Quienes hemos navegado sabemos que hay señales inequívocas de que una embarcación está en peligro. Cuando un barco está escorado, encallado o haciendo agua, la prioridad deja de ser avanzar y pasa a ser, salvarlo. Esa es, a mi juicio, la imagen que mejor describe el estado en que el gobierno saliente de Gustavo Petro entrega a Colombia.
El país no solo queda debilitado; queda comprometido en su estabilidad institucional, económica y social. Como una nave averiada, Colombia enfrenta el riesgo de continuar su deterioro si no se actúa con rapidez, criterio técnico y profundo sentido de Estado.
La primera tarea del próximo gobierno será conformar un verdadero equipo de salvamento. No se trata de improvisar ni de insistir en fórmulas que no han producido los resultados esperados. Se requiere un grupo de personas con experiencia, conocimiento, independencia y capacidad de ejecución.

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ANIANO MORALES BLANCOEn toda operación de rescate marítimo, la prioridad es controlar las averías. Traducido al lenguaje del Estado, ello significa recuperar la solidez de las instituciones, fortalecer los organismos estratégicos, restablecer la confianza de los ciudadanos y devolver eficiencia a la administración pública.
El siguiente paso consiste en taponar las vías de agua para evitar que el barco continúe inundándose. En Colombia, esas vías de agua representan el despilfarro de los recursos públicos, la corrupción, la inseguridad, la incertidumbre jurídica, el deterioro de las finanzas del Estado y la pérdida de confianza de quienes generan inversión, empleo y crecimiento.
Simultáneamente será necesario achicar las sentinas, retirando el agua acumulada que amenaza con hundir la embarcación. En términos de gobierno, significa limpiar la administración pública de la improvisación, la ineficiencia, el clientelismo y las prácticas que impiden que el Estado responda eficazmente a las necesidades de los ciudadanos.
Ningún barco logra reflotarse mientras continúe cargando un peso innecesario. Por ello será indispensable aligerar la carga, reduciendo una burocracia sobredimensionada que consume recursos públicos sin traducirse en mejores servicios para la población.
Solo cuando la embarcación vuelva a flotar será posible poner nuevamente rumbo a puerto seguro. Pero ningún barco llega a destino con un timonel sin experiencia ni con una tripulación descoordinada. Colombia necesitará un liderazgo firme, competente y comprometido exclusivamente con el interés nacional; un equipo capaz de recuperar la confianza, reconstruir las instituciones y conducir al país hacia un horizonte de estabilidad, crecimiento, seguridad y reconciliación.
Los viejos pescadores del norte de España, hombres que aprendieron del mar mucho antes que de los libros, repiten una máxima que resume siglos de experiencia: “Has de mirar con quién andas a la mar.”
La enseñanza es sencilla, pero profunda. Antes de zarpar, tan importante como la fortaleza del barco es conocer la capacidad, el carácter y la responsabilidad de quienes lo gobiernan, porque en medio de una tormenta no bastan las buenas intenciones; hacen falta conocimiento, liderazgo y decisiones acertadas.
Colombia se acerca a una nueva travesía. Ojalá los elegidos recuerden la sabiduría de aquellos marinos del Cantábrico cuando llegue el momento de escoger quién llevará el timón, porque al final el destino de un barco depende menos de la fuerza del viento que de la capacidad de quienes lo conducen.