Columna

Salud mental en los desastres

“La psiquiatría de desastres busca, fundamentalmente, comprender las transformaciones emocionales y sociales que atraviesan las comunidades tras un evento crítico”.

Christian Ayola

Compartir

En los momentos de desastre, la salud mental de una comunidad se vuelve tan urgente como el agua o el refugio; atenderla desde la colectividad salva vidas y acelera la recuperación social. Lo primero que hay que comprender y aceptar es que, probablemente, la ayuda gubernamental también quede colapsada, al igual que la red hospitalaria. Me decía un profesor de catástrofes y desastres: “No esperen ayuda en las primeras 72 horas; le toca gestionar a uno mismo o a la comunidad”.

Japón es, tal vez, el país con más experiencia y mayor resiliencia a los desastres naturales y antropicos: dos ciudades destruidas por sendas bombas atómicas; grandes terremotos, el mayor el de Kobe; la explosión de la central nuclear de Fukushima; y el tsunami de Tohoku. El surgimiento de ‘Kokoronokea’ como respuesta directa al vacío en la atención emocional de Kobe, llevó a Japón a implementar el programa de ‘cuidado de corazón’. Es un método que traslada el apoyo psicológico a las comunidades y escuelas, para prevenir patologías profundas a largo plazo.

La psiquiatría de desastres busca, fundamentalmente, comprender las transformaciones emocionales y sociales que atraviesan las comunidades tras un evento crítico. Un desastre no solo destruye estructuras físicas; también altera la organización psicosocial, generando un estrés extremo que supera la capacidad de afrontamiento habitual. Por ello, la respuesta mental colectiva se despliega en fases que permiten entender la evolución del impacto y orientar intervenciones más humanas y eficaces.

La primera es la etapa crítica, que dura alrededor de 72 horas. Predominan el shock, la desorganización y la urgencia por sobrevivir. Las personas oscilan entre conductas impulsivas heroicas o acciones mezquinas. Luego surge la etapa poscrítica, que se extiende unos 30 días. Comienza una evaluación más detallada de las pérdidas y se mantiene un clima emocional tenso. El temor persiste y pueden aparecer conductas agresivas, rebeldía o desconfianza hacia las autoridades. Aunque la comunidad intenta reorganizarse, el impacto psicosocial sigue siendo profundo.

Posteriormente se inicia la etapa de reparación o recuperación, cuyo comienzo se sitúa después del primer mes y cuya duración es variable. Se adquiere mayor claridad sobre las secuelas sociales y de salud mental. Persisten problemas sin resolver y se implementan medidas económicas y comunitarias para reconstruir lo perdido. La coordinación interinstitucional y la organización comunitaria se fortalecen.

Superpuesta a esta aparece la etapa de normalización, marcada por el retorno gradual a la vida cotidiana. Aunque el miedo disminuye, persisten la tristeza, la rabia y la culpa del sobreviviente. La recuperación emocional depende del entorno y del apoyo social disponible. Comprender estas fases permite anticipar necesidades y diseñar respuestas que fortalezcan la salud mental colectiva, transformando la vulnerabilidad en resiliencia y el trauma en aprendizaje comunitario.

*Psiquiatra.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News