Por años, quizás décadas, el paisaje en el barrio San Francisco ha sido el mismo. Alcantarillas burbujeantes, calles inundadas, basuras, un parque apadrinado pero abandonado, derrumbes, un semáforo que nadie respeta, ruido y uno que otro sitio que brinda paz al caos ambiental y la desidia administrativa.
San Francisco, por su posición, puede convertirse en un laboratorio de transformación urbana. Esto no depende solo de los gobernantes de turno, también requiere del compromiso comunitario y de todas fuerzas que componen su tejido social.
Que un basurero permanente esté ubicado en una esquina del barrio, al lado de la cancha de fútbol, no tiene explicación más allá de la irresponsabilidad de sus líderes, la falta de educación y cultura ciudadana, y por supuesto, la mala leche de las empresas recolectoras. Pero que montones de basura posen a diario, soberanos e imbatibles, al lado del colegio de bachillerato y en la acera de la estación de policía, algo difícil de entender hasta para ChatGPT, manifiesta limitaciones estructurales en nuestras filosofías de gobernanza y la necesidad de empoderamiento desde el ejemplo.
Pareciera que los rectores de nuestros colegios de bachillerato no conocieran de fondo la importancia de la limpieza en el proceso de formación de las personas, y prefieran rendirse sin luchar frente a la entrada y el festín de cucarachas y ratas en sus instalaciones. Y por el lado del inspector de policía, resulta abominable que ni él ni sus funcionarios presten cuidado a un problema social que los hace respirar hasta materia fecal, sin demostrar preocupación por las consecuencias para ellos o su comunidad. Esa realidad sobrepasa los límites de un Estado macondiano en donde las cosas imposibles, en tanto conspiran para destruirnos como sociedad, son cada vez más plausibles.
Hago un llamado a los padres de familia con hijos en el colegio, al rector, profesores y estudiantes, al inspector de policía, a los líderes políticos gestores de recursos y políticas públicas, a las autoridades locales, a la empresa recolectora de basuras, a la comunidad, para que entre todos desarrollemos estrategias educativas, comunitarias y de gestión pública, en pro de erradicar la basura en los alrededores del colegio y la estación de policía. Alcanzar ese logro será la semilla para transformarlo todo, la oportunidad para crecer con sostenibilidad. Callar, negar nuestra responsabilidad y dejar que el problema nos siga asfixiando es abandonar la posibilidad de convivir en un ambiente urbano saludable y disminuir las oportunidades de progreso cuando los niños disfrutan su colegio. Nunca olvidemos que un sinnúmero de cosas maravillosas suceden al empezar a resolver problemas urbanos simples.

