En vida mencionaba que su nombre completo era Sonia Bazanta Vides, y que solo lo usaba para poder salir del país y para asuntos legales. Colombia la conoció —y hoy la llora— como Totó la Momposina. Nació en Talaigua, una isla del río de Mompox, Bolívar. Sus canciones traen olor a leña, a sancocho de gallina junto al río, a golpe seco de tambor y a viento empujando gaitas. “Tres golpes, tres golpes no´ma… y al son de la Villanueva, tres golpes no´ma”. Ella esperaba que su voz rebotara al otro lado de la montaña para saber que había saludado a la madre naturaleza.
Atravesó el río Magdalena cientos de veces. Observaba, por ejemplo, que en Altos del Rosario los golpes del tambor eran distintos a los de Talaigua. Sentada en la canoa cantaba: “Adoro mi cumbia, mis ríos, mis montañas. Mi palma, mi luna, mis indios y mi cabaña”, así fue que popularizó con su voz el tema del compositor Flórez La cumbia está herida. Imaginaba el sonido de las gaitas, el millo, las guitarras y el acordeón. El ritmo de la cumbia se lo dictaba el sonido del río; el tiempo que tardaban sus brazos en remar marcaba la entrada de su voz.
Para Totó, ese río era la sangre del país: lo cruzaba de punta a punta. La maestra, música y cantora del folclor colombiano fue mucho más que una mujer con talento. Reducirla a eso es no entender lo que hizo con la memoria musical y ancestral de Colombia.
En su infancia no miraba al suelo. Tropezaba, no con piedras, sino con cadáveres. Esa guerra obligó a su familia a salir de Talaigua, refugiarse unos meses en Barrancabermeja y volver a huir hasta encontrar una posible vida en Villavicencio. A Daniel Bazanta, su padre y zapatero del pueblo, querían matarlo. La familia pasó horas escondida entre sacos de arroz para que no los encontraran. Después de huir de un lugar a otro terminaron en el barrio Restrepo, en Bogotá.
Las cumbias, los mapalés y los porros interpretados por Totó la Momposina huelen a fruta fresca, a río, a golpe de tambor y a velas encendidas en noches cartageneras. Escuchar su voz hace recordar las montañas, los almuerzos junto al río, las mujeres bailando en Bolívar y al viento atravesando las gaitas. Pero en Bogotá las monjas del colegio le pidieron negar que venía de Talaigua. También ocultar que su padre era zapatero. Debía decir que era comerciante.
Ligia Vides de Bazanta, madre de Totó, se cansó de Bogotá. Alistó las maletas y dijo: “Me voy para Talaigua a traer los tambores, los millos y las gaitas de verdá”. Le preocupaba que sus hijas olvidaran la música, las costumbres ancestrales. Trajo los músicos de pueblos cercanos al Magdalena, conformando un grupo musical al que le pusieron Acuarelas costeñas.
Sus familiares y su amiga Gloria Triana, antropóloga que terminó estudiando esa carrera gracias a sus viajes por el río Magdalena, decían que Totó vivía con afán. Ese afán la llevó al otro lado del mundo. Llegó a Francia y sobrevivió durante meses con apenas diez dólares en el bolsillo. Fue ese mismo afán por aprender de otras culturas el que la llevó a presentar una audición y entrar a la Sorbona para estudiar organización de espectáculos, coreografía e historia de la música.
Su afán fue constante por sacar músicos de Talaigua, de Altos del Rosario y de otros pueblos para traerlos a la capital. Quería que Colombia supiera de su existencia.
La misión en la vida de Totó la Momposina no fue solamente que el público cantara sus canciones. Fue mucho más que eso: llevar al mundo las tradiciones ancestrales y musicales de su país. Cuando comenzó su carrera, a los dieciséis años, el mapalé, los porros y las cumbias eran vistos como músicas de sectores populares y de bajo estrato social. La maestra eligió un reto doble: lograr que otros países se enamoraran de Colombia y que su propia tierra valorara los ritmos africanos, la percusión y los sonidos indígenas.
La Momposina cantó, viajó para descubrir ritmos ancestrales, enseñó a bailar la cumbia en pueblos donde las tradiciones estaban olvidadas. Totó la Momposina era la memoria del sonido del río. Recordaba que las gaitas imitaban el ruido de las aves; que en las faldas largas también habitaba la tradición; que el replique de los tambores era el segundo idioma de un país.

