En estos días de agosto, el sol de Cartagena cae con plomo, de esos que derriten las ideas y obligan a caminar por la sombrita, pegado a las murallas. Iba yo por el Centro, esquivando turistas y raperos, cuando una escena me frenó en seco: una casa colonial, de esas con balcones que parecen suspiros de madera, tenía en su puerta a un par de policías y a una familia con la cara larga, en medio de un desalojo.
El aire pesado del mediodía creó esa tensión amarga de quien pierde su techo, dejando recuerdos como puntos suspensivos en un eterno final. De repente, como un fogonazo, se me vino a la cabeza La estrategia del caracol, aquella película sobre el desalojo de una vivienda de hace treinta años. Sonreí con ironía: qué vigentes seguían sus protagonistas en mi cabeza, don Jacinto y el “Perro” Romero, pero ahora en versión caribeña.
Mi mente, acalorada por el sol, llevó la analogía más allá. Pensé que Colombia entera es ahora esa casona, la Casa Colombia, una construcción que nos ha costado siglos de trabajo, con sus goteras y sus encantos, pero nuestra al fin y al cabo.
En mi versión cinematográfica, el patrón que nos quiere sacar no es un ricachón cualquiera. No, es el nuevo dueño, un tal Trope, quien llegó con ínfulas de redentor. Nos dijo que la casa estaba mal diseñada, que los cimientos estaban torcidos y que había que cambiarlo todo. Lo curioso es que, en esta historia, nosotros, el pueblo, que hemos pintado las paredes, arreglado las tuberías y hasta sembrado el jardín, no parecemos ser los inquilinos, sino parte del mobiliario que él quiere rematar.
Su plan es una remodelación extrema: traer asesores de decoración de países con “gustos arquitectónicos criminales” y contratar un personal de obra con hojas de vida que parecen más bien prontuarios judiciales. Nos quiere sacar de nuestra zona de confort, dice él. Y vaya que lo ha logrado. Cada día nos cambia un mueble de sitio, nos pinta una pared con un color que marea y amenaza con quitar el mural de la Virgen para poner un grafiti abstracto que nadie entiende.
Pero aquí es donde la película vuelve a inspirar. El pueblo colombiano, los verdaderos dueños de esta casa, observa en silencio. No nos vamos a ir. Estamos planeando nuestra propia estrategia, no la del caracol, sino la del camaleón. Aguantamos, nos adaptamos y esperamos el día del gran trasteo: las elecciones presidenciales.
Ese día no habrá explosivos ni se caerá la fachada de la casa. Simplemente, cuando se cuenten los votos y la estructura de su poder se venga abajo, le dejaremos un gran letrero en la pared para que lo lea el mundo entero: “Aquí tienes tu HP país, ahora, a levantarlo con la tenacidad que tenemos los colombianos”.

