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Columna

El ocaso de una generación

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En los últimos tres meses se nos han ido tres grandes cartageneros de una misma generación. Tres coterráneos que trazaron el rumbo de la ciudad por muchísimos años y cuyo legado, si bien se observa con los matices propios del espejo retrovisor, logró cambios innegables en nuestra sociedad.

Alberto Araújo Merlano, José Henrique Rizo Pombo y Enrique Zurek Mesa, fueron ilustres hombres de un temple que parece que ya no nacen en La Heroica. Los tres fallecieron en la paz de sus hogares, pero con la memoria intacta y con una llama interior aún viva para hacer grandes cosas por la ciudad que los desvelaba. Tanto José Henrique Rizo como Enrique Zurek fueron alcaldes de Cartagena, y Alberto Araújo fue alcalde sin título, ya que su labor en las Empresas Públicas renovó el urbanismo de la ciudad.

Ellos tres, hasta el último día de sus vidas, me ayudaron cuando fui alcalde encargado y me ayudaron a formar como individuo. Creyeron en la juventud, no le hicieron caso a las diferencias políticas y estaban ansiosos por vaciar su conocimiento en las generaciones venideras para que sacaran adelante la ciudad. Sus aportes fortalecieron el Consejo Consultivo Alianza Por Cartagena y nutrieron la agenda de una ciudad muchas veces huérfana que se debate entre el canibalismo de sus hijos.

Alberto Araújo soñaba con una ciudad que forjara individuos capaces de entender sus propios talentos y ponerlos al servicio de la sociedad, José Henrique Rizo anhelaba que volcáramos nuestros esfuerzos para mitigar el cambio climático, y mi tío Enrique trabajaba sin descanso por formar emprendedores, que con su esfuerzo y un poco de ayuda pudiesen convertirse en la nueva generación de empresarios cartageneros sin importar color, raza, credo o estrato social. Pero los tres tenían un sueño compartido: que Cartagena superara la pobreza extrema y que nos uniéramos todos bajo esa bandera.

Hoy más que nunca, al recordar sus consejos, sus risas y abrazar a sus familias, creo que esa debe ser la meta que nos una como cartageneros. Si no tenemos un elemento aglutinante porque se nos ha hecho imposible reconocernos como hijos de una misma tierra, por lo menos unámonos por aquellos que nada tienen y cuya realidad impacta de manera directa el futuro de nosotros mismos. Tenemos en nuestras manos la oportunidad de crear un Fondo para la Superación de la Pobreza Extrema, que posibilite invertir en la hoja de ruta ideada por Adolfo Meisel y Jhorland Ayala. Esa es la ciudad de la esperanza.

Ayer, al conversar con mi abuela, Teresita Román de Zurek, no pude sino pensar en la deuda que tenemos con esa generación de grandes que suspiró por Cartagena.

Ellos, cada uno de ellos, sabía que cumplía un rol específico y especial en la sociedad y que solo trabajando unidos se podían superar las enormes dificultades de una ciudad que mucho ha sufrido. ¿Sabemos nosotros qué rol debemos cumplir para que Cartagena salga adelante?

sergio.londonozurek@gmail.com

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