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Columna

Después de la guerra de Irán: ¿qué ganó Israel?

Cómo la política de Netanyahu perjudica a Israel

Hans Blumenthal

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Militarmente ha tenido éxito, estratégicamente, no tanto. Irán está debilitado, Hezbolá replegado. Gaza yace en escombros. E Israel se encuentra más solo de lo que ha estado en mucho tiempo.

Si el gobierno israelí actual fortalece o debilita el derecho de Israel a existir en seguridad se ha convertido en una de las preguntas geopoíticas más urgentes de Oriente Medio. El gobierno bloquea cualquier solución al conflicto israelí-palestino — y con ello aumenta los costos que toda la región viene pagando desde hace décadas.

La raíz: una ocupación que viola el derecho internacional

Para entender los conflictos de Israel — Irán, Líbano, Gaza — y su aislamiento, hay que partir de un punto que Netanyahu intenta borrar del debate: la ocupación ilegal de los territorios palestinos.

En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) con sede en La Haya emitió un dictamen contundente: la ocupación israelí de Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Oriental viola el derecho internacional. La CIJ exigió la retirada completa y el fin de una política de asentamientos que desde hace décadas se apropia de tierra palestina.

El gobierno de Netanyahu ignoró el dictamen, lo tachó de motivado políticamente e intensificó la construcción de asentamientos. El ministro de Finanzas Smotrich y el ministro de Seguridad Nacional Ben Gvir — ambos partidarios declarados de anexar todo Cisjordania — hablaron de un ataque a la existencia de Israel. Otros ven en ello una advertencia de que las propias políticas de Israel comprometen su futuro.

Hay una frase donde el dilema de este debate queda al desnudo: “From the River to the Sea.” El eslogan nació en los años sesenta en el movimiento de liberación palestino — como reclamo de un Estado laico y democrático en todo el territorio histórico de Palestina, sin Israel. Hamas lo adoptó en 1988 y lo retomó en 2017, lo que llevó a Israel y Occidente a catalogarlo como llamado antisemita al exterminio.

Lo que suele olvidarse: el programa original del derechista Partido Likud de 1977 establecía que “entre el mar y el Jordán solo puede existir soberanía israelí” — la misma fórmula geográfica de reivindicación, pero al revés. Netanyahu reafirmó en enero de 2024 su rechazo a un Estado palestino y su intención de mantener el control israelí desde el río hasta el mar. Quien califique una versión de llamado al exterminio tendría que aplicar el mismo criterio a la otra. Ignorar esta simetría habla de una moral bastante selectiva.

Décadas de diplomacia internacional, de Oslo a los Acuerdos de Abraham, han repetido lo mismo: sin una solución política a la cuestión palestina difícilmente habrá paz duradera en Oriente Medio. Mientras millones de palestinos vivan sin derechos ciudadanos, sin Estado propio y bajo ocupación militar o en países vecinos, cada tregua no será más que una pausa.

En Oslo se firmaron acuerdos; en Camp David en 2000, el primer ministro israelí Barak presentó una propuesta que Yasser Arafat — entonces jefe de la Autoridad Palestina y líder histórico de la OLP — rechazó. Historiadores israelíes y palestinos discuten hasta hoy si la oferta era realmente viable: el territorio palestino propuesto no era continuo y la soberanía sobre Jerusalén Oriental quedaba sin resolver. En Taba, en 2001, las partes estuvieron más cerca que nunca — pero las negociaciones se interrumpieron tras el cambio de gobierno en Israel.

La idea de un Estado palestino tiene, eso sí, una complicación que no puede ignorarse: Hamas, que controla la Franja de Gaza desde 2007, incluyó en su carta fundacional la destrucción de Israel como objetivo — posición que la versión revisada de 2017 tampoco abandona del todo. Un Estado palestino solo puede ser una perspectiva de paz si las fuerzas políticas que lo representan reconocen la existencia de Israel. Esa condición no se cumple — pero no es argumento contra la solución de dos Estados. La OLP ha reconocido el derecho de Israel a existir; sus proxies iraníes, no.

Ante la fragmentación de Cisjordania por los asentamientos, muchos consideran inviable un Estado palestino soberano. Ganan terreno modelos federales o confederales — como la república binacional que propone el filósofo israelí-estadounidense Omri Boehm, o el modelo de confederación de la iniciativa israelí-palestina “A Land for All”. Estas propuestas siguen siendo polémicas — pero la ventana para cualquier solución se cierra con cada año que pasa.

Considerando la situación actual, una solución basada en dos Estados plenamente soberanos parece difícilmente alcanzable. Un modelo federal o confederal — con zonas de autonomía israelí y palestina dentro de un marco común — sería quizás más realista. Eso sí, la diferente dinámica demográfica de ambas comunidades hace que Israel difícilmente acepte tal modelo. Y sin una solución viable, Oriente Medio seguirá siendo un centro de conflictos del mundo.

