Los discípulos de Jesús tuvieron miedo y reclamaron al maestro porque dormía en la popa de la barca mientras la tempestad arreciaba y peligraban sus vidas- Le reprocharon que no le importara que se hundieran en el mar embravecido. Y Jesús se despertó y reprendió al viento y ordenó al mar calmarse Y les dijo “¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?” (Marcos 4, 35-40)
Los dueños de la guerra en este país de la belleza nos quieren atemorizar en el mar de los atentados, las explosiones y la muerte de tantos inocentes en los pequeños poblados o en los sectores populares de las grandes ciudades. Generar terror es la estrategia que puede llevarnos a una confusión tal que hasta a Dios le reclamemos lo que es responsabilidad histórica de unos ciudadanos que no hemos sido capaces de incidir en el comportamiento a partir de convicciones firmes de honestidad, limpieza y transparencia y hemos contemporizado con el enriquecimiento ilícito, la avidez de tener más y más, no importa a qué precio. Y entonces urge escuchar ese llamado a la cordura: ¿Por qué tienen miedo? ¿No tienen fe?
La fe que buscamos tener no es contentarnos y decir que no podemos hacer nada. Debemos seguir propugnando por la vida, por la defensa de los derechos de los campesinos, indígenas y comunidades afro, juventudes de los sectores marginados, todos y todas los que en el mar embravecido de la injusticia visceral siguen lanzando el grito que parece no tener oyentes, ese “sordo clamor” que señalaron los obispos latinoamericanos en Medellín hace más de 50 años, San Pablo VI en Mosquera, Francisco en todos los continentes y León XIV en nuestros días. Una urgencia de la cordura, para no dejarnos intimidar por el temor y mantener la profecía propia del creyente que en tiempos de tribulación se levanta vertical en la incondicional defensa de la vida amenazada.
Por fuertes que sean los vientos de la tempestad que nos asusta no perdamos la confianza en la cordura de todos los que siguen apostándole a la justicia, la paz, la solidaridad, el amor en las veredas, en los barrios y sectores populares, en los gremios, en la intelectualidad crítica y consiente. Si los violentos son muchos, los que llamamos al maestro para que siga dándole órdenes al mar de las tempestades, a través de la palabra y la acción de sus seguidores, no podemos perder la fe en que no seremos vencidos por causa del temor.
Una cordura que no es alienación insulsa necesitamos en esta hora, una negación a todo aquel o aquella que nos quiera polarizar y poner a repetir sus consignas de repudios y sus calumnias y consejas, un acercarnos al que desde la barca nos sigue repitiendo, “Ánimo, no temas, Yo estoy contigo”, y se produjo una gran calma; porque para esta hora necesitamos la calma y el silencio analítico y sereno.
*Teólogo salvatoriano.
