Hace una semana, en la estación Terpel del barrio Pie del Cerro, varios vehículos eléctricos esperaban turno para recargar sus baterías. Entre ellos estaba una familia proveniente de Bogotá que, después de recorrer cientos de kilómetros para disfrutar unos días de descanso en la ciudad, llevaba más de una hora en fila para acceder al único cargador rápido de uso público general disponible en Cartagena.
La movilidad eléctrica avanza con fuerza en Colombia. Cada vez son más los ciudadanos que apuestan por tecnologías limpias; sin embargo, la infraestructura de recarga no ha evolucionado al mismo ritmo. Cartagena sigue dependiendo, en la práctica, de un único punto rápido en el Pie del Cerro. Las demás opciones son insuficientes: conectores lentos o estaciones que intentaron ampliar la oferta en la zona norte y luego desaparecieron del mapa.
El problema no se limita a la comodidad de quienes poseen estos vehículos. Se trata de competitividad turística, planeación urbana y coherencia ambiental. Es positivo que el Distrito muestre ante el mundo sus avances en movilidad sostenible, como la sustitución de los coches de caballos y la incorporación de buses eléctricos a Transcaribe. Pero no hay que perder de vista a los locales y turistas que invirtieron sus propios recursos en vehículos limpios.
A ello se suma el calvario de la propiedad horizontal. Muchos edificios residenciales no fueron diseñados para esta nueva realidad. Un propietario que quiera instalar un cargador en su parqueadero puede terminar atrapado en trámites y discusiones de asamblea. Así, una decisión racional y sostenible termina convertida en un conflicto vecinal y, en algunos casos, judicial.
Por supuesto, no se trata de instalar cargadores sin criterio técnico. La red de distribución eléctrica de Cartagena tiene limitaciones conocidas, y algunos circuitos ya sufren por las altas temperaturas, el crecimiento urbano y la mayor demanda de energía. Pero precisamente por eso la respuesta no puede ser la inercia.
Cartagena necesita una estrategia integral de movilidad eléctrica que involucre al Distrito, al sector privado, a Afinia, a los constructores, a los operadores de estaciones de servicio y a las administraciones de propiedad horizontal. La ciudad debe ampliar con urgencia su red pública de recarga, incentivar nuevos puntos en zonas estratégicas y facilitar soluciones residenciales seguras para quienes ya hicieron la transición. Incluso no quedarse atrás con los nuevos modelos de comercialización, pues marcas como Tesla venden sus vehículos directamente por internet, y hoy muchos de esos automóviles circulan en Cartagena, pero fueron matriculados en Medellín o Bogotá.
Ojo... una ciudad turística del siglo XXI no puede invitar a sus ciudadanos a subirse a la transición energética y, al mismo tiempo, negarles el enchufe. La movilidad eléctrica ya llegó a Cartagena. Falta que se ponga al día.

