Pedro Sánchez resiste. Da igual cuándo se lea esta frase. El presidente del Gobierno español ha vuelto a desafiar las predicciones tras la enésima tormenta política: la filtración de mensajes de WhatsApp entre él y su exministro José Luis Ábalos. Lejos de tambalear sus cimientos, este nuevo escándalo —que expone maniobras internas y crudos calificativos hacia sus aliados— ha reafirmado la imagen de ser un líder de “siete vidas”, capaz de salir a flote de cada crisis con frialdad y control, donde la coherencia ética brilla por su ausencia.
Desde 2018, Sánchez gobierna navegando entre escándalos éticos, parlamentarios e incluso personales, haciendo gala de una resistencia política extraordinaria. En este reportaje de fondo, analizamos cómo, pese a casos como el affaire Ábalos, el caso Aldama, el polémico rescate de Air Europa o el transfuguismo fallido en Castilla y León, Sánchez emplea un cálculo frío del poder para sostenerse en la Moncloa, proyectando un liderazgo inmune a las embestidas.
Te puede interesar:
La conquista invisible
Un chat al desnudo: insultos y maniobras en los WhatsApp filtrados
La última tempestad que azota a la Moncloa proviene de conversaciones privadas desveladas entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos, su antiguo “número dos”. Los mensajes publicados por El Mundo, han sacudido el panorama político al mostrar el tono descarnado con el que Sánchez se refería a figuras de su propio Gobierno y partido. En esas charlas, el presidente tilda al entonces vicepresidente Pablo Iglesias de “torpe” y llega a calificarlo como “maltratador”, acusándolo de practicar el “cuñadismo” en sus intervenciones. La ministra de Defensa, Margarita Robles, tampoco escapó a sus dardos. Sánchez la describe como “una pájara”, molesto con su tendencia a desmarcarse de la línea dura del Ejecutivo. Incluso barones socialistas de peso, como Guillermo Fernández Vara, Emiliano García-Page, Javier Lambán o Ximo Puig, aparecen en el chat como blanco de estrategias de la Moncloa para “marcarlos” y acallarlos cuando criticaban pactos sensibles, a fin de mantener la disciplina interna.
El contenido de los WhatsApp expone así a un Sánchez implacable puertas adentro: un líder dispuesto a reprender a sus ministros y barones autonómicos, y a vigilar cualquier desviación del guión gubernamental. La crudeza de sus expresiones —“pájara”, “maltratador”, “jodida”, “tocacojones”, entre otras— revela el nivel de tensión y desconfianza que reinó durante la coalición con Unidas Podemos y en la convivencia interna del PSOE. Moncloa ha tratado de restar importancia a la polémica, insistiendo en que se trata de “mensajes privados” sin relevancia pública, y denunciando una campaña de filtraciones interesadas. Sin embargo, la publicación de estas conversaciones ha dejado al descubierto las fracturas soterradas en el Gobierno de coalición y ha abierto un debate sobre los límites entre la privacidad y el interés público. Más allá del morbo de los insultos, el escándalo Ábalos —como ya se conoce en los medios— es significativo porque conecta con otras maniobras polémicas en las que Sánchez habría estado involucrado y que, hasta ahora, había sorteado sin sucumbir.
Las sombras de Aldama y Air Europa sobre la Moncloa
Entre esas maniobras figura el llamado caso Aldama, una trama de supuesta corrupción vinculada a contratos públicos durante la pandemia, cuyas ramificaciones han salpicado al entorno presidencial. Víctor de Aldama, empresario investigado como conseguidor en la “trama Koldo” de comisiones por material sanitario, declaró ante la Audiencia Nacional que repartió cerca de un millón de euros en sobornos a altos cargos del Gobierno de Sánchez a cambio de favores. Según su testimonio —hasta ahora sin pruebas documentales—, Aldama habría entregado 650.000 euros al propio José Luis Ábalos y pagos menores a colaboradores cercanos, incluyendo 300.000 euros a Koldo García (asesor de Ábalos) y decenas de miles a cargos de confianza de otros ministros. Las acusaciones incluso alcanzaron a Begoña Gómez, esposa de Sánchez, investigada judicialmente por posible tráfico de influencias. Y es que en las filtraciones nuevas hay un chat que sugiere que el presidente pudo haber mediado en el rescate de Air Europa tras una llamada del dueño de la aerolínea a Begoña Gómez.
