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Editorial

El cisma lefreviano

“Este nuevo cisma trata de un choque profundo entre dos formas opuestas de entender el papel de la Iglesia Católica en el mundo moderno, por lo que esta crisis tendría que contribuir a contestar...”.

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El pasado 1 de julio, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX) realizó una ordenación de cuatro nuevos obispos en Écône (Suiza), contra la petición directa del papa León XIV para detener el proceso. El superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani, justificó el acto alegando una supuesta pérdida de fe y tradición en las autoridades de la Iglesia, desde la aprobación del Concilio Vaticano II, en 1965.

El papa León, a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, reaccionó declarando la excomunión automática (latae sententiae) para los implicados, o sea, los obispos consagrantes (Alfonso Galarreta y Bernard Fellay, quienes ya habían sido excomulgados por Marcel Lefebvre en 1988, perdonados por Benedicto XVI en 2009, y ahora re-excomulgados), los cuatro nuevos obispos ordenados, los sacerdotes de la FSSPX y los fieles laicos si mantienen una adhesión formal y consciente al cisma.

Semejante noticia, considerando la infrecuencia de los cismas en la historia, siendo los últimos de los importantes en 1534 (protestantismo y anglicanismo), amerita acercarse al asunto de fondo en este nuevo caso, que definitivamente no es simplemente litúrgico (por la renuncia a la misa en latín, del papa Francisco), también de fe y doctrina, conforme con análisis de expertos como George Weigel, Gerhard Müller, entre otros recogidos en Aceprensa.

Los cismáticos afirman que Jesucristo hizo “definitivamente caduca” la Antigua Alianza con el pueblo judío, en tanto que el Catecismo, siguiendo a San Pablo, sostiene que la Antigua Alianza nunca ha sido revocada. También afirman aquellos que fuera de la Iglesia no hay salvación, en tanto que el Vaticano II enseña que el Espíritu de Cristo sí se sirve de otras comunidades como medios de salvación.

La FSSPX defiende el confesionalismo católico obligatorio del Estado y rechazan la libertad religiosa, argumentando que no se debe dar derecho a actuar públicamente según una conciencia errónea, mientras que la doctrina de la Iglesia reconoce la libertad de conciencia y el derecho civil a la libertad religiosa.

Es claro que la FSSPX ha actuado como una ‘herejía práctica’, ya que teóricamente reconocen la primacía del Papa, pero en la práctica la niegan al actuar de forma independiente. En el fondo, como afirma el cardenal Müller, el auge del tradicionalismo se alimenta de los abusos litúrgicos reales cometidos en las últimas décadas, pero precisando que “Hay errores en la Iglesia, pero no de la Iglesia”.

Este nuevo cisma trata de un choque profundo entre dos formas opuestas de entender el papel de la Iglesia Católica en el mundo moderno, por lo que esta crisis tendría que contribuir a contestar la recurrente pregunta sobre si la Iglesia debe cambiar para dialogar o adaptarse al mundo de hoy, o si debe permanecer inmutable incluso ante las realidades contemporáneas.

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