Durante mucho tiempo enseñé a estudiantes de medicina que rotaban por psiquiatría y a los médicos residentes, futuros psiquiatras -utilizando estrategias a las que mis profesores también recurrieron durante mi entrenamiento- una metáfora que decía: “Un examen mental podría realizársele a un tablero”. Expresión que, viniendo de psiquiatras, parecía una locura; sin embargo, es totalmente efectiva, práctica y aplicable.
Se trata de que el estudiante, al realizar un examen mental a una persona, adquiera la habilidad de describir sin prejuicios cada función mental: conciencia, atención, orientación, memoria, percepción, afectividad, diferentes cualidades del pensamiento, juicio y raciocinio, y otras más. El mayor enemigo de este procedimiento diagnóstico son los prejuicios que todos tenemos y que conllevan a que el examinador pueda obtener resultados erróneos, dando por cuerdo a quien no lo está y viceversa; además, irremplazable por cuestionarios y tests que se tienen como veraces, aunque también tienen un factor de confiabilidad que los hace inciertos.
A los profesores, aunque circunspectos, nos divertía sanamente ese momento de perplejidad y extrañeza para muchos y de iluminación para otros, cuando, llamando por su apellido a un estudiante, le pedíamos: “Pase al tablero”, y, acto seguido: “Hágale el examen mental al tablero”. El examen mental acertado del tablero consistía en describirlo en su mínimo detalle: ubicación en la pared, material de manufactura, largo y ancho aproximado en centímetros, color, etc. Esa broma, además de ser didáctica, tiene un profundo sustento filosófico y aplicación científica, necesaria en psiquiatría para evaluar el estado mental de una persona.
Edmund Husserl, filósofo austriaco (1869–1938), padre de la fenomenología contemporánea, propone una forma práctica de darle valor a lo que percibimos: dejar de lado ideas previas, mirar lo que aparece tal como se presenta al mundo, describirlo con precisión, suspender juicios -dejar por un momento las creencias sobre si algo “es” o “no es”- y concentrarse en lo que se percibe. Esto ayuda a ver detalles que normalmente ignoramos.
Aplicar este método de estudio a la sociedad o a la política es casi imposible por la cantidad de variables que determinan la realidad de un país. En el nuestro no podemos pasar por alto la participación y la responsabilidad de los partidos tradicionales en la debacle, la corrupción y el juego sucio que conllevó a la desesperanza de la población, y que contribuyó a la llegada de subversivos al poder con riesgo de perpetuarse, hasta convertirnos en un país en el que, gradualmente, se perderán los derechos democráticos a la libre expresión, a la propiedad privada, a la libre empresa o al ejercicio de las profesiones liberales. Por eso nos vino bien la propuesta de alguien como Abelardo De la Espriella, por fuera del juego político macabro.

