No quiero ser aguafiestas, pero cada vez que observo cómo las autoridades educativas crean, regalan, fortalecen y premian procesos y trayectorias educativas, confirmo una verdad incómoda: casi siempre los ganadores son los mismos. Los arrolladores poseedores de una inteligencia cognitiva altamente desarrollada, destacada, no por casualidad en áreas como la matemática, la física y la química.
Premios que, por supuesto, los catapultan hacia la mal llamada educación superior, que en realidad debería llamarse simplemente educación universitaria, porque no toda educación es superior ni toda superioridad es educativa. Esta jerarquización del saber, sostenida y reproducida por décadas, ha dado paso a una forma silenciosa de discriminación: aquella que decide qué tipo de inteligencia merece prestigio, reconocimiento social y movilidad.
El problema se vuelve aún más grave cuando se contrasta con un dato que rara vez se pone en el centro del debate: a nivel mundial, el trabajo técnico y operativo concentra la mayor cantidad de puestos dentro de la economía y sus sectores productivos. Sin embargo, el ideal colectivo de “ser profesional” continúa excluyendo a la mayoría de la población, empujando a técnicos y operarios a sentirse, y a ser tratados como profesionales y ciudadanos de segunda categoría.

El magistrado de los favores
Liz Carolina Bermúdez CarrilloHemos construido un imaginario peligroso: aquel que repite que “solo a través de la universidad te superas”. Y aquí “superarse” no significa crecer, desplegar talentos o encontrar sentido, sino emerger socialmente, lavar el origen, pertenecer a una clase que se valida únicamente con un título universitario. En este relato, el técnico y el operario siguen siendo la Cenicienta de la casa: necesarios, pero invisibles; fundamentales, pero subordinados; indispensables, pero peor remunerados y menos reconocidos.
Pero el asunto va todavía más profundo. La formación universitaria está pensada, casi exclusivamente, para personas con inteligencia cognitiva: lectura extensa, escritura académica, abstracción teórica, evaluación estandarizada. Quienes poseen inteligencias motrices, creativas, musicales, espaciales o prácticas pueden acceder al sistema, sí, pero el sistema no está diseñado para atenderlos. No sabe cómo alojarlos, evaluarlos ni potenciarlos.
¿Cuántas mentes brillantes se quedan por fuera no por falta de talento, sino por un número en una calificación? ¿Cuántos jóvenes creativos, sensibles, intuitivos o hábiles con las manos abandonan la universidad convencidos de que “no sirven para estudiar”, cuando en realidad no encajan en un modelo que solo reconoce una forma de inteligencia?
Tal vez por eso tantos jóvenes desertan de las formaciones universitarias. No porque no puedan aprender, sino porque aprenden distinto. No porque carezcan de disciplina, sino porque el sistema confunde diversidad con déficit. No porque fracasen, sino porque la universidad, tal como está pensada, fracasa en reconocer la complejidad real del ser humano.
La pregunta ya no debería ser por qué los jóvenes abandonan la universidad, sino por qué seguimos llamando educación a un modelo que deja tantas inteligencias afuera.
