvenes frecuentan sus propios sectores, cerca de los lugares donde viven y donde se desarrolla su vida social: los encuentros con la demás gente. Y esto reduce la visión global de la ciudad, vista como un pedacito de tierra que se vuelve costumbre ¿Es por esto por lo que los ciudadanos pierden el sentido global de la ciudad donde viven y se limitan a sus barrios y sectores? Puede ser.
Una de mis mayores sorpresas era confirmar la indiferencia de estos futuros profesionales por la política. Y la apatía ante la democracia, como ejercicio participativo de los ciudadanos para elegir gobernantes y legisladores.
Muchos de estos jóvenes serán profesionales. Pero, ¿qué tan buenos ciudadanos serán con el rechazo a toda participación en los asuntos de la ciudad y el país? Tendrán una vaga percepción de sus problemas más inmediatos. Pero perpetuarán la indolencia de una comunidad convencida de que por ejecutar el presupuesto o comprometer el del futuro, su alcalde es un buen gobernante.
*Escritorcollazos_oscar@yahoo.es
