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Columna

La diferencia entre inaugurar obras y transformar ciudades

“El nuevo Gobierno tiene la posibilidad de impulsar una agenda regional que trascienda un período presidencial...”.

Ambrosio Fernández

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Cada Gobierno llega con el compromiso de dejar un legado. Unos serán recordados por las carreteras y obras que construyeron, otros por los parques que inauguraron o los escenarios deportivos que entregaron. Sin embargo, la historia demuestra que ninguna ciudad ha cambiado su destino únicamente construyendo infraestructura. Las ciudades que hoy admiramos entendieron que el verdadero desarrollo comienza cuando se construye una economía capaz de generar oportunidades.

El nuevo Gobierno nacional tiene frente a sí una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. El fenómeno del nearshoring está llevando a miles de empresas a trasladar sus operaciones para acercarse al mercado de Estados Unidos. México entendió esa tendencia antes que nadie. Hoy cuenta con cerca de 77 millones de metros cuadrados de infraestructura industrial y logística, más de 470 parques industriales y una estrategia de Estado que ha convertido la logística en uno de los motores de su crecimiento.

Cartagena también tiene con qué competir. Cuenta con uno de los puertos más eficientes y mejor conectados de América Latina, una ubicación privilegiada sobre las rutas del Caribe, un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, zonas francas, experiencia exportadora y un tejido empresarial que conoce de operaciones logísticas. Sin embargo, la ciudad todavía está muy lejos de la infraestructura que demandan las grandes inversiones. La diferencia con México no es de geografía; es de visión.

Por eso el debate sobre el desarrollo no puede limitarse a contar kilómetros de vías pavimentadas o el número de obras inauguradas. Las preguntas realmente importantes que debemos hacer es cuántas empresas llegan, cuántos empleos formales se crean, cuántos parques industriales se desarrollan y cuánto aumentan los ingresos de las familias. Una glorieta organiza el tráfico; una empresa instalada dinamiza proveedores, aumenta las exportaciones, fortalece el recaudo y crea los recursos que luego permiten construir más colegios, hospitales y espacio público.

El nuevo Gobierno tiene la posibilidad de impulsar una agenda regional que trascienda un período presidencial: convertir a Cartagena y el caribe colombiano en el principal hub logístico del Gran Caribe, atraer industrias de valor agregado, fortalecer la infraestructura multimodal, ampliar la oferta de suelo industrial y generar confianza para la inversión. Esa visión tendría un impacto mucho más profundo sobre la movilidad social que cualquier obra aislada.

Cartagena necesita seguir haciendo obras, pero también necesita un proyecto económico capaz de transformar la realidad de la gente. El verdadero indicador de éxito no debería ser cuántas cintas se cortan, sino cuántos empleos formales se crean y cuántos jóvenes encuentran oportunidades sin abandonar su tierra.

Las obras públicas seguirán siendo indispensables. Pero el verdadero legado de un gobierno no debería medirse únicamente por el concreto que deja construido, sino por las oportunidades que logra crear.

La diferencia entre inaugurar obras y transformar una ciudad es, precisamente, esa: unas mejoran el presente; la otra cambia el futuro.

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