A los economistas nos gusta pensar que algunas discusiones ya están saldadas. No porque exista unanimidad ideológica, sino porque la evidencia empírica ha sido persistente y reiterada. Una de ellas es la superioridad del sistema de precios y del mercado frente a la planificación central excesiva. Y, sin embargo, en el debate público esta discusión sigue tan viva como si nada se hubiera aprendido en las últimas décadas.
Algo no hemos logrado comunicar bien porque, a pesar de la abundancia de ejemplos históricos, una parte importante de la población sigue viendo en la planificación estatal, el control de precios y las restricciones al comercio una solución intuitiva frente a problemas complejos como la inflación, el desabastecimiento o el aumento del costo de vida. Experiencias como la de Zimbabue, donde estas políticas se utilizaron para intentar garantizar el acceso a alimentos y estabilizar precios, muestran que esa intuición suele fallar: el resultado fue un colapso productivo, escasez generalizada y la expansión de mercados informales.
Esa misma lógica vuelve a aparecer hoy en Colombia con la idea de prohibir las exportaciones de carne bovina, buscando reducir los precios internos y garantizar el abastecimiento nacional. El argumento suena razonable a primera vista: si menos carne sale del país, habrá más oferta local y precios más bajos para los consumidores.
El problema es que la economía rara vez responde linealmente a los buenos deseos.
Prohibir exportaciones desincentiva la inversión, afecta la productividad y termina contrayendo la oferta en el mediano plazo. Lo que empieza como una medida para proteger al consumidor, puede terminar, paradójicamente, en menor producción y precios más altos. Además, al disminuir las exportaciones se reducen las divisas, el empleo rural y los encadenamientos productivos.
La experiencia internacional abunda en ejemplos similares. Restricciones a exportaciones en Argentina, controles de precios en Venezuela o intentos de planificación de alimentos en distintas economías han producido el mismo resultado: escasez, mercados paralelos y pérdida de capacidad productiva.
Si queremos carne más barata, alimentos abundantes y un sector rural fuerte, el camino no pasa por cerrar fronteras, sino por aumentar productividad, reducir costos logísticos, mejorar seguridad jurídica y promover competencia.
Tal vez el problema no es técnico, sino comunicativo, porque la planificación ofrece una ilusión de resultados positivos por el control inmediato en el corto plazo. El mercado ofrece resultados graduales y menos visibles, pero la economía no responde a discursos, sino a incentivos. El debate sigue abierto en la política, y mientras no logremos traducir mejor estas ideas al lenguaje ciudadano, seguiremos repitiendo errores que ya conocemos.
