Pocos recordaron. Bien por el ánimo sin emoción de las conmemoraciones, bien por algo entre los deberes cívicos y la gratitud a los hechos, personajes, libros, que influyeron en nosotros. La misiva al caballero de Kingston que hoy conmueve: la carta de Jamaica de Simón Bolívar.
No parece razonable, en el afán humano de explicar, o de buscar excusas, acusar a la peste del olvido, a la frontera con Venezuela, al desprecio de nosotros mismos, a reivindicar a Francisco de P. Santander. No.
Quizá la vida y su aventura indetenible rompió con el pasado. Que el hoy exija una forma propia de resolver el presente. Hay quienes miden, con tecnologías modernas, la marcha de las sociedades humanas tras la tierra prometida, y se consuelan con los avances de medios pasos. Se piensa que la complejidad de hoy es un cáncer espontáneo y no consecuencia de nuestras acciones. Así el pasado se esgrime como argumento para mantener la servidumbre, no para la libertad.
En una bella, esclarecedora, y tremenda conversación, la escritora, premio Nobel, Herta Müller, con su rostro de vampiresa enamorada, tallado y embellecido por sufrir, dijo que sólo está claro cómo se origina la impotencia. El surgir de jerarquías y del poder quedan en tinieblas.
A lo mejor, los seres agobiados por la imposibilidad la desdeñan para no sucumbir a la impotencia. ¿Quién, hoy, puede entender que el pensamiento y las pocas determinaciones reformistas de Bolívar, inspiren la crueldad enloquecida del vecino de La Guajira y de Cúcuta? Torpe incluso en el discurso. ¿Será discurso este balbuceo de aprendiz de sindicalista aristocrático, como los llamó el perspicaz maestro Darío Meza? La ocurrencia fue que cuando el jerarca de al lado vio al Presidente de los colombianos lo confundió con Santander. Un motivo de elogio. El rostro del apuesto hombre de las leyes. Que lo digan las hermosas Ibáñez. ¿Qué ocurre aquí, caballero, todavía la política internacional encerrada en disputas de profesores de historia de parvulario?
Uno de los rescates del historiador John Lynch fue mostrar como reconocerle la gloria protegió a Bolívar de los episodios lagrimosos del melodrama americano. La clarividencia del Libertador vio la gloria. A ella se acogió después de liberar a seis países que no pudo unir, de ganar una cruenta guerra colonial, y de jamás abandonar el amor, en hamacas y champanes. Ese amor del cual no sintió las manos ansiosas y delicadas que le preguntaron: General, ¿qué son estas duras estrellas en tus nalgas?*Escritorreburgosc@gmail.com
