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Columna

Macondo en segunda vuelta

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Las elecciones presidenciales en segunda vuelta constituyen un nuevo episodio macondiano de la vida nacional, no solo por quedar entre los extremos de derecha e izquierda que tanto se cuestionan, también por las rarezas  que han ocurrido en el marco del debate electoral. No es fácil comprender por qué los dos grandes miedos inculcados: el de retroceder al totalitarismo uribista o de explorar los riesgos de un modelo socialista, terminaron por imponerse como únicos destinos para el país.

Tampoco se entiende por qué  las revelaciones de la justicia norteamericana sobre investigaciones  por narcotráfico contra el expresidente; la declaratoria de la Corte Suprema de Justicia como delitos de lesa humanidad las masacres por las cuales se les investiga, y las nuevas publicaciones que confirmarían la manipulación de testigos en otros procesos, se convierten en insumos para aumentar su caudal electoral  ahora en cuerpo ajeno.

No es comprensible que mientras las redes sociales se inundan con denuncias de un supuesto fraude electoral en la primera vuelta, soportadas con numerosas fotografías que evidencian la alteración de formularios E-14; los organismos investigadores y el Gobierno cierren filas para explicar que eso es “normal”, y no para anunciar investigaciones.

No encaja en la racionalidad, que el fiscal General de la Nación anuncie la existencia de escandalosos delitos electorales cometidos en elecciones a Congreso, pero se reserve olímpicamente la decisión de revelarlos cuando ya esté elegido el nuevo presidente, ¿la justicia subsidiaria de los intereses políticos?

En el listado de incongruencias no pueden faltar las adhesiones que de manera sutil o descaradas han hecho partidos, organizaciones y líderes políticos, con el candidato y la colectividad que hasta hace pocos días eran depositarios de sus desafectos y cuestionamientos que los hacían irreconciliables.

Se incorpora a esa clasificación macondiana de segunda vuelta, la decisión de algunos sectores autodenominados de centro, que a pesar de manifiestas identidades en principios y propósitos con el candidato de la izquierda, invitan a votar en blanco como estrategia, por considerar que la única alternativa posible para la nación era la que ellos representaban. Sería más comprensible tal decisión de no ser porque en esta oportunidad, a diferencia de otras  en las que no se ha ejercido con rigor, el voto en blanco no tendrá  valor jurídico. En política los extremos se tensan hacia la derecha y la izquierda, pero cuando el centro busca su propio extremo, parece que tira para el fondo.

A menos que ocurra algo aún más extraño, que también es posible, mi pronóstico es que el candidato derechista saldrá elegido, el de la izquierda perderá con una votación histórica, y el centro se hará sentir con la mayor e inútil votación en blanco.

 

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