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Columna

Su vida pública: un legado para los jóvenes

“Pertenecía a una especie cada vez más escasa en Colombia: la de los líderes obsesionados con la ejecución, el rigor…”.

Camilo Morales

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En tiempos donde la política suele reducirse al ruido, la improvisación y la confrontación permanente, la muerte de Germán Vargas Lleras obliga a detenernos y reconocer el valor de una generación de dirigentes públicos que entendieron el ejercicio del poder como una responsabilidad técnica, institucional y profundamente exigente.

Más allá de las posiciones políticas que naturalmente genera cualquier figura de su dimensión, quienes tuvimos la oportunidad de conocer de cerca su trabajo sabemos que pertenecía a una especie cada vez más escasa en Colombia: la de los líderes obsesionados con la ejecución, el rigor y los resultados.

Participé en la campaña presidencial de 2018 desde las juventudes y el comité programático de minas y energía. Allí descubrí algo que marcó mi visión sobre el servicio público: detrás del liderazgo político existía una disciplina intelectual y una capacidad de trabajo poco comunes. Las discusiones no giraban alrededor de consignas vacías ni de tendencias pasajeras; giraban alrededor de cifras, soluciones, institucionalidad y visión de largo plazo.

Esa quizás sea una de las mayores enseñanzas que deja Germán Vargas Lleras para los jóvenes colombianos: la política no debe ser un escenario de improvisación, sino de preparación. Gobernar un país requiere carácter, pero también estudio; requiere liderazgo, pero igualmente conocimiento técnico; requiere visión, pero también capacidad de convertir las ideas en realidades.

Su paso por la vida pública dejó obras, infraestructura y transformaciones institucionales que permanecerán durante décadas. Sin embargo, su legado más importante puede ser otro: demostrar que todavía es posible ejercer la política con seriedad, disciplina y sentido de Estado.

En una época dominada por la inmediatez y la popularidad efímera, Vargas Lleras representó una generación que entendía que el liderazgo no consistía únicamente en comunicar, sino en ejecutar; no solo en prometer, sino en construir.

Muchos jóvenes que participamos en aquel proyecto político aprendimos que servir al país exige preparación permanente, capacidad de trabajar en equipo y disposición para asumir decisiones difíciles. Aprendimos que las ideas deben traducirse en políticas públicas concretas y que el debate técnico también puede ser una forma de patriotismo.

Hoy Colombia pierde a uno de los últimos representantes de una generación excepcional de dirigentes públicos. Pero quizás el mejor homenaje no sea únicamente recordar su trayectoria, sino asumir el reto de continuar elevando el nivel de la conversación pública y dignificando nuevamente el servicio al país. Porque las obras permanecen. Las políticas evolucionan. Pero el ejemplo de una vida pública ejercida con rigor puede inspirar generaciones enteras.

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