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Columna

Nos traga el mar

“A lo largo de los años, los gobiernos de turno han hecho poco o nada para adaptar la ciudad a esta realidad inevitable...”.

Alfredo Pineda Corena

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Enfrenta una amenaza creciente del ascenso del nivel del mar, y seguimos sin una estrategia clara para defender nuestro borde costero. Para nadie es un secreto que Cartagena es una de las ciudades del mundo con mayor riesgo ante el ascenso del nivel del mar, una de las consecuencias más evidentes del cambio climático. Sin embargo, a lo largo de los años, los gobiernos de turno han hecho poco o nada para adaptar la ciudad a esta realidad inevitable.

Cartagena es asediada por el mar desde la Colonia. En 1761, un fuerte vendaval destruyó un tramo de muralla desde el Baluarte de Santo Domingo hasta la Calle de La Factoría. Fue entonces cuando la Corona española encargó al ingeniero militar Antonio de Arévalo la construcción de una defensa costera: la Escollera de Arévalo, de la cual hoy solo queda un vestigio sin función práctica. Lo comprobamos el año pasado, cuando un mar de leva socavó la Avenida Santander en el sector de Santo Domingo, se evidenció que aquella histórica defensa ya no protege nada.

Urgente revisar el diseño del Proyecto de Protección Costera para ese sector, que contempla tres escolleras ubicadas a cien metros de la línea de costa. Despejar las dudas sobre su posible interferencia con la Escollera de Arévalo. Sin esta protección efectiva previa, el anhelado Gran Malecón del Mar sería totalmente inviable.

Los fenómenos ciclónicos que han azotado nuestras costas en las últimas décadas confirman la gravedad del problema Joan en 1988; Matthew y Otto en 2016, este último de baja intensidad; Elsa en 2021; el fuerte mar de leva de 2024 y, el más recientemente, Melissa, con vientos inusuales del suroeste que pusieron en evidencia la fragilidad de nuestras defensas.

El comportamiento del oleaje durante este último evento dejó una lección técnica clara: la protección costera prevista para El Cabrero y Marbella, basada en espolones lineales perpendiculares al oleaje, no son la solución adecuada. Las olas entraron de frente, y de no ser por las viejas estructuras en ‘T’, ya debilitadas, construidas hace más de 50 años, la Avenida Santander habría sufrido daños irreparables. Las evidencias fílmicas hablan por sí solas.

Con todas estas alertas y con la experiencia acumulada de quienes hemos vivido a orillas del mar, considero imperioso que el Proyecto de Protección Costera de Cartagena sea sometido a una revisión de fondo, apoyada en los estudios estadísticos existentes sobre el comportamiento de la línea de costa desde Bocas de Ceniza hasta Bocagrande.

No solo se trata de proteger una franja costera o una vía: se trata de preservar el patrimonio urbano, histórico y ambiental de la ciudad, de lo contrario, no solo perderemos su costa: Cartagena terminará, literalmente, tragada por el mar.

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