Durante buena parte del siglo XX, la rebeldía fue patrimonio casi exclusivo de la izquierda. Cuestionar el orden establecido, imaginar futuros distintos y prometer transformaciones profundas constituían su principal capital simbólico. Hoy, sin embargo, esa asociación parece haberse invertido. Esa es la provocadora tesis que desarrolla Pablo Stefanoni en ‘¿La rebeldía se volvió de derecha?’.
El autor sostiene que el ascenso de las nuevas derechas no puede explicarse únicamente por el carisma de sus líderes, sus estrategias comunicativas o el impacto de las redes sociales. Es, sobre todo, el síntoma de una crisis más profunda: la pérdida de la capacidad de las izquierdas para ofrecer un horizonte de futuro convincente.
En buena parte de Occidente, la izquierda convertida en gobierno ha pasado de cuestionar el orden existente a administrar privilegios y defender instituciones que antes combatía. A ello se suma que algunos gobiernos progresistas latinoamericanos han reproducido prácticas que prometían erradicar: clientelismo, corrupción, personalismo, debilitamiento institucional y tentaciones de concentración del poder. El resultado ha sido una creciente pérdida de credibilidad como alternativa de cambio.

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ANIANO MORALES BLANCOEse vacío ha sido ocupado por una nueva derecha, que ya no puede leerse con las categorías del conservadurismo clásico. Quienes interpretan fenómenos como el de Trump, Milei, Bolsonaro o, en Colombia, el ascenso de Abelardo De La Espriella, como un simple regreso de la vieja derecha, probablemente utilizan un mapa analítico equivocado.
La nueva derecha no pretende conservar el orden existente. Abelardo De La Espriella se presenta como una fuerza antiestablecimiento, disruptiva y culturalmente provocadora. Rechaza la corrección política, privilegia la confrontación sobre el consenso y convierte las redes sociales en un escenario permanente de disputa cultural. Paradójicamente, durante la reciente campaña presidencial en Colombia, fue la izquierda la que terminó representando el continuismo institucional, mientras que Abelardo De La Espriella consiguió apropiarse del lenguaje de la ruptura, del inconformismo y del cambio.
Sin duda esta nueva derecha conlleva también nuevos riesgos. Su tendencia a personalizar el poder, a convertir la política en una confrontación moral entre amigos y enemigos, y a sustituir la deliberación por la retórica polarizadora, conduce a erosionar principios esenciales de la democracia constitucional. Ahora bien, lo anterior no exime a la izquierda de una reflexión mucho más incómoda: preguntarse por qué dejó de representar el cambio y terminó facilitando el ascenso de aquello que hoy combate.
Después de la derrota electoral, la izquierda colombiana ha concentrado sus esfuerzos en cuestionar la legitimidad política y moral del nuevo gobierno, antes que en examinar las razones de su propia derrota. Mientras no sustituya la descalificación del adversario por una autocrítica seria, y no reconstruya una imaginación política capaz de ir más allá del asistencialismo, de la lucha de contrarios y de las viejas fórmulas constituyentes, el monopolio simbólico del cambio quedará en manos de una nueva derecha que parece comprender mejor el inconformismo social.
