Coherencia y compostura. Dos palabras que podemos usar como homenaje hoy, Día de la Lengua o del idioma. Tenemos la lengua materna y las lenguas extranjeras. También idiomas vivos y lenguas muertas que, curiosamente, están reviviendo, como el latín y el griego. Hoy es el día del idioma y del libro. Coinciden simbólicamente la muerte de Miguel de Cervantes, el 22, y la muerte de William Shakespeare, el 23 de abril. Fusión de conmemoración a pesar de que a la muerte de Shakespeare regía un calendario diferente al Juliano (Gregoriano), quisiera hacer una reflexión, ya que culpamos a la ligera el deterioro de la ortografía y sintaxis a los jóvenes (y adultos) por el uso de las redes sociales que no dan tiempo a la lectura más profunda. El idioma no está en crisis por culpa de los jóvenes, ni por las redes, ni por los anglicismos. Está en crisis porque hemos dejado de respetar el peso de la palabra. Antes decir algo implicaba hacerse responsable. Hemos banalizado el lenguaje al punto de vaciarlo: “amor” se usa sin amar, “odio” se lanza sin pensar, “verdad” se proclama sin buscarla. En tiempos de verdades a medias o posverdad, las arengas que tratan de atraer al pueblo sin dejarlo pensar o el trinar incesante, eso no es patognomónico de una corriente política u otra. Y sin darnos cuenta, el idioma deja de ser puente y se convierte en arma. Celebrar el idioma no es recitar a Cervantes ni citar a Shakespeare. Es algo más incómodo: es hablar con honestidad, escribir con intención, y callar cuando no tenemos nada que aportar. Porque el problema no es que el idioma cambie. El problema es que nosotros dejamos de cuidarlo. Un idioma descuidado no solo empobrece las palabras, empobrece el pensamiento. Necesitamos de la filosofía para aprender a vivir y soportar los avatares de la vida y la locura de la inmediatez; el solaz de una buena lectura. En esta campaña electoral, nadie niega la flema de Iván Cepeda, pero tampoco su renuencia a dejar el papel y sustentar en debates lo que haría en un eventual gobierno de él; Abelardo hace imposiciones en el diálogo como verdades revelada. De Paloma, su coherencia y compostura pasa desapercibida por la fuerza de sus ideas, lo que le da mucho más valor. Lástima que Sergio y Claudia, valientes candidatos, tengan posiciones a veces sin la contundencia que se necesita para representar el famoso centro, porque hasta eso necesita la fuerza de las palabras. Eso me recuerda un aparte de mi libro de filosofía de cabecera: “Parece evidente la necesidad de centrarnos en el objeto del discurso filosófico para extraer de él su potencial terapéutico y examinar la especificidad de aquello sobre lo que hablan, escriben y leen los filósofos”. Gavray y Gaëlle en Cómo convertirse en un filósofo griego. Porque en esta campaña y los próximos años necesitamos coherencia y compostura porque quien asuma el gobierno va a encontrar un caos que no tengo palabras suficientes para describir. Nuestro idioma es tan rico en palabras y el desastre que deja Petro es tan inmenso que se necesita un diccionario especial. PS: elecciones, sí. Asamblea constituyente, no.
