Columna

El fantasma del fascismo y otras palabras que matan el debate

La literatura académica más influyente sobre el fascismo no ofrece una definición única, pero sí un núcleo conceptual sólido.

Hans Blumenthal

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Fascista. Castrochavista. Comunista.Tres palabras que regresan una y otra vez en las campañas electorales. Se lanzan con rapidez, generan emociones inmediatas y casi nunca se explican. Sustituyen el argumento por la asociación y el análisis por la reacción emocional.Son armas eficaces para movilizar simpatizantes o desacreditar adversarios.Pero precisamente por eso conviene preguntarse si todavía describen algo o si se han vuelto simplemente palabras que matan el debate.

En 1848, Karl Marx y Friedrich Engels abrieron el Manifiesto Comunista con una frase destinada a hacer historia: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo.” Casi dos siglos después, América Latina también parece perseguida por un fantasma. Se llama fascismo. Aparece en discursos, vallas publicitarias, redes sociales y columnas de opinión. Se invoca para advertir, acusar o asustar. Pero como ocurre con todos los fantasmas, su fuerza depende menos de lo que realmente es que de lo que la gente teme que pueda llegar a ser.

La literatura académica más influyente sobre el fascismo no ofrece una definición única, pero sí un núcleo conceptual sólido. Roger Griffin, historiador de la Oxford Brookes University y autor de The Nature of Fascism (1991), sostiene que el fascismo gira alrededor de un mito de renacimiento nacional: la idea de que una nación en decadencia debe regenerarse a través de un movimiento radical. Sin ese mito, no hay fascismo en sentido estricto. Robert Paxton, historiador emérito de la Universidad de Columbia y autor de The Anatomy of Fascism (2004), pone el foco en la práctica: movilización de masas, vaciamiento institucional y legitimación de la violencia política. En 2021, tras el asalto al Capitolio, declaró que estaba dispuesto a considerar a Donald Trump un fascista — afirmación notable precisamente porque provenía de uno de los especialistas más cautelosos del campo. Michael Mann, sociólogo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y autor de Fascists (2004), destaca la construcción de un enemigo interior cuya exclusión o destrucción se presenta como condición del renacimiento nacional — judíos, comunistas, inmigrantes, homosexuales, según el contexto histórico. Umberto Eco, semiólogo italiano, identificó en Ur-Fascismo (1995) rasgos recurrentes como el culto al líder, el miedo al diferente, la obsesión con los complots, el rechazo del pensamiento crítico y la exaltación de la acción. Jason Stanley, filósofo de Yale y autor de How Fascism Works (2018), sostiene que el fascismo suele comenzar en el lenguaje, cuando determinados grupos son convertidos en amenazas para la nación. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (1951), situó el fascismo dentro de una lógica totalitaria más amplia que también alcanzó al estalinismo — una perspectiva indispensable para entender las derivas autoritarias del siglo XX.

Todos estos autores coinciden en algo esencial: el fascismo implica una combinación específica de ultranacionalismo con mito purificador, la construcción de un enemigo interior que amenaza a la comunidad nacional, erosión institucional deliberada y movilización de masas. Por eso la palabra fascista merece precisión. Es una de las acusaciones más graves que pueden formularse en una democracia, y su peso emocional la convierte fácilmente en arma política antes que en análisis.

La misma necesidad de precisión aplica también a otra palabra omnipresente en la política colombiana: castrochavismo. Existe entre ambas, sin embargo, una diferencia importante. El fascismo designó primero un movimiento político real. Nació en la Italia de Mussolini, alcanzó su expresión más criminal y asesina en la Alemania de Adolf Hitler, conquistó el poder en ambos países y dejó una huella profunda en la historia del siglo XX. Solo después se convirtió en objeto de estudio académico. El castrochavismo recorrió el camino inverso: no surgió para describir un movimiento que se reconociera bajo ese nombre, sino como categoría de combate político. Algunos atribuyen su formulación al sociólogo chileno Fernando Mires; otros sostienen que quien lo convirtió en herramienta central del discurso político colombiano fue José Obdulio Gaviria, principal asesor ideológico de Álvaro Uribe Vélez durante sus años en la Casa de Nariño. En cualquier caso, el término apuntó inicialmente no contra el entonces candidato Gustavo Petro sino contra el propio presidente Santos (2010–2018), a quien Uribe calificó en 2014 de títere del castrochavismo. En 2018 se convirtió en el arma más eficaz contra Petro. El columnista Alberto López de Mesa lo describió con precisión el 28 de mayo de 2021 en El Espectador: “No existe ningún grupo o partido que se denomine castrochavista, porque en realidad es un exabrupto tendencioso que no corresponde a un concepto ideológico. Su efectividad intimidatoria quedó demostrada en las pasadas jornadas electorales colombianas.”

