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Los constantes escándalos en las instituciones del Estado; la marcha galopante de la corrupción en todos los poderes; el refinamiento de las alianzas delictivas entre las ramas de esos poderes, la impunidad que garantiza que unos y otros estén amarrados al mismo tronco de intereses, todo eso dibujó un panorama despreciable, peor que el del conflicto bélico que está ahora a punto de acabar razonablemente en la mesa de negociaciones.

Las tres ramas del poder dejaron de ser ejemplares para los ciudadanos de a pie. El Ejecutivo corrompe al legislativo, el legislativo y el judicial se corrompen entre sí. Los colombianos de bien, los que preferimos respetar las instituciones y vivir dentro de los límites marcados por las leyes, sentimos asco ante el espectáculo de magistrados de las altas cortes acusándose mutuamente de delitos de soborno o uso indebido de funciones.

La gente del común ha llegado a creer que estas eminencias, con sueldos superiores a los 20 millones mensuales, algunos de ellos con patrimonios multimillonarios y oscuras amistades políticas, se la pasan manoseando las leyes en beneficio propio y de sus amigos y volviendo sus despachos agencias clandestinas de contratación de providencias y fallos.

Al horror de un conflicto armado que comprometió con sus excesos y atrocidades a la subversión, al Estado y a particulares armados en ejércitos paramilitares, se le añadió la fetidez de la corrupción gradual en las instituciones públicas.No son pocos los colombianos que piensan que, más difícil que una salida pacífica y negociada al conflicto armado, será la limpieza de instituciones corruptas, amarradas a troncos del poder político, a la codicia del dinero y dedicadas a favorecer gavillas personales de autopromoción profesional.

Con el final del conflicto armado entre el Estado y la subversión se puede abrir el camino hacia una paz relativa. Se puede soñar con un postconflicto que una y acople pacíficamente las partes disueltas de la sociedad y evite en lo posible las causas que lo han reproducido durante más de medio siglo. Pero ese propósito no se alcanzará si seguimos teniendo las instituciones de justicia que hoy ofrecen el espectáculo asqueante de la corrupción.

Tan urgente como la firma de unos acuerdos que pongan fin al conflicto armado, será la reforma severa a la justicia y la limpieza dentro de las Cortes. Si hay una instancia que exige ejemplaridad absoluta es esta, la de las altas cortes. No existe una causa de violencia más profunda que la desconfianza en la justicia. No estamos ahora ante un árbol con unas pocas manzanas podridas. La forma como se riega y nutre el árbol hace posible la podredumbre.

 

Escritor

collazos_oscar@yahoo.es

 

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