De acuerdo con esas filtraciones, apenas cinco días después de que Javier Hidalgo, consejero delegado de Globalia y propietario de Air Europa, contactara a la primera dama para pedir ayuda con la aerolínea, Sánchez ordenó a Ábalos “dar una vuelta” a la operación de rescate. En septiembre de 2020, con Air Europa al borde del colapso por la pandemia, Iberia (grupo inglés IAG) negociaba comprarla por 1.000 millones de euros. Sánchez, según los WhatsApp revelados, desconfiaba de aquella venta: “A mí la operación de IAG, salvo que me convenzas de lo contrario, no me convence”, escribía a Ábalos, sugiriendo buscar otra salida. Esa alternativa llegó en forma de rescate público exprés: la SEPI aprobó 340 millones de ayudas estatales a Air Europa a finales de 2020, una decisión envuelta desde entonces en sospechas de favoritismo. Moncloa niega irregularidades y asegura que “nada tiene que ver una supuesta llamada a Begoña Gómez” con esa operación, pero el daño político estaba hecho. La idea de que Sánchez intercedió tras un telefonazo al entorno familiar refuerza el relato de la oposición sobre un uso patrimonialista del poder.
El caso Aldama y el rescate de Air Europa, pese a su gravedad potencial, no han derrotado a Sánchez: él los ha encapsulado como ataques externos o “teorías de la conspiración” mientras continúa adelante con su agenda.
Se está trabajando: la fallida operación en Castilla y León
Otro de los capítulos polémicos en los que Sánchez ha demostrado su arrojo político ocurrió en marzo de 2021, con la audaz maniobra para forzar cambios de gobierno autonómicos mediante “transfuguismo”. A mitad de la legislatura, el PSOE lanzó mociones de censura simultáneas contra dos bastiones del PP: Murcia y Castilla y León. La estrategia pasaba por dinamitar las coaliciones PP-Ciudadanos desde dentro, atrayendo a diputados naranjas descontentos para que apoyaran un relevo socialista. En Castilla y León, concretamente, la dirección socialista nacional se implicó a fondo para conseguir que al menos dos procuradores de Ciudadanos abandonaran al gobierno conservador de Alfonso Fernández Mañueco.
Los WhatsApp filtrados revelan que Sánchez y Ábalos coordinaron personalmente aquella “operación tránsfuga”. El 19 de marzo de 2021, apenas tres días antes de la votación de la moción, Ábalos informó a Sánchez de que una parlamentaria regional, María Montero, ya había roto con Ciudadanos y sugirió cómo mover la siguiente ficha. “¿Te escribe Alfonso o se lo pides tú? Creo que es mejor esperar al martes, cuando se sustancie la moción”, plantea Ábalos por mensaje. Sánchez asiente: “Vale. Como veáis. Pero esta semana”. Luego indaga: “¿Hay opciones?”. Su ministro responde con franqueza: “Nos falta una que iba a pasar al Grupo Mixto igual que la otra, pero se echó para atrás”. Y añade enseguida: “Se está trabajando” para que esa persona dé el paso definitivo. La frialdad casi empresarial de este intercambio —tratando votos como piezas movibles— muestra hasta qué punto Sánchez estaba dispuesto a jugar fuerte para derrocar al PP en territorios claves.
Al final, la operación no cuajó. La derecha lo acusó de “comprar voluntades” y denunció el cinismo de criticar el transfuguismo cuando no le beneficia, pero alentarlo en la sombra cuando sí. Sin embargo, como en otras ocasiones, el líder socialista logró capear la polémica. La moción fallida quedó como una anécdota más en su historial de riesgos asumidos, y su imagen de superviviente político permaneció intacta.
Feijóo olfatea un adelanto electoral
Cada crisis que Sánchez supera deja un poso de frustración en sus adversarios, pero también los incentiva a redoblar esfuerzos. Tras la filtración de los WhatsApp con Ábalos, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo (PP), ha movido ficha anticipando que la “situación convulsa” del país podría desembocar en cambios abruptos. Con el escándalo aún caliente, Feijóo reunió a la cúpula de su partido y propuso convocar un congreso nacional extraordinario para principios de julio, meses antes de lo previsto. El objetivo oficial: “activar” al Partido Popular y afinar su proyecto político de cara a las próximas elecciones. En la práctica, la maniobra busca tener al PP listo, por si Sánchez opta por un adelanto electoral inesperado o si una crisis de gobernabilidad precipita nuevos comicios.
La reacción de Feijóo refleja tanto la expectación como la dificultad que supone enfrentarse a un adversario tan escurridizo como Sánchez. No en vano, en 2022, Feijóo heredó un partido que daba por segura la caída de Sánchez tras la debacle socialista en las elecciones regionales, solo para ver cómo el líder del PSOE contraatacaba pactando con fuerzas minoritarias y reteniendo la Moncloa contra todo pronóstico en 2023. Ahora, el PP busca no subestimar a Sánchez de nuevo: cualquier nuevo escándalo podría ser la oportunidad para desalojarlo, pero también podría volverse a diluir ante la capacidad camaleónica del presidente. En público, Feijóo califica de “lamentable” el espectáculo de los WhatsApp y denuncia que en la Moncloa haya “más preocupación por los móviles que por los problemas reales”. En privado, activa todos los preparativos para unas posibles elecciones anticipadas. La partida de poder continúa, con la oposición intentando anticipar el próximo movimiento del resistente inquilino monclovita.
