“La independencia política carece de sentido si no va acompañada de un rápido desarrollo económico y social”. Patrice Lumumba, ex primer ministro de la República Democrática del Congo.
Cada cuatro años la gesta mundialista del fútbol nos invade con una atmósfera entre festiva y nostálgica, que sirve de pretexto para que la gente se reúna, brinde y haga bulla tanto en estadios, casas y establecimientos comerciales, como si no existiese un mañana. No obstante, se ha viralizado la actitud del hincha congoleño, bautizado popularmente como ‘Lumumba Vea’, el cual no grita los goles ni los celebra; la hazaña de este caballero consiste en convertirse en piedra durante una hora. Este performance, sin embargo, trasciende el mero folclorismo deportivo o la cábala supersticiosa. Es un grito silencioso de soberanía, dignidad anticolonial y memoria histórica en un escaparate global.
Esa estremecedora inmovilidad de Mboladinga, que prefiere contener el júbilo físico para blindar un símbolo sagrado, guarda un paralelismo trágico e irónico con el comportamiento de la sociedad civil colombiana frente a las urnas presidenciales de 2026. Colombia acaba de definir su rumbo político en una segunda vuelta que consagró como presidente electo a Abelardo De La Espriella; no obstante, a diferencia de la calculada quietud del hincha africano -que utiliza el estatismo como una trinchera activa de denuncia y cohesión social-, el votante promedio colombiano parece haber caído en un estado de parálisis institucional y estupefacción alienante. En las gradas de la política nacional, el ciudadano común asiste al juego de poder con los brazos caídos, no en un acto de resistencia patriótica, sino bajo el miedo inoculado por la polarización y una fatiga democrática insostenible. Mientras el Congo juega en la cancha mundial impulsado por la memoria viva de sus mártires fundacionales, Colombia acude a sus elecciones atrapada en un letargo donde solo hay un ruido ensordecedor de ataques y amenazas, hacia el contrario. La rigidez de Michel Kuka tiene una justificación ética inquebrantable. Remite al trágico destino de Patrice Lumumba, el primer jefe de Gobierno democrático del Congo tras sacudirse el yugo belga en 1960, quien fuera arrestado, torturado y fusilado apenas meses después de asumir el cargo bajo la complicidad de agencias de espionaje occidentales. Su cuerpo fue disuelto en ácido y desintegrado para borrarlo de la historia, salvándose únicamente un diente de oro que un policía belga conservó como trofeo y que fue restituido a la familia apenas en 2022.
El ‘Hombre Estatua’ resiste de pie, petrificado en su dignidad histórica; Colombia contempla su propio porvenir sentada en la comodidad de la indiferencia; perdiendo la capacidad de asombro ante la corrupción y la cada vez más esquiva paz.
