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Columna

Nido de ausencias y soledades

“Al marcharse la arisca y bulliciosa tropa; nevera y despensa, silenciosamente vacías, extrañarán a quienes se empinan la leche del desayuno...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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No existe soledad más sola ni ausencia mas dolorosa que casa sin niños: cuando se marchan extrañamos la ternura y honestidad de sus palabras, el dulce estruendo de sus carcajadas, la primavera de sus pies descalzos; cabellera y modales desafiando urbanidad de Carreño. Al marcharse la arisca y bulliciosa tropa; nevera y despensa, silenciosamente vacías, extrañarán a quienes se empinan la leche del desayuno y desaparecen el pan guardado con los mismos seguros de las cajas fuertes, mientras triciclos y bicicletas se oxidarán de tedio esperando a los incansables e intrépidos jinetes; muebles de sala, ahora rigurosamente limpios y ordenados, extrañarán las manchas de mango y salsa de tomate. ¿Quién lo duda?

Cuando se marchan los ‘pelaos’ entenderemos, plenamente, las palabras premonitorias: “Los pujos del parto no fueron los más dolorosos, es el vacío infinito de su partida, porque jamás se deja de ser MADRE ni ABUELA”. Con el paso del tiempo el hogar es otro: se acabaron los estruendos cantando goles de la Selección Colombia, desaparecieron los platos sucios sobre la mesa; su música de locos, maletines descosidos eructando libros y crayolas en los rincones, nos invade la nostalgia: ¡Cuánto nos hubiera gustado que no crecieran tan de prisa!, pero sin desteñirles su espíritu andariego, sueños de cometas y águilas caudales.

El tiempo es insobornable: ausencias y soledades en el nido marchitan el alma y cuesta acostumbrarse: los hijos no nos pertenecen y tienen, por mandato expreso de la vida, derecho a tejer su propio nido, labrar su destino y, algunas veces, romper los invisibles, frágiles y sagrados hilos afectivos. En estos tiempos de virtualidad e ipso facto, la cercanía remplazada por presencia inalámbrica no transmite calor y amor, de esos que fluyen en abrazos y besos de bienvenida, y de santiguar a la salida.

Hay que reconocer que jamás había sido tan fácil conectarse virtualmente, pero sin la tibieza de besos y abrazos olvidando que, la frágil naturaleza humana, aun anhela algo mucho más sencillo: SER TENIDOS EN CUENTA, no figuras decorativas en la historia de hijos y nietos, porque el tiempo deja de ser promesa y se convierte en memoria, y la ausencia de los hijos no es siempre física, a menudo sutil y dolorosa: estar sin estar, cumplir sin sentir, preámbulo de soledades y olvidos, venenos más potentes que la cicuta. Los padres y abuelos no necesitamos homenajes tardíos ni leyendas en epitafios de mármol, reclamamos presencia y abrazos, piel a piel, corazón a corazón, pues nos acechan silencios y soledades que laceran el alma.

Sin pretender que estén a tu lado toda la vida, contaras con tu madre hasta su último segundo terrenal, quien de ahí en adelante remplazará al Ángel de la Guarda, ese que no duerme ni exige vacaciones, horas extras ni aumentos salariales presidenciales, y continuará protegiendo el fruto bendito de su vientre, el resto de la eternidad.

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