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Columna

Lo que todos sabemos

“Urgen acciones de vida cotidiana personal y social, de un rescate ético de la honradez, que nos hagan emerger de las...”.

Ignacio Antonio Madera Vargas

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Hay fenómenos que todos sabemos en qué consisten y qué consecuencias traen, pero nadie parece saber cuáles son las alternativas de enfrentarlos, superarlos y erradicarlos de las sociedades y de cada ser humano: la corrupción en el manejo de los dineros que no son fruto del propio trabajo, sino de los impuestos obligatorios para todos los ciudadanos. Los evangelistas nos presentan a Jesús como alguien que fustigó la idolatría del dinero con la contundente afirmación: “No pueden servir a Dios y a las riquezas (Lc.16,13), indicando que la corrupción se enquista en la conciencia y en las costumbres de un pueblo, cuando el dinero se convierte en el ídolo que remplaza a Dios.

Y lo más triste es que se ha llegado a una corrupción perversa que afirma que lo importante es conseguir mucho dinero, sea como sea, creciendo así en las nuevas generaciones esa idolatría del capital y la riqueza. Igualmente Jesús de Nazaret afirmó que lo que contamina a los seres humanos proviene del interior, “porque de dentro del corazón de los hombres salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades...” (Marcos 7, 21-22), lo que orienta hacia las raíces de la profunda crisis ética que vive la humanidad contemporánea: el corazón maleado que la codicia y el afán de riqueza, unidos al anhelo obsesivo de poder para dominar, han provocado que tengamos el cinismo de tolerar que aunque se robe, al menos se realicen algunas obras civiles o de caridad por parte de gobernantes, ladrones de cuello blanco o empresarios inmisericordes. Una transformación que pide urgente conversión de la hipocresía religiosa en quienes decimos profesar la fe en el Resucitado, quien enfatizó la necesidad de vivencias de una integridad que orienta hacia la fidelidad en lo pequeño, para ser igualmente fieles en lo mucho (Lucas 16,10). Incorruptos e incorruptibles en las relaciones, en los negocios, en los gremios, en los manejos financieros y en todo lo que tiene que ver con el dinero. ¡Cuán necesitado está este país de un pare! Un freno de emergencia, que de los discursos politiqueros anticorrupción, pase a las acciones que conlleven que como el Zaqueo de los evangelios, devuelvan sin dilaciones lo que han robado y que nunca en la conciencia cristiana se tolere el apropiarse de lo ajeno por el robo y la rapiña (Lucas 19,1-10).

Todo esto todos lo sabemos, pero igualmente podemos preguntarnos ¿y ahora que vamos a hacer? Urgen acciones concretas de vida cotidiana personal y social, de un rescate ético de la honradez, que nos hagan emerger de las marañas de discursos sin soportes, hacia prácticas concretas; a la urgente conversión de individuos, instituciones, partidos políticos y gremios, en garantes de la honradez y la limpieza de corazón. Y, si lo sabemos, actuemos en consecuencia.

*Teólogo salvatoriano, Parroquia Santa Cruz de Manga.

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