La guerra de Irán: éxitos militares, vacío estratégico

En 42 días junto a Estados Unidos, Israel destruyó buena parte de la infraestructura de misiles iraní: plantas de producción, depósitos subterráneos, centros de mando de los Guardianes de la Revolución. Según la Casa Blanca, su capacidad para fabricar misiles de precisión retrocedió varios años; la aviación iraní quedó neutralizada y sus capacidades navales en el Golfo, seriamente reducidas.

Irán era una amenaza real para Israel — algo que no es puesto en duda por los servicios de inteligencia occidentales. Para Israel, no se trató de una guerra de agresión sino de legítima defensa ampliada en el marco del Artículo 51 de la Carta de la ONU: la amenaza no era hipotética — estaba documentada y era persistente.

La llamada doctrina Caroline permite el uso de la fuerza preventiva ante una amenaza inmediata e inevitable. Israel argumenta que un Irán nuclear que anuncia la destrucción de Israel cumple ese criterio.

Sin embargo, hay objeciones serias. El derecho internacional humanitario, que Israel ha firmado, exige proporcionalidad: seis semanas de destrucción masiva de infraestructura militar iraní van mucho más allá de repeler ataques concretos con misiles. Además, el Consejo de Seguridad de la ONU no fue informado previamente — como exige el Artículo 51. Y si la doctrina Caroline aplica a un programa nuclear que aún no ha producido un arma sigue siendo una cuestión jurídicamente abierta.

Los éxitos militares sin objetivo político ni estrategia son pura violencia.

El régimen iraní ha sobrevivido. La lección estratégica que Tehrán sacará de esta guerra es la misma que Israel, Pakistán o Corea del Norte conocen desde hace años: a los Estados con armas nucleares no se les ataca. El incentivo iraní para armarse nuclearmente no fue eliminado por la guerra — al contrario, se reforzó.

Israel no libró esta guerra solo — dependió de la aviación, la logística y el respaldo político de Washington. Los límites de esa dependencia quedaron expuestos en Islamabad, donde Washington negoció con Tehrán sin consultar a Jerusalén. Vance, Kushner y Witkoff se sentaron a la mesa — Israel, no. Mientras Washington negocia, China se posiciona — y gana terreno diplomático que Israel no puede recuperar militarmente.

Más guerra, menos seguridad: un método sin resultados

Desde 1978, Israel ha invadido el Líbano seis veces: en 1978, 1982, 1993, 1996, 2006 y 2024. En el medio, una ocupación de 18 años del sur del Líbano que terminó en 2000 sin tratado de paz. El objetivo de la invasión de 1982 era desmantelar a la OLP — y se logró. Lo que nadie previó: ese mismo año nació Hezbolá, reacción directa a la invasión. Creció durante los años de ocupación hasta convertirse en la milicia más poderosa de Oriente Medio. Tras nuevas guerras en 2006, 2023, 2024 y 2026, está debilitada — pero existe, recluta y volverá a armarse.

Desde 2007, Israel ha mandado asesinar a al menos una docena de científicos nucleares iraníes — con bombas, francotiradores en moto y armas teledirigidas. La reacción de Tehrán fue siempre la misma: más presupuesto, más reemplazos, más secretismo. Tras la guerra de 2025, Irán suspendió por completo su cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Götz Neuneck, del Pugwash Council, fue directo: los asesinatos le dan a quienes quieren armas nucleares el mejor argumento para más clandestinidad.

Quien busque un precedente para esta estrategia lo encontrará en la guerra contra las drogas — aplicada con constancia, ejecutada con método, infructuosa desde hace cincuenta años.

Ami Ayalon, ex director del Shin Bet, el servicio de inteligencia interior de Israel, y condecorado con la más alta distinción militar del país, escribió en agosto de 2025 en Foreign Affairs: Israel libra una guerra que no puede ganar. Mientras no exista un camino creíble hacia un Estado palestino, Hamas no desaparecerá — porque Hamas no es una organización sino una idea, alimentada por la desesperanza. Lo mismo vale, según esta lectura, para Hezbolá.

Aislamiento internacional: autoinfligido, peligroso

Israel está hoy más aislado de lo que ha estado en mucho tiempo. 157 de los 193 Estados miembros de la ONU han reconocido a Palestina como Estado — entre ellos democracias occidentales como Francia, Reino Unido, Canadá, Australia, España, Irlanda y Noruega. La mayoría de la Asamblea General de la ONU ha condenado las operaciones militares israelíes en varias resoluciones. La Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra el primer ministro Netanyahu y el ex ministro de Defensa Gallant por presuntos crímenes de guerra en Gaza — algo sin precedentes en la historia de un aliado occidental cercano. América Latina, salvo Panamá, se ha posicionado con igual claridad que Sudáfrica, que presentó una demanda ante la CIJ por genocidio.

