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Mañana, Tabaré Vásquez reemplazará a José Mujica en la presidencia de Uruguay. Pocos mandatarios del continente querrán perderse la fiesta de despedida al más original, coherente y desconcertante presidente latinoamericano de las últimas décadas.

No tendría nada de extraordinario si Mujica- cofundador del Frente Amplio, el brazo político de la guerrilla de los Tupamaros a finales de los 70 del siglo pasado- no hubiera transitado desde la izquierda radical y armada de aquella época hacia una centro izquierda equilibrada y posible.

El líder del Frente Amplio conoció la represión de la dictadura militar pero también los errores de una guerrilla urbana ingeniosa y sin futuro, tan ingeniosa que inspiró quizá algunas acciones no menos ingeniosas del M-19 colombiano.

Conocí en La Habana, entre 1969 y 1970, a algunos Tupamaros, entrenados militar y políticamente por cubanos. Castro calculaba que el triunfo de nuevas revoluciones en el subcontinente aliviaría la soledad en que lo dejó la comunidad americana, sometiéndolo al mayor bloqueo económico y político de la historia contemporánea.

Fue una costosa fantasía, alimentada por el romanticismo guevarista. De allí nacieron los Tupamaros. Pepe Mujica es hijo de esas camadas, que luego giraron hacia la participación política en la democracia liberal.Nunca comprendí cómo era posible imaginar una revolución armada en aquel pequeño país de clase media, en cuya capital, Montevideo, vivían tres cuartas partes de su población. El precio pagado por esta fantasía fue la implantación de dictaduras de extrema derecha en el Cono Sur, sincronizadas con la política de seguridad hemisférica de Estados Unidos.

Ese fue uno de los errores de la izquierda radical de América Latina y una de las peores apuestas de Cuba: suponer que podrían triunfar revueltas de esta clase, disputándole el poder, por medio de las armas, a las oligarquías locales y a su mayor aliado: Estados Unidos de América.

Mujica es un caso excepcional. Pudo sacudirse de encima los dogmas de la izquierda radical, equilibrar los sueños de justicia social con lo posible y darle a la democracia un sabor de pueblo humilde sin agarrarse a trompadas con los ricos. Los cambios durante su mandato han sido de orden social y moral.Mujica le dio a su país la dignidad que él mismo hizo ejemplar en su vida: un presidente humilde, un humanista de palabras sencillas, un hombre al que le caben los problemas del mundo en la cabeza.

Pepe Mujica puede parecer a muchos un personaje pintoresco. No lo es. Los fastos del poder no son lo suyo. Ahí debe quedar algo de la utopía que lo llevó en los años 60 por el camino de una revolución imposible. Un ave rara. Un modelo. ¿Irrepetible? Tal vez.*Escritor

collazos_oscar@yahoo.es

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