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Columna

La gentrificación no era inevitable

“La gentrificación no surge sola: es el resultado de decisiones políticas, visiones de ciudad y omisiones...”.

Javier Pimienta

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Durante años hemos escuchado una explicación casi automática para describir lo ocurrido en Getsemaní: “Es el progreso”. El barrio se puso de moda, llegaron turistas, aparecieron hoteles y restaurantes, subieron los precios de las casas y, poco a poco, sus habitantes tuvieron que irse. Para muchos, ese proceso parece natural. Incluso inevitable. Pero no lo es.

La geógrafa canadiense Leslie Kern lo plantea con claridad en su libro La gentrificación es inevitable y otras mentiras. La idea de que estos procesos ocurren por fuerzas naturales del mercado es una falacia cómoda. La gentrificación no surge sola: es el resultado de decisiones políticas, visiones de ciudad y omisiones institucionales.

Eso no significa que siempre haya mala fe. Muchas veces, proyectos de “recuperación” urbana, patrimonial o turística se impulsan creyendo que traerán desarrollo y dinamismo económico. El problema es que con frecuencia no se comprende, o no se quiere ver a tiempo, la cadena de efectos de esas intervenciones sobre la habitabilidad y permanencia de la población local.

Como lo ha estudiado el profesor Orlando Deavila y otros investigadores, la patrimonialización del Centro Histórico se articuló desde temprano con proyectos de renovación urbana orientados a activar el potencial económico del sector, especialmente a través del turismo. En ese proceso, el barrio empezó a ser visto menos como un lugar para vivir y más como un espacio para el consumo cultural y turístico.

Durante décadas, políticas públicas y proyectos urbanos consolidaron una visión del Centro Histórico como vitrina económica de la ciudad. Al mismo tiempo, la falta de instrumentos eficaces para proteger la habitabilidad del barrio permitió que otros actores aceleraran el proceso: inversionistas, operadores turísticos, especuladores, artistas y empresarios.

El resultado no fue la gentrificación clásica en la que familias con más recursos reemplazan directamente a otras de menores ingresos. En Getsemaní ocurrió algo distinto: el barrio empezó a transformarse en un escenario turístico donde las viviendas se convirtieron en hoteles, bares o alojamientos.

Las casas siguen allí. Las fachadas también. Pero la gente empezó a desaparecer.

Hoy muchos celebran el “éxito” del barrio como destino turístico. Y es comprensible. El problema es que esa narrativa suele omitir el costo humano de ese proceso.

Porque cuando un barrio pierde a sus vecinos, pierde más que gente. Pierde historias, tejido social y formas de habitar la calle. Pierde aquello que no aparece en planes urbanos ni en folletos turísticos.

Getsemaní no era solo un conjunto de casas coloridas. Era una forma de vida única.

Si la ciudad no reconoce que ese tejido humano fue desplazado, no por accidente, sino por acciones y omisiones que no midieron sus efectos sociales, corremos el riesgo de cometer el error más triste: celebrar la belleza del barrio mientras olvidamos a quienes le dieron alma.

Porque un barrio sin comunidad puede ser un paisaje hermoso. Pero ya no es un barrio.

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