Chambacú ha sido por décadas referente de grandes complejidades con las que Cartagena de Indias afronta los retos de desarrollo urbano, y es espejo de múltiples visiones para interpretar los impactos sociales que generan las intervenciones públicas.
Desde la creación, en 1920, de un asentamiento informal por parte de familias, afrodescendientes en su mayoría, excluidos de la dinámica social de la ciudad amurallada e islas cercanas, y de su erradicación en la década de 1970, se debaten los criterios que orientan las políticas públicas de desarrollo vs. las garantías de derechos sociales, sin que existan fórmulas de entendimiento entre sectores involucrados.
Las complicaciones que conlleva cualquier intervención en ese sector, ubicado cerca del Centro Histórico, fueron una de las razones que motivaron por muchos años la inacción de gobiernos locales, que prefirieron pasar “de agache” en decisiones y prolongaron la tugurización del sector y el deterioro de su entorno natural.

Vendedores de odio: Sheinbaum y Ayuso
ALFREDO RAMÍREZ NÁRDIZAños después de la construcción del Edificio Inteligente y de frustrados proyectos residenciales en la zona, se dieron importantes intervenciones públicas como el rescate del Parque Espíritu del Manglar, cuyo éxito motivó no solamente su conservación, sino también la creación de la reciente Plaza de Variedades, en simultánea con el mayor desarrollo del sector en los últimos tiempos: la creación del parque Nuevo Chambacú, cuya primera fase fue formalmente entregada hace pocos días.
En medio del multitudinario entusiasmo que caracterizó el acto inaugural, en el que se celebró la inédita transformación del área en un complejo deportivo y recreativo para la integración familiar y social de propios y visitantes, también se evidenciaron situaciones que siguen reflejando las dificultades para avanzar en el progreso de la ciudad.
Con una extensa pancarta afuera del nuevo parque, un grupo de jóvenes denunciaba que Chambacú es escenario de “despojo disfrazado de desarrollo”. Uno de los manifestantes argumentó que “personas vulnerables habían sido desalojadas del lugar que habitaban, para construir juegos de plástico”. Poco después se registró un incidente, protagonizado por un vendedor ambulante, quien, armado del madero donde enfilaba sus coloridos algodones de azúcar, se enfrentó a brigadistas de espacio público que intentaban retirarlo del abarrotado lugar.
En el primer caso, las autoridades respetaron el derecho a la protesta social y los activistas expusieron su propia visión de ciudad; en el segundo, fue necesario que intervinieran varios uniformados para contener la ira descontrolada del vendedor, quien encontró en la violencia el medio más efectivo para hacer valer lo que considera sus derechos; lo que refleja también otra visión de ciudad de quienes intentan imponer sus intereses a punta de garrote, balazos o insultos.
Son acciones y visiones que cuentan con respaldos y rechazos, que perduran y asumen nuevas formas. Los esfuerzos de concertación no siempre llegan a consensos, por lo que corresponde asumir que las acciones de desarrollo que necesita la ciudad no siempre lograrán la aceptación de todos, por lo que es necesario seguir avanzando con altas dosis de tolerancia, y sin renunciar a ejercer la autoridad.