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Hace 15 años, por generosa invitación de Director y Gerente de El Universal, empecé a escribir todos los sábados mi columna Sal y Picante. A la fecha de hoy, han sido más de 800 artículos sobre los temas más variados. Pero, fundamentalmente, sobre Cartagena. Mejor dicho, sobre la ciudad, su vida política y cultural y su vacilante y precaria ciudadanía.A medida que conocía la ciudad empecé a buscar en su historia, en su esplendor colonial, en el heroísmo de sus resistencias, pero también en las grandes injusticias históricas padecidas por su pueblo, en el desdén señorial de sus élites sociales y en el cultivo de la corrupción que hizo su cosecha y la sigue haciendo en la política y los asuntos públicos, corrompiendo todo proyecto democrático.Si iba a vivir por tiempo indefinido, lo menos que podía hacer era responder a la cortesía de que fui objeto desde un principio escribiendo sobre mis experiencias de escritor y ciudadano. Lo he hecho durante 15 años y es probable que me haya equivocado en muchas percepciones. Lo he hecho sinceramente, sin obedecer consignas ni intereses de nadie, pensando siempre en el bien de la ciudad.Una de mis experiencias más felices fue mi vinculación a la Universidad Tecnológica de Bolívar en calidad de profesor invitado, gracias a la generosidad de su rectora de entonces, Patricia Martínez, empeñada en abrir una Escuela de Verano y fortalecer el estudio de las Humanidades. Vi crecer la universidad. Crecer en todo sentido. Y sigue creciendo, como comunidad académica proyectada a las necesidades de Cartagena y la región.La academia tiene un valor impagable en un intelectual: lo obliga al rigor del estudio, lo confronta con los jóvenes, le abre los brazos a la fraternidad de sus colegas, lo lleva a pensar la sociedad donde se vive. Pero cumple solo la mitad de sus funciones si no interviene en los cambios culturales de la sociedad.Hasta donde me sea posible, seguiré escribiendo esta columna. Tal vez escriba menos sobre Cartagena. Problemas de salud me obligan a ausentarme de ella. Si algo justificaba mi participación en los debates públicos de la ciudad, era mi presencia constante.  Las tecnologías, sin embargo, relativizaron la ausencia. En muchos sentidos, seguiré en Cartagena.Puedo asegurar que he sido absolutamente libre en la elección de mis temas y que se han respetado mis opiniones más controvertidas.Nada me llenaría más de satisfacción que ver una ciudad con ciudadanía, liberada poco a poco de esa nefasta clase política, de los turbios negocios de los corruptos y de la indiferencia incomprensible de sus habitantes.

*Escritor

SAL Y PICANTEÓSCAR COLLAZOS*collazos_oscar@yahoo.es 

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