No ha terminado de posicionarse un gobernante, cuando ya han aparecido los que aspiran a recibir favores en forma de cargos públicos o contratos (los politiqueros), y quienes quieren tumbarlo, los perdedores.
La estrategia es más o menos sencilla, primitiva, infantil. Primero por las buenas, y si no, la guerra que ocupa a todo un país y colmata todos los escenarios: sesiones en el parlamento desperdiciadas en peleas; medios de comunicación sirviendo de amplificador, aparato judicial sobrecargado en tratar de dirimir esas peleas y tomando partido, entre otras. Todos dedicados de una u otra manera a la guerra que arman los huérfanos de burocracia y de poder, involucrando en sus pretensiones egoístas a todo el que puedan: garantizados, las organizaciones de campesinos, de trabajadores, de estudiantes y de educadores públicos.
También aparecen quienes ya están pensando y planeando cómo ganar en las próximas elecciones. La estrategia, igual que la de los politiqueros, es elemental, primitiva, infantil. Se exagera lo malo y se minimiza lo bueno. Se idealiza lo extranjero con el fin de hacer sentir al elector lo peor, se señalan culpables para sembrar odios, y en medio de toda la desazón que crean, se ofrecen con discursos populistas (entiéndase melosos y utópicos) como los salvadores. Hay quienes se comen el cuento, no por ignorancia como usualmente se cree, sino por interés.
Eso es Colombia. Tanta politiquería no deja progresar. Habría que preguntarse si eso es realmente la democracia: yo opino que no. Por eso un grupo de parlamentarios pretendieron presentar un proyecto de Acto Legislativo que amplíe los periodos de los cargos de elección popular (le faltó revivir la reelección); y por eso Petro dice, engañado por las mediciones de intención de voto, y justificándose a priori, que un solo periodo no es suficiente para desarrollar su programa de gobierno. Se cuida, eso sí, de decir que va a requerir una dictadura, aunque de eso se trata, para implantar el régimen que tiene en mente. Como también, agrego yo, se va a necesitar una dictadura de derecha, y de mano fuerte, para educar en democracia, y para enrutar el país hacia el progreso y el empleo productivo.
El Estado no debe mirarse como un botín del que todos desean una porción. Solo es un instrumento que permite organizar la vida de los ciudadanos, para que vivan y prosperen en paz y con libertad. Su participación debería ser mínima, su tamaño reducido y su presupuesto solo el necesario para garantizar ese fin altruista. Quienes aspiran a ocupar un cargo en su estructura, en lugar de ambición y vanidad como se está viendo, deben poseer un genuino interés de servicio a los demás, ser ejemplo de conducta, y ser competentes para la función del cargo que pretenden. Se dice con mucho acierto que “también es corrupto aquel que acepta un cargo para el cual no está preparado”.
*Ing. Electrónico, MBA.