El problema es que el término agrupa fenómenos distintos. El castrismo evolucionó hacia un régimen de partido único con raíces en el marxismo-leninismo. El chavismo venezolano derivó en un sistema personalista marcado por la concentración de poder, el deterioro institucional, la corrupción y la dependencia petrolera — ambos con buenas intenciones iniciales, ambos con resultados autoritarios evidentes, pero no idénticos entre sí ni equiparables al comunismo marxista en sentido estricto. La etiqueta castrochavismo tiende a borrar esas diferencias antes que a explicarlas, y las redes sociales han acelerado ese proceso: una acusación cargada de emoción viaja mucho más rápido que un análisis cuidadoso.

El caso colombiano ofrece ejemplos ilustrativos. Iván Cepeda proviene de una tradición familiar comunista: su padre Manuel Cepeda Vargas fue miembro del Comité Central del Partido Comunista Colombiano y director del semanario del partido, Voz. El propio Cepeda participó en organizaciones comunistas juveniles y estudió más tarde filosofía en la Bulgaria socialista. Sus experiencias en el bloque soviético lo llevaron a romper con la doctrina comunista ortodoxa. Tras su regreso a Colombia trabajó como filósofo académico. Después del asesinato de su padre — entonces senador y dirigente de la Unión Patriótica — en 1994, se exilió en Francia, donde completó una maestría en derecho internacional humanitario. A su regreso definitivo se dedicó a la defensa de víctimas de crímenes paramilitares y estatales, hasta su elección como representante a la Cámara en 2010. El publicista y columnista León Valencia, en su biografía Una vida contra el olvido, lo describe como un demócrata convencido, filosóficamente formado, reflexivo y de pensamiento estratégico. Definirlo hoy como comunista o castrochavista es, sencillamente, contrafactual.

Algo distinto ocurre con Abelardo de la Espriella. Es un hombre extraordinariamente orientado hacia la gente, exitoso desde joven como empresario y abogado. Canta, baila bien, y sabe trabajar una tarima como pocos. Se le puede llamar vanidoso o narcisista — como su modelo Trump —, demasiado ambicioso y machista. Pero según los criterios de Griffin, Paxton, Mann, Eco y Stanley, De la Espriella sencillamente no es un fascista: no existe en su discurso un mito elaborado de renacimiento nacional, no cuenta con milicias propias, no rechaza la competencia electoral ni propone sustituir el orden democrático. Llamarlo fascista es más una descalificación política que una descripción precisa. Eso no lo exime de escrutinio: su trayectoria incluye la defensa de figuras vinculadas con la parapolítica, la representación jurídica de Álex Saab — el presunto financista y testaferro del régimen chavista bajo Nicolás Maduro, quien lo llamó públicamente un gran amigo — y su cercanía al uribismo. Todos esos hechos merecen análisis. Pero ninguno constituye, por sí mismo, una prueba de fascismo.

La ironía es evidente. El mismo sector político que popularizó la palabra castrochavismo terminó respaldando, tras la derrota de su candidata Paloma Valencia en primera vuelta, a una figura que durante años representó jurídicamente a uno de los personajes más asociados al régimen chavista. La política real suele ser menos coherente que las etiquetas con las que se intenta describirla.

Los peligros del fascismo son reales, y también lo son los de distintos autoritarismos. Precisamente por eso conviene usar las palabras con cuidado. Una sociedad que llama fascista a todo adversario conservador y comunista a toda figura de izquierda termina perdiendo la capacidad de distinguir entre una diferencia política legítima y una amenaza verdadera. Las democracias no solo se deterioran cuando aparecen los extremistas. También se deterioran cuando las palabras dejan de describir la realidad y se convierten únicamente en armas de combate. Y cuando eso ocurre, los fantasmas pueden pasar desapercibidos justo el día en que dejan de ser fantasmas.

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