Netanyahu atribuye este aislamiento al antisemitismo — que existe y hay que combatir. Pero usarlo como explicación de cualquier crítica internacional devülva el concepto y ciega a Israel ante sus propios errores. En este contexto, muchos lo ven como resultado de una política que viola normas internacionales y pone a sus aliados ante hechos consumados.

Por un lado, Baréin, los Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Sudán normalizaron su relación con Israel pese a Gaza — señal de que el mundo árabe sabe separar con fineza la cuestión palestina del propio interés estratégico. Por otro, Arabia Saudita — el verdadero premio — ha dejado claro: sin un camino creíble hacia un Estado palestino no habrá normalización. La Knéset rechazó en julio de 2024, con amplia mayoría, cualquier posibilidad de un Estado palestino — una renuncia al único marco regional que podría ofrecerle a Israel seguridad a largo plazo por integración, no por dominación.

Pekín se presenta como alternativa a un orden occidental que otorga impunidad a Israel. Rusia usa cada ataque israelí con víctimas civiles como argumento contra los dobles raseros de Occidente. El escudo de Washington bajo Trump es real, pero temporal y transaccional — así lo interpretan muchos observadores que siguen las negociaciones ya en marcha entre Washington y Tehrán. Si ese escudo cae, Israel quedará en una región donde China marca el tono, sin reservas diplomáticas apreciables. Una política que produce aislamiento no es una ganancia — sino un riesgo.

La democracia que Israel quiere ser

Israel se fundó como Estado de derecho democrático — hogar de un pueblo que, tras siglos de persecución y exterminio, entendía mejor que nadie lo que significan la separación de poderes y el control institucional. Esa idea de Israel es la que vale la pena defender.

El gobierno de Netanyahu ha ido socavando sistemáticamente los cimientos de esa idea. El intento de 2023 de recortar la independencia del poder judicial sacó a la calle a centenares de miles de israelíes: reservistas del ejército, oficiales de inteligencia, empresarios, académicos. Fue la mayor protesta en la historia del país: una parte significativa de la sociedad reconoció que no solo los enemigos externos, sino el propio gobierno amenaza a Israel.

Esa erosión se ha acelerado. La coalición con Ben Gvir y Smotrich — ministros que reclaman abiertamente la anexión y la expulsión — y la política de destrucción en Gaza han llevado a Israel a una zona moral y jurídica de la que difícilmente podrá salir. La politización del ejército, el debilitamiento del Tribunal Supremo, la instrumentalización de la guerra como herramienta de supervivencia política — son síntomas de un proceso de degradación democrática en el que política interior y exterior se alimentan mutuamente de forma peligrosa.

Hay que señalar que Netanyahu está procesado por corrupción, fraude y abuso de confianza — un proceso que su condición de primer ministro mantiene en suspenso. Un primer ministro que sin su cargo se enfrentaría a juicio tiene interés personal en prolongar el estado de guerra, que retrasa unas elecciones y con ellas el fin de su coalición — así lo señalan jueces, líderes de la oposición y columnistas israelíes.

El historiador israelí Yuval Noah Harari lo formuló sin rodeos: el mayor peligro de Israel no viene de fuera — viene de dentro. Esa frase no ha perdido vigencia desde el 7 de octubre de 2023, el peor ataque en la historia del Estado de Israel — al contrario, la ha ganado. Lo que obtuvo fue lo contrario: más guerra, más polarización, más caos.

¿Qué está en juego?

Israel actúa cada vez menos como un pequeño Estado acorralado y más como una potencia regional que busca dominación estratégica — pero la hegemonía real requiere legitimidad política y aceptación regional, y ambas le faltan hoy en día.

Israel tiene necesidades reales de seguridad: Irán era una amenaza documentada, Hezbolá apuntaba a las ciudades del norte. Combatirlas es legítimo. Pero ese límite llega donde los medios traicionan el fin — donde la guerra crea más enemigos de los que elimina, donde la propia democracia es desmantelada por quienes dicen defenderla, y donde la única solución política que podría garantizar una seguridad duradera es bloqueada de forma sistemática.

Hay una pregunta incómoda que, como experimento mental, ilustra el dilema de Israel con su política actual: ¿qué pasaría si Estados Unidos, hoy la mayor potencia militar del mundo y único garante real de la política de Netanyahu, cambiara de postura? Las posturas no son eternas, y ya hay señales de que la opinión pública estadounidense se vuelve más crítica hacia Israel. Netanyahu habría dejado entonces a Israel completamente solo: sin aliados regionales, sin legitimidad internacional, sin solución para la cuestión palestina.

Lo que está en juego no es solo la seguridad de Israel — sino lo que Israel quiere ser. Y un gobierno que pone en riesgo lo uno mientras afirma defender lo otro no puede pretender estar por encima de la crítica.

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