Frialdad y resiliencia: el perfil psicológico de un superviviente
¿Cómo explicar que Pedro Sánchez haya sobrevivido políticamente a tantos incendios donde otros se habrían quemado? Analistas y hasta psiquiatras han trazado un perfil de su personalidad que ayuda a entender esa resiliencia a prueba de escándalos. El doctor José Cabrera, médico psiquiatra y forense, habló de una “dureza emocional” excepcional en Sánchez, combinada con rasgos de narcisismo y una confianza en sí mismo rayana en lo temerario. Tras estudiar el libro autobiográfico “Manual de resistencia”, Cabrera concluyó que el presidente exhibe un “yo superlativo, narcisista y megalomaníaco” en su narrativa.
En su análisis, destaca que Sánchez “cree en sí mismo más allá de lo esperable, incluso cuando todos le dan la espalda”, recordando cómo persistió en 2016-2017 pese al rechazo de los pesos pesados de su partido. Le define un “narcisismo expansivo”, reflejado incluso en detalles anecdóticos. Sánchez es consciente de su buena planta y de ser “un hombre televisivo”, apunta Cabrera. Pero, sobre todo, subraya su capacidad de resistencia: “Puedes no ser nadie, pero si resistes te llevas el título”, cita Cabrera, enfatizando que el líder socialista, “sin haber triunfado en nada personal ni profesional, lo ha conseguido”.
Esa mezcla de ambición ególatra y resiliencia feroz se ha traducido, en la práctica, en un estilo de liderazgo frío y calculador. Sus colaboradores cercanos lo describen como un político con sangre fría para tomar decisiones difíciles, desde destituir a aliados caídos en desgracia hasta pactar con antiguos enemigos ideológicos, denostados y amenazados con llevar a la cárcel, sin pestañear. De Sánchez se ha dicho que “no le tiembla el pulso” a la hora de utilizar las herramientas del poder para sobrevivir: ya sea una moción de censura histórica en 2018 para ascender al gobierno, la concesión de indultos polémicos a líderes catalanes en 2021 para cimentar apoyos parlamentarios, o la reciente amnistía negociada con partidos independentistas tras las elecciones de 2023. Cada movimiento ha generado críticas éticas, pero Sánchez las ha asumido con frialdad estratégica, convencido de que el fin —mantener un gobierno progresista estable— justifica los medios utilizados.
En este sentido, la metáfora del político de las “siete vidas” le sienta como anillo al dedo. Pedro Sánchez ha renacido de sus cenizas en múltiples ocasiones: fue defenestrado por su propio partido en 2016 y recuperó la secretaría general contra todo pronóstico en 2017; perdió dos elecciones generales en 2019, pero consiguió gobernar aliándose con Unidas Podemos, de cuyo líder dijo: “Con Iglesias no dormiría tranquilo por las noches, no podría meter en el gobierno a alguien que quiere romper a España”; enfrentó una pandemia devastadora y salió airoso en las urnas de 2023, cuando muchos lo daban por derrotado. Cada crisis —sea un escándalo ético, una rebelión interna o una derrota electoral parcial— ha sido para él un desafío que superar en lugar de una sentencia final. Sánchez parece nutrirse de la adversidad y, lejos de amilanarse, la utiliza para reforzarse: corrige el rumbo, depura responsabilidades en su equipo si es preciso y sigue adelante.
Con los mensajes de Ábalos aún en los titulares, el presidente ha vuelto a mostrar ese temple. Mientras la oposición pide dimisiones y algunos aliados expresan malestar, Sánchez guarda silencio sobre el contenido de los chats y se concentra en gobernar el día a día, como si la polémica fuera solo ruido de fondo. Su control casi impasible de las emociones —que detractores interpretan como frialdad o incluso cinismo— le permite capear temporales sin dar sensación de debilidad. Esa es, quizás, su cualidad más temible para sus rivales: la resistencia. Pedro Sánchez podrá caer mal a unos y apasionar a otros, pero ha demostrado tener un instinto de supervivencia política poco común en la democracia española. Y así, con seis vidas ya consumidas y quién sabe si alguna más en la recámara, sigue ocupando el poder contra viento y marea. Aunque todavía hay que esperar si hay chats más comprometedores y susceptibles de servir de imputación legal o no, los escándalos pasan y Sánchez permanece.
Especialista en Medios de Comunicación y Periodismo