El sábado pasado, viniendo de una reunión pastoral en Barranquilla, vimos que se inauguraba el Viaducto del Gran Manglar. Había mucho movimiento en la zona por esta obra, signo de la conectividad y la infraestructura eficiente en el Caribe. De un momento a otro se “marchitó nuestra alegría” porque si por un lado estaba el “por fin” de una obra esperada, por el otro, justo a su lado, veíamos el desgobierno de la ciudad por la ocupación irresponsable de los manglares.
Y como aquí todo se vende y todo se compra hoy, en esos manglares, ofrecen servicio de parqueadero las 24 horas. ¿Cuándo sucedió eso? ¿Quién lo permitió? ¿Quién está detrás y cuál es la raíz de esta ocupación? Estas fueron mis preguntas: ¡Falta de autoridad!, dijo mi compañero de viaje.
En Cartagena nos hemos acostumbrado a confundir fácilmente “autoridad” con “poder”, siendo que son cosas muy distintas, aunque, sí, toda autoridad necesita para su ejercicio, un “cierto poder”.
En nuestras comunidades, tenemos personas que están investidas de autoridad sin tener ningún poder. No son de la Junta de Acción Comunal ni del Consejo Comunitario, no pertenecen a ninguna corporación pública ni tienen ningún cargo oficial de gobierno. Son personas que con su manera de ser y de vivir tienen el reconocimiento y la aceptación de los demás. Irradian autoridad y respeto. Son atrayentes, precisamente porque no hacen nada por el poder o la fuerza. Saben dejar su huella en quienes los tratan y conocen.
La palabra autoridad es un término que viene del latín “augere”, que significa “hacer crecer”, “agrandar”, “enriquecer”; por eso las personas con autoridad son aquellas que nos ayudan a crecer y enriquecen nuestra vida. Es una autoridad que nace de su honestidad, de su actitud responsable y coherente, de su fidelidad. Ningún poder ni cargo, por importante que sean, pueden sustituirla cuando falta.
Creo que aquí hemos llegado al meollo de la cuestión: en Cartagena contamos con personas que tienen “poder oficial”, pero escasean quienes tengan autoridad para convertirse en guías y modelos. Es más grave aún, si este poder o cargo oficial es desempeñado por una persona sin ninguna autoridad moral debido a su comportamiento personal. La historia reciente así lo demuestra.
Uno puede entender que un gobernante pretenda deslindar su cargo público de su vida privada. Él puede ser fiel al cargo sin serlo a su esposa. Puede cumplir honestamente su responsabilidad pública y actuar de manera irresponsable en su vida privada. Pero tenga claro, este gobernante, que ese no es el mejor camino para que confiemos en él ni le sigamos sus orientaciones.
El día que tengamos un gobernante ejemplar, que no se deja manosear de nadie, que nos inspire y motive, ese día, en Cartagena, cada cosa estará en su sitio, todos sentiremos respeto y seguiremos sus orientaciones con prontitud y solicitud…simplemente porque está investido de autoridad.“En Cartagena nos hemos acostumbrado a confundir fácilmente “autoridad” con “poder”, siendo que son cosas muy distintas (...)”
