No será tan fácil el logro de la unidad que ahora tantos reclamamos después de una contienda electoral caracterizada por un abuso del lenguaje, que llevó a extremos que se venían gestando desde mucho antes por algunas decisiones del Estado. La palabra desbordada es peligrosa cuando no existen criterios de lo que la iglesia hoy está recordando con tanta claridad en Magnifica Humanitas: la dignidad de los seres humanos exige la búsqueda y la defensa del bien común por encima de los intereses de Estados, grupos económicos, leyes y magnates de estos tiempos.
Dos dimensiones considero capitales para este momento decisivo: la conciencia de la condición de seres creados a imagen de Dios; porque si ello es así, si lo confesamos en la fe tenemos que realizarlo en el acontecer de lo cotidiano. La unidad no consiste en la uniformidad, sino en la unidad en la diversidad. El Padre no es el Hijo ni el Padre o el Hijo son el Espíritu Santo, pero los tres constituyen la divina comunión del uno como triunidad en intercomunicación Y si somos imagen de Dios estamos llamados a vivir todo lo contrario de lo que viene sucediendo,
Otra dimensión urgente es la práctica de lo que nos fue revelada en Jesús de Nazaret para quien el Reino como reinado de Dios fue el objeto de su predicción. El Reino, entre otros valores, es justicia, es solidaridad, es verdad, es gracia, vida, es amor. Y si somos seguidores de Jesús estamos urgidos a una seria corrección de nuestras prácticas de cara a esos valores del Reino.
Pero no será tan fácil decidirse a torcer el rumbo cuando tanto se justifican la injusticia, la mentira, la violencia, el individualismo y el olvido o indiferencia ante Dios. Seriedad y claridad en estas dos dimensiones de la confesión de fe: la unidad en la diversidad por la comunión de espíritus y vidas, y los valores del Reino como prácticas concretas que hacen creíble la fe confesada. Es importante gestar una generación que supere los vicios que hemos dejado solidificar los mayores, tolerando y siendo parte del abuso de la palabra.
Podemos reaccionar y seguir andando en la esperanza, si desde el hogar se crece en la vivencia de la unidad desde la diversidad y en la implantación desde ya del Reino predicado por el Maestro. No será tan fácil, pero es urgente iniciar caminos de reconciliación, de perdón y de uso delicado de la palabra, que no siga ahondando heridas que necesariamente nos urge sanar.
Esta reflexión no quiere ser pesimista, más bien es invitación a cantar con la madre que, al contemplar a su hija que va creciendo, le dice con cariño y ternura “el país que soñé que tu habitarás, aún nos cuesta dolor, sudor y lágrimas, pero existe mi bien, con tantas ganas, en tus ojos lo vi por la mañana”. Lo he oído en una canción hace varios años y me viene a la memoria en este momento particular